Ajuste de cuentas

Tenemos un mensaje para la gente guapa y es que los feos somos muchos más”, reza una canción de Siniestro Total. Pero la gente fea está harta de ver como, aunque minoría, los guapos son los que triunfan, los que se llevan las mujeres, los millones y encima eso, la guapura. White Goodman, un Ben Stiller que se come la pantalla cada vez que aparece (y así acaba tras los créditos finales) tiene la solución para los feos: “No hay que conformarse con lo que uno es”, “La gordura y la fealdad tienen causas genéticas, como la calvicie y la necrofilia” son algunas de las frases publicitarias que utiliza para atraer a la gente a su gimnasio de última generación. Pero por otro lado, Peter la Fleur, el verdadero protagonista (Vince Vaughn), que regenta el gimnasio Average Joe frecuentado por la chusma, los feos y los desamparados a los que nombra el título original (A True Underdog Story), está harto de predicar que le gusta la gente tal como es.

Esta comedia deportiva es el enfrentamiento (y el duelo interpretativo) entre Vaughn y Stiller, con cincuenta mil dólares y Kate Veatch (Christine Taylor, la mujer de Stiller en la vida real) entre medias. Un torneo de balón prisionero, ese deporte que se rige por las normas de la Asociación de Deportes Agresivos de América, y que fue inventado por chinos adictos al opio en el siglo XV, o eso es lo que les explican a los niños en los colegios de allí, es el objetivo por el que luchan ambos dueños de gimnasio y sus equipos. La desigualdad es evidente, por un lado está el superequipo de triunfadores comandado por Goodman (los malos), y el de los perdedores, los underdogs, de La Fleur (los buenos). Así, esta comedia deportiva es también el ajuste de cuentas entre los triunfadores y los fracasados, terminando unos donde otros y otros donde unos.

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Este enfrentamiento se exprime al máximo en la película para revertir todos los tópicos de las películas deportivas de superación con divertidas animaladas distribuidas equitativamente por todo el metraje. Así, comienzan su fase clasificatoria ganando a un equipo de jóvenes girl scouts, no porque sean mejores, ya que resultan humillados sobre la pista, sino al resultar descalificadas sus rivales por dopaje de una de las niñas; más tarde, Patches O’Hoolihan (Rip Torn), protagonista de los vídeos didácticos que visualizan con el objetivo de aprender a jugar al deporte que ha de ayudarles a salvar su gimnasio, aparece más viejo que en el vídeo y en carne y hueso (y en silla de ruedas) dispuesto a adiestrarles con un rudo estilo que nada tiene que ver con beberse huevos crudos, hacer flexiones sin contemplaciones o golpear carne congelada con los puños desnudos, sino más bien con las llaves inglesas que lleva en su saco y la velocidad de reacción de sus pupilos. Después, llega el torneo, donde, aunque en palabras de su entrenador verles jugar es como ver a una panda de gilipollas intentando follarse el pomo de una puerta, inexplicablemente van superando las diferentes eliminatorias hasta el inevitable enfrentamiento final.

Aunque no termina de radicalizarse la propuesta llevando algunos de estos tópicos al extremo (por ejemplo el hecho de que Kate parece ser lesbiana, en un genial golpe de efecto que luego se echa parcialmente a perder cuando reconoce ser bisexual y acaba besándose con Peter, quedando el clásico emparejamiento que corresponde a un final feliz) no deja de ser un film muy divertido y también muy honesto, en el que al final el propio Goodman reconoce que ganan los buenos y pierden los malos, que le gustan los finales felices, y que tiene unos melones tan gordacos como nuestra cabeza, una salida de tono que armoniza a la perfección con el sentido del humor entre bestia y escatológico que supura la película.