La comedia del autismo

Todo cómico que se siente lo suficientemente maduro (o lo suficientemente famoso) como para independizarse de esa gran escuela de talentos que es el Saturday Night Live (VV.AA., 1975-?, NBC) se toma su primera película como su bautismo de fuego: una prolongación de su particular estilo, cuya solvencia en formato sketch está comprobada, pero que nadie sabe cómo funcionará en un largometraje. Norm Macdonald podría representar a la perfección los riesgos de ese salto al largometraje: su concepción de la comedia como motor de mal rollo y válvula de misantropía arrasaba en el Weekend Update, pero el público norteamericano se horrorizó cuando el actor la llevó hasta las últimas consecuencias en Dirty Work (Bob Saget, 1998), una de las comedias más torvas de los noventa.

Sobre el papel, los componentes de The Lonely Island podrían haber tenido el mismo problema que Macdonald al enfrentarse a su primera película. Relevo generacional para un programa que comenzaba a quedarse agarrotado, Andy Samberg, Akiva Schaffer y Jorma Taccone se relevaron como unos auténticos maestros de un tipo de humor casi 3.0, que funcionaba como un reloj en pequeñas dosis —los populares Digital Shorts, con hitos como el rap de Narnia (el primer gran éxito de YouTube) o el estratosférico Dear Sister—. La duda (razonable) que se planteó cuando anunciaron su primer proyecto cinematográfico era si iban a ser capaces de mantener ese nivel de delirio durante noventa minutos.

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Con un guión firmado por la alumna de South Park (T. Parker & M. Stone, 1997-?, Comedy Central) Pam Brady como punto de partida, el equipo de The Lonely Island concibió Flipado sobre ruedas como la culminación de su idiosincrásico discurso. En cierto sentido, podríamos enmarcarla en esa novísima corriente de humor autista, que probablemente naciera con el cine de Wes Anderson y se extiende hasta series como Flight of the Conchords. Algunas de las secuencias más divertidas de la película no contienen en principio nada que parezca destinado a hacernos reír (el karaoke frente a los peluches de Kevin es, más bien, una invitación al llanto). Del mismo modo, sus responsables evitan poner en funcionamiento los mecanismos que, en la comedia clásica, permiten que el público se identifique con el bobo protagonista: la cruzada de Rod (Samberg) por salvar la vida de su padrastro enfermo no tiene nada que ver con razones sentimentales, sino con la posibilidad de poder pegarle una paliza en igualdad de condiciones.

Flipado sobre ruedas cuenta con nombres como Lorne Michaels (creador y alma del SNL) o Will Ferrell entre su elenco de productores. Este último es especialmente relevante, ya que el filme parece estar recorrido por el mismo sentido del absurdo que convirtió El reportero (Anchorman: The Legend of Ron Burgundy. Adam McKay, 2004) en una comedia casi impecable. Su manera de mimar a las presencias secundarias también es muy similar a la de Burgundy: si aquella fue la película que hizo saltar a Steve Carell a la primera línea, Flipado sobre ruedas reserva algunos de sus papeles más jugosos a gigantes como Will Arnett, Bill Hader o Danny McBride.

Gran canto bufo a la inmadurez y a la cultura del stuntman aficionado, Flipado sobre ruedas revela a los miembros The Lonely Island como auténticos conocedores de los resortes secretos que hacen que un gag funcione en pantalla (ahí está el salto en la piscina de Rod o el exasperante momento ‘Cool beans‘). La película canaliza la poesía extraña de Napoleon Dynamite (Jared Hess, 2004) a través de la eficacia cómica de las obras mayores de su padrino Ferrell: el resultado es el mejor debut de unos cachorros del SNL desde Movida en el Roxbury (John Fortenberry, 1998), una heroica pieza de culto que integra la letra de una canción de MC Hammer en su supuesta catarsis dramática y se cierra con uno de los epílogos más contundentes de la comedia contemporánea. The Lonely Island no sólo ha superado con nota su debut cinematográfico, sino que ha logrado la que probablemente sea su obra más redonda.