El primer agujero

Postrimerías del siglo XX. Una de las últimas imágenes en incorporarse a la memoria colectiva, antes de aquella que decidió el cambio de época al capturar la barbarie del WTC, fue la de un adolescente masturbándose con la ayuda de una tarta de manzana. De no haber sucumbido al rodillo de la Historia dos años más tarde, aquel 1999 hubiera preconizado un nuevo ciclo edificado sobre la muerte del viejo cine a través de la anarquía como principio ontológico, presente en los poderosos fotogramas de Matrix (The Matrix, Wachowski Bros.), El club de la lucha (Fight Club, David Fincher), El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Eduardo Sanchez y Daniel Myrick) o El sexto sentido (The Sixth Sense, M. Night Shyamalan). No fue así: a diferencia de estas películas, la de la escena de la tarta, American Pie, adolece de deficiencias fílmicas que no superarían el filtro de una crítica estricta; sin embargo, su permanencia en el imaginario audiovisual, aun fragmentaria, es prueba suficiente del triunfo de unos criterios de producción que en la última década se han ido consolidando en la comedia hollywoodense.

¿Cómo delimitar dichas pautas ante la disparidad de trabajos e intenciones que desdibujan la llamada Nueva Comedia Americana? Como punto de partida, si la saga que nos ocupa [1] mantiene alguna constante a lo largo de sus cuatro directores y sus cinco horas de duración aproximada, es la fe en los hechos filmados por encima de su propia representación. Aunque la variedad de situaciones rocambolescas y la fisicidad de las interacciones entre personajes remitan al screwball, no existe un trabajo de puesta en escena que explote tales vetas cómicas, como evidencian la morosidad del montaje y la plana superposición de diálogos breves e inconexos. En su lugar, se confía plenamente en el gag como recurso humorístico principal —normalmente planificado según el esquema clásico de tres tiempos—, así como en la comicidad de los diálogos que lo generan o anticipan.

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No es necesario recurrir a la dialéctica godardiana para concluir que la sola predominancia de la acción sobre la forma, en cualquier comedia, limita el alcance de la primera a aquellas situaciones susceptibles de ser consideradas graciosas por la audiencia. Se excluyen así la ironía, las connotaciones tragicómicas de la existencia y, en general, lo que podría englobarse en una comedia del dolor, aquella que busca su propio lenguaje visual para abordar temas inaccesibles mediante la mera hipérbole o desfiguración paródica. Las soluciones narrativas adoptadas, en cambio, no tratan de rebasar lo académico, sino que de hecho obedecen a un trasfondo conservador que se aprecia con mayor nitidez a cada nueva entrega. Así, si la primera parte enajenaba la victoria en la guerra contra la virginidad de unos alumnos de secundaria a la dictadura de las aspiraciones sociales, su continuación es una oda al conformismo vital que se justifica adentrándose en la teen comedy con ribetes románticos; como colofón, la más honesta American Pie ¡Menuda boda! (American Wedding) ratifica desde el título las tesis latentes en la saga, al mostrarnos a unos personajes entregados a la consecución de la estabilidad familiar y afectiva con el mismo frenesí al que les abandonaban sus hormonas al inicio de la serie.

La renuncia a experimentar modos alternativos de representación, por otra parte, conduce tanto a una interesante sistematización de lo representado —el humor siempre tiene relación con el sexo— como a su glorificación como hecho fílmico independiente de las dinámicas del género. No es casual que el voyeurismo sea un componente integrado en muchos de los gags, incluyendo los más celebrados, puesto que actúa como reflejo de un espectador fascinado por las lúbricas aventuras de los protagonistas; ni que éstas se tornen cada vez más enrevesadas, al constituir el único reducto de libertad para innovar en la saga. Que el público haya respondido a la elección de lo sexual como elemento humorístico “no doloroso” en este marco restringido debería ser materia de reflexión, al menos si contrastamos este hecho con los fallidos intentos de las recientes Crepúsculo o American Teen por capturar el tránsito adolescente con más seriedad y amplitud.

En el contexto de la NCA —insistimos, antes un modelo de producción que un movimiento—, la saga de American Pie es un primer paso en la subordinación de la representación cinematográfica al hecho cómico. Le sucederán la aniquilación de la estructura del gag auspiciada por Judd Appatow, la suprarrealidad hiperbólica de los hermanos Farrelly o la vandalización de los códigos narrativos por parte de Ben Stiller, entre otros; un proceso imparable mientras la audiencia demande una tarta en la que ya apenas queda espacio para más agujeros.


[1] Por limitaciones de espacio y concreción del enfoque nos referiremos tan solo a la trilogía estrenada en cines, sin abordar las tres secuelas realizadas para el mercado del DVD.