Comida rápida

Una hamburguesa doble con queso, patatas fritas grandes, una Coca-Cola grande, unos aros de cebolla, alitas de pollo, un helado… Esta es una de las muchas combinaciones a escoger cuando uno va a comer en cualquier establecimiento de comida rápida. Uno llega, se empacha (y, por qué no decirlo, disfruta) y se va. A la media hora, ni se acuerda de lo que ha ingerido. Algo parecido sucede con Dos colgaos muy fumaos, una comedia protagonizada por dos jóvenes (Harold, de origen asiático, y Kumar, de origen árabe) que comparten piso y que, una noche, mientras fuman marihuana, ven en la televisión el anuncio de una hamburguesería (el White Castle) a la que, en parte a causa del efecto de los porros, deciden ir sí o sí esa misma noche. Harold y Kumar sufrirán todo tipo de vicisitudes hasta llegar a su particular El Dorado. Ahora bien, esa meta tendrá mucho mejor sabor para ellos que para el espectador que ha seguido todas sus peripecias a lo largo de la travesía, que tendrá la seguridad de haber ingerido una comida rápida. Siguiendo con la metáfora gastronómica, si por algo se caracterizan este tipo de alimentos es porque su ingesta resulta muchas veces anárquica: ahora un bocado a la hamburguesa, ahora un poco de bebida, ahora unas patatas fritas, etc, y así hasta haber acabado con todo. Dos colgaos muy fumaos tiene una estructura bastante similar a eso, pues basa todo su humor y su desarrollo en una sucesión deshilachada de sketches que rellenan el espacio existente entre una desaprovechada premisa (explicada antes) y un final a caballo entre la cachonda parodia de una road movie y algunos de los tópicos relacionados con la falsa rebeldía adolescente, tales como la consecución del amor (más sexual que otra cosa), la defensa del porro o la negación de responsabilidades.

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Gran parte de dichos sketches se cimentan en ese humor escatológico que de un tiempo a esta parte viene siendo el grueso de la comedia (americana) contemporánea, pese a que sus raíces se encuentran en obras de verdadero mal gusto como Pink Flamingos (John Waters, 1972), con su célebre ingestión del excremento de perro. En la actualidad, no obstante, y con films como American Pie (Paul Weitz, 1999) a la cabeza, toda esa incorrección se ha integrado (reblandecida, claro está) en el sistema y ha provocado una ola de películas protagonizadas por jóvenes salidos a los que sólo interesan el sexo y la juerga, destinadas a jóvenes salidos a los que sólo interesan el sexo y la juerga. Dos colgaos muy fumaos, si bien no participa plenamente de la chabacanería de muchas de estas propuestas, tampoco consigue escapar del todo a su estupidez. La culpa de esto último tiene doble responsable: por un lado, el destinatario del film, esos imberbes salidos y juerguistas y, por el otro, el director Danny Leiner, que opta por dar al rebaño lo que pide sin reparar en que esas concesiones son las que impiden que Dos colgaos muy fumaos sea una comedia verdaderamente disfrutable. Porque, ¿acaso no hubiera sido tremendamente cachondo que los dos protagonistas hubieran tenido la imperiosa necesidad de ir al White Castle sin haber estado colocados, buscando un absurdo (sin)sentido de la vida? ¿Acaso no hubiera sido eso una divertida parodia de las road movies con meta utópica, más aún cuando Leiner de hecho construye (aunque mal) una road movie? Pero no. Todo eso se va al garete desde el primer instante, desde que nos encontramos ante un asiático y un árabe (da la sensación de que existen cuotas multiculturales) en cuyas cabezas sólo están la marihuana y el sexo. E incluso así, cuando el director podría, en lo que sería una mirada muy coeniana, tratar con cierto cinismo a los protagonistas y situarlos en el mismo nivel de patetismo en el que sitúa a los personajes a los que se encuentran durante su aventura, de nuevo el director desaprovecha la oportunidad, riéndose sólo de aquellos que rodean a Harold y Kumar (los macarras, el feo, las pijas, los jóvenes responsables, los mayores, el ídolo televisivo, el policía, la rubia tonta, etc.) pero jamás de ellos, cuando lo merecen tanto o más. Al contrario, pues el film empieza dibujando a los dos jóvenes como víctimas, en especial a Harold, al que unos aprovechados compañeros laborales endosan todo el trabajo para poder irse de fiesta. Kumar, por su parte, es un brillante estudiante de medicina (su padre es médico) que no quiere dedicarse a ella (¡oh, la romántica rebeldía!).

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Incorrecta corrección

Y así, en su camino al White Castle, los dos colgaos del título van encadenando gags con mayor (el gordo filósofo negro encarcelado de padres gays, que muestra la calma propia de un monje budista) o menor (la insípida carrera a lomos del guepardo) fortuna, hasta culminar en la ingesta de las míticas hamburguesas al ritmo de Así hablo Zaratustra, pasado por el sintetizador, en un claro homenaje a la titánica odisea de Kubrick, mostrando que los dos jóvenes han encontrado sentido a sus vidas en algo tan banal como unas hamburguesas. Y de nuevo, tras este ingenioso y paródico aunque ya algo manido recurso, otra oportunidad desaprovechada. Ese viaje iniciático que a priori ha acabado siendo la noche de Harold y Kumar no acaba de concretarse, pues Leiner peca en este caso de ambigüedad: no aclara si estamos tratando con héroes o con antihéroes, pues pese a que Harold al final se queda con la chica (sí, hay una chica voluptuosa metida en la película con calzador) y adquiere el carácter que le faltaba, y Kumar decide sentar la cabeza, aunque sólo sea durante dos minutos, al ver que la medicina sí vale la pena (durante la noche sus conocimientos han salvado la vida a un tipo), finalmente los dos deciden irse a Amsterdam, donde cierta planta es completamente legal. Lo dicho, todo se reduce, en el fondo, a jóvenes salidos a los que sólo interesan el sexo y la juerga. Y a pesar de todo, y en este sentido Dos colgaos muy fumaos puede verse como el preludio de algo (¿una nueva tendencia en la comedia actual, quizás?), esos jóvenes de vez en cuando también tienen momentos de lucidez.