Cuestionando la trasgresión

Situación 1: Un hombre entra en una iglesia, se dirige al confesionario y confiesa que ha pecado al dormir con una mujer. Su interlocutor le pregunta si ella estaba desnuda y acto seguido si pudo ver sus pechos. El hombre contesta que sí y el supuesto párroco responde: «cool». Situación 2: Un hombre entra en una iglesia, se dirige al confesionario e inicia con su interlocutor una profunda discusión teológica en la que duda de la existencia de una vida después de la muerte, poniendo así en jaque uno de los más firmes pilares de la religión cristiana y, de hecho, de gran mayoría de las religiones.

En ambos casos nos encontramos ante ejemplos de trasgresión, centrados en este caso en la religión. La Situación 1 es una escena de la película que nos ocupa, Beavis y Butt-Head recorren América, mientras que la Situación 2 pertenece a El séptimo sello (Det sjunde inseglet. Ingmar Bergman, 1957). Concretamente es la secuencia en la que el cruzado entra a confesarse en una iglesia resultando al final que su confesor es la misma Muerte. Una de las conclusiones principales que se extraen tras el visionado de Beavis y Butt-Head es que, en la mayoría de ámbitos de la vida, hay muchas formas de transgredir las normas establecidas, que pueden resumirse en dos: la facilona y burda, y la trabajada e inteligente. Quemar un contenedor vs. Elaborar un manifiesto político contrario al sistema. Reírse a base de caca-culo-pedo-pis de la religión en vez de cuestionarla lúcidamente. Son extremos, es verdad, pero creo que ejemplifican bastante bien dos formas, también opuestas, de saltar sobre ciertas barreras culturales; esto es, transgredir. Ni que decir tiene que, ni que sea por oposición a Bergman, Beavis y Butt-Head pertenecen al primer tipo de transgresión, el facilón y burdo.

En 1993, la MTV empezó a emitir la serie Beavis y Butt-Head (1993-1997), dirigida por Mike Judge y protagonizada por dos jóvenes adolescentes alelados, cuyos nombres dan título a la serie, fans de Metallica y AC/DC, que esparcían su obsesión por el sexo a lo largo y ancho de su pueblo y que se pasaban los días mirando y criticando vídeos musicales. En 1996, viendo el tirón de la serie, la misma MTV encargó a Mike Judge la realización de un largometraje. Como en otras ocasiones, serie y película difieren en poca cosa más que su duración. El argumento del film es sencillo: a Beavis y Butt-Head les roban su televisor y, durante la búsqueda del aparato, se ven inmersos en un caso de seguridad nacional que les lleva a viajar por todo el país. La obsesión enfermiza de los chicos por recuperar su televisor, hecho que funciona como McGuffin de la historia, tiene su gracia y su parte de crítica, aunque no deja de resultar extraño que sea precisamente una cadena como la MTV la que parodie la dependencia televisiva de los jóvenes. Esto sucede en el minuto 3 de una película que dura 80, y cuyo mayor problema es que, a partir de ese momento, de gracia no tiene ninguna, pues lo que acontece es una sucesión interminable de gags en los que los dos protagonistas se limitarán a decirle a todo aquel que se encuentran las muchas ganas de meter que tienen, lo cool que es destrozar algo y el poco interés que tiene todo aquello no relacionado con el sexo, amén de reírse de profesores, monjas, ancianos, etc.

El bromista repelente

Quien más quien menos, de pequeño, siempre ha tenido un bromista repelente en su clase, uno de esos individuos caracterizados por una manifiesta incapacidad para mostrar un mínimo interés por algo que fuera más allá del cachondearse, siempre de forma repetitiva y superficial, de cualquier tontería. Beavis y Butt-Head son el claro ejemplo de bromistas repelentes. Cuando cuentas con 13-14 años, les ríes las gracias. Con 16 dan ganas de decirles: “Bueno, vale ya, ¿no?”. Con 18 son verdaderamente insoportables. No obstante, y ciertamente ha sido así, siempre aparecerán esas voces que hablarán de Beavis y Butt-Head como de una película que refleja el estado de la juventud de finales del siglo XX: obsesa sexual, totalmente despreocupada y carente de principios o respeto. Si damos validez a estas apreciaciones, quizá cabría plantearse muy seriamente la calificación del film de Judge como comedia en vez de como drama apocalíptico. El verdadero problema de Beavis y Butt-Head es que humorísticamente está agotada en un santiamén (hay momentos en los que da la sensación de que te están contando continuamente el chiste del español, el inglés y el francés cambiando únicamente las nacionalidades), y como crítica social no se sostiene por ningún lado dada su simpleza (de nuevo el ejemplo del contenedor quemado frente al elaborado manifiesto). Y así volvemos al tema de la trasgresión: ¿es verdaderamente trasgresora la película de Judge? Como sinónimo de ruptura con lo establecido que esta palabra es, quizá sería más adecuado calificar el film de “broma clonada con ganas de hacerse notar”: desde el minuto tres hasta el minuto 80, se repite, cambiando el decorado, el mismo obsceno gag obsesionado con provocarnos una sonora carcajada. Lógicamente, con los que ya hemos pasado la pubertad, no lo consigue, sino que, como el niño que repite sin parar la palabrota recién aprendida, llega a sulfurarnos.