Nueva comedia americana y, además, independiente

Dentro de la denominada nueva comedia americana, Kevin Smith es un caso ligeramente anómalo. El director de Clerks (1994) entró en el flujo cinematográfico de Estados Unidos a través de sus sendas más humildes. Smith triunfó en Sundance en la misma época en la que los nuevos independientes parecían querer llegar a Hollywood para arrasar con todo. Fueron los años de Quentin Tarantino, Robert Rodriguez o Bryan Singer. Hoy, lo cierto es que poco queda de aquella hornada de cineastas dispuestos a vender su alma al diablo con tal de hacer la película que les viniera en gana. Tarantino anda estos días filmando un film de guerra con Brad Pitt, impensable hace sólo un par de años, Rodriguez sigue haciendo el gamberro si, aunque a veces su frescura quede difuminada entre los excesos de sus primarios efectos especiales en 3-D y Bryan Singer ha demostrado que no era tan bueno como se presumía en un primer momento (X2 [2003] y Superman Returns [2006]) y un poco como Tarantino, acaba de terminar Valkiria (Valkyrie, 2008), película ambientada en la Alemania nazi con Tom Cruise, tal vez algo menos impensable que en el caso de Tarantino pero en todo caso, igualmente al servicio de una superestrella.

En cualquier caso, fue en estos años, en los que las salas de cine de medio mundo se llenaron de sangre, tacos por doquier y mujeres en bragas degollando al más pintado, cuando un director como Smith, una vez la concepción «políticamente incorrecto» acababa de acuñarse, lanzó su particular dardo envenenado. Smith, al contrario que sus colegas de generación, no le interesaba cultivar y en cierto modo adorar la violencia, no, a Smith le interesaba más meterse en la piel de aquellos jóvenes sin futuro que iban al cine a ver precisamente películas como Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992), El mariachi (Robert Rodríguez, 1992) o Public Access (Bryan Singer, 1993). Jóvenes sin demasiadas cosas en las que pensar y muy pocas que hacer, centrados en la cotidianidad que el mundo moderno les ofrecía sin grandes pretensiones y escasas oportunidades, de ahí su primera paradoja viniendo de un país conocido como la tierra de las oportunidades.

Fue por tanto Kevin Smith, uno de los primeros que se le ocurrió decir en una pantalla grande que un amigo de la pandilla se había roto el cuello mientras intentaba practicarse una felación al él mismo, el primero que puso en boca de uno de sus personajes que una vez la novia de uno de ellos se enfureció con él porque mientras la hacía –una vez más- una felación, éste dejó escapar una ventosidad en Mallrats (1995). Y también uno de los primeros que habló abiertamente de las dudas que desde una óptica heterosexual de un hombre suponen ciertos aspectos del lesbianismo y sus contundentes soluciones mostrando un brazo y un puño en Persiguiendo a Amy (Chasing Amy, 1997). Y todo por no hablar de su particular visión de Dios en Dogma (1999) o de la incontable galería de incorrecciones de la que hace gala la descacharrante Bob y Jay el silencios contraatacan (Jay and Silence Bob Strike Back, 2001).

Fue de hecho a partir de este último largometraje cuando Kevin Smith comenzó a mostrar signos de agotamiento o al menos, a no tener del todo claro qué es lo que pretendía hacer con su carrera. Hasta este momento, la obra de Smith parecía enfocada a dar rienda suelta a las obsesiones más mundanas de la juventud norteamericano, no en vano, aspectos de vital trascendencia en la vida privada de un hombre que ha dejado la adolescencia para meterse de lleno en la madurez. Es por esto último, que no resultara extraño que Kevin Smith se sintiera tentado por zambullirse en el universo de la madurez recién adquirida, la de un padre soltero a cargo de una niña que no deja se sentirse atraído por las mujeres. Eso es Una chica de Jersey (Jersey Girl, 2004). La crítica no la encajo bien. Consideró que Kevin Smith había dado de lado a todo aquello que lo había encumbrado a la cima del cine independiente americano y de paso, a la cúspide de la nueva comedia americana de los años 90. Smith, había sido uno de los pioneros del nuevo humor americano, descacharrante y maleducado y de pronto, se ponía a contar la enternecedora historia de un padre y su hija.

En su contra jugó, no cabe duda, la presencia de un actor (y amigo personal de Smith) como Ben Affelck, un intérprete que un poco como Tom Cruise, está de moda ponerlo a caer de un burro sin que en realidad, haya hecho nada particularmente significativo para ganarse la fama de mal actor que se ha ganado. Pero el caso es que la crítica no quiso o no consiguió ver que en el fondo, Jersey Girl era cine de Smith en estado puro, sólo que maquillado a partir de una historia completamente distinta, una historia, ahora si, con ciertas pretensiones. Pero la jugada no salió bien. Es cierto que el film no atesora grandes hallazgos pero también es posible que de no haber sido vapuleado por la crítica e ignorado por el público, tal vez Smith hubiera seguido escarbando en esa dirección, quizá nunca se hubiera desligado de la comedia gamberra americana pero es probable, que hubiera terminado por filmar una gran obra de un director madura sobre personajes maduros.

En cambio, las cosas salieron al revés. A nadie le interesó demasiado Jersey Girl y Kevin Smith tardó dos años en ponerse de nuevo tras una cámara para poner en imágenes un nuevo guión que a la postre, era una actualización de una vieja fórmula, o mejor, de la fórmula que encumbró a Smith; Clerks II (2006). El asunto sonaba a medida desesperada. El fiasco de Jersey Girl y el regreso a una fórmula-madre como una secuela de Clerks, denotaba un intento nada disimulado por parte del director y guionista de recuperar el favor del público. Clerks II, aunque costó como 20 veces más que el film original (cinco millones de dólares frente a los 250.000 de Clerks) la película recaudó en su primer fin de semana en Estados Unidos más de diez millones. La operación por tanto, había funcionado, al menos de cara al público. La crítica seguía sin tenerlo muy claro, pero Smith volvió a sacar al relucir toda su escatología su herencia freak como buen consumidor de cine que es, y puso de vuelta y media algunos de los mitos más populares de la más reciente galería cinematográfica, mención especial merece en este sentido, la cruel parodia que Smith hace de la trilogía de El señor de los anillos.

Es cierto que Clerks II no es más que una repetición de un esquema que funcionó casi diez años atrás, pero también creo yo que es la prueba evidente de que Kevin Smith no había perdido un ápice de frescura y que a la hora de ir más allá de lo políticamente correcto, hay pocos como él. Premeditadamente construida con un pretendido look de cine independiente, tanto en su forma como en su contenido, Smith ahonda en sus raíces, las mismas que le dieron el éxito y explota su variante más extrema, hilarante y desenfadada. Con Clerks II regresó a las pantallas ese niño grande que no quiere (o no le dejan) crecer en paz, para retomar unos personajes que ya no son tan jóvenes ni están tan colgados, pero que como Smith, están dispuestos a dejar en evidencia su coeficiente intelectual para hacer reír y demostrar que en el fondo, todos somos un poco idiotas, es sólo cuestión de proponérselo y para eso, nada mejor que desinhibirse culturalmente, dejar a un lado los prejuicios y las enseñanzas vitales y meter la cabeza de lleno a la insensatez más absoluta. Una lección vital. A mi modo de ver, -premeditadamente- equivocada, pero una lección vital y al fin y al cabo.

Y todo esto bajo dos cuestiones fundamentales, primero la aportación más o menos admitida de Smith o la mera invitación a particular en proyectos como guionista del calibre de Daredevil (Mark Steven Jonson, 2003) Superman Returns o Batman Begins (Christopher Notan, 2005) y en segundo lugar, y ésta sí, bastante más importante, la necesidad nada liviana de lidiar con un personaje como Harvey Weinstein, un verdadero dinosaurio de la producción independiente, según algunos, un tirano sin escrúpulos conocido en el mundillo como Harvey Manostijeras por su afición a recortar películas con o sin la autorización del director. De hecho, cuentan que la última película de Kevin Smith, Zack y Miri hacen una porno (Zack and Miri Make a Porno, 2008) consiguió el visto bueno de Weinstein sólo tras conocer su título…

En cualquier caso, parece que Kevin Smith ha aprendido la lección y de momento, hasta nuevo aviso, parece que el director de Dogma seguirá sacándole los colores al respetable con sus hilarantes ocurrencias. Con un cine que se sostiene en el guión. Con escasos hallazgos de puesta en escena, pero si mucho empeño en sus historias y en esa necesidad innata del ser humano por transgredir límites y decir las cosas, tal cual son, aunque a veces, según donde se diga, puedan sonar políticamente incorrectas.