Los precursores están de vuelta

Si asumimos que realmente existe una nueva comedia americana (de eso trata, al menos en parte, este desprejuiciado estudio), colocar a Peter y Bobby Farrelly en una posición primordial es casi un ejercicio de justicia. Es innegable que el devenir de los hechos ha dejado un tanto fuera de juego a los responsables de la fallida Yo, yo mismo e Irene (Me, Myself & Irene, 2000) y que para la mayoría de analistas ellos ya no forman parte de un renovado universo cómico liderado, principalmente, por el cine de actor y por los productos de la (impagable) factoría Apatow. Pero si Adam Mckay es el que mejor ha sabido asumir el rol trasgresor que en su día tuvieron este par de hermanos, no es menos cierto que ellos —los Farrelly— fueron los primeros en plantar la fructífera semilla del humor idiota —en la floja Dos tontos muy tontos (Dumb & Dumber, 1994) y, sobre todo, en la magnífica Vaya par de idiotas (Kingpin, 1996)— y los primeros en descubrir (para el gran público) el rostro perplejo de ese cineasta/estrella en el que se ha acabado convirtiendo el inefable Ben Stiller —gracias al inesperado taquillazo que supuso la estimable Algo pasa con Mary (There’s Something About Mary, 1998). Es de esperar que la perspectiva del tiempo ubique a cada uno en su lugar y ponga a esta pareja de guionistas en la posición preeminente que merecen. A ello podría ayudar un filme tan oportuno como Matrimonio compulsivo que, con un poco de suerte, debería enmendar ya la injusta desmemoria cinéfila y subir, por fin, a Peter y Bobby Farrelly al (repleto) carro matriculado con las exitosas siglas de la NCA.

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Fruto quizás de la libertad creativa que desprenden muchas de las recientes comedias estadounidenses, la película que nos ocupa va un poco más lejos de lo que solían ir las últimas obras de sus directores —que se habían domesticado desde los tiempos de la blanda Amor Ciego (Shallow Hall, 2001)— y entronca perfectamente con dos de las piezas cómicas más redondas del pasado año —Paso de ti (Forgetting Sarah Marshall, Nick Stoller, 2008) y Superfumados (Pineapple Express, David Gordon Green, 2008). La decisión de optar por una propuesta dirigida al público adulto (y más teniendo en cuenta las restricciones comerciales que supone estrenar un filme para mayores de 18 años en Estados Unidos) es, ya de por si, muy significativa para comprender las intenciones de los Farrelly que, en esta ocasión, encuentran un feliz equilibrio entre los excesos escatológicos y la reflexión serena sobre la tan temida madurez (el tema estrella de la NCA). Vistas así las cosas, no es descabellado pensar en el personaje de Eddie como en una extensión adulta del de Ted —protagonista de Algo pasa con Mary. Ambos individuos comparten un mismo rostro (Stiller), pero se encuentran en dos estados vitales completamente distintos. Mientras el primero no deja de ser un veinteañero con alma adolescente, el segundo es ya un individuo integrado en la red social al que sólo le queda dar el gran paso (en la políticamente correcta visión del matrimonio que, en cierto modo, asume la película) para ser aceptado totalmente por su entorno y alcanzar (o fingir) la tan ansiada felicidad (ligada aquí con la estabilidad emocional y económica). El problema es que Eddie, en el fondo, no deja de ser Ted y, presionado por los suyos, decide casarse sin apenas conocer a su futura (y aparentemente idílica) esposa. De tal error de cálculo masculino surgen un considerable número de disparatados equívocos sobre las relaciones de pareja que, poco a poco, van deparando una estimable (pero previsible) reflexión sobre los extraños designios del amor y una (mucho más interesante) lección sobre los límites que puede (y debe) traspasar un género cinematográfico muy codificado —en este caso, la comedia romántica.

Más allá de su impecable función lúdica, el mayor atractivo de Matrimonio compulsivo reside, por tanto, en su atípica estructura mutante que, tal como sucedía en la citada Superfumados, lleva al espectador por designios inesperados (incluso hay un episodio dedicado a la inmigración ilegal) y propone una mirada fresca a toda una serie de situaciones cómico-dramáticas que de tan manidas ya (nos) habían dejado de funcionar. Los primeros quince minutos de metraje son, en este sentido, ejemplares. Porque en ellos —y sin que apenas nos demos cuenta— vislumbramos todos los elementos que el público actual espera encontrar en una comedia romántica al uso (desde el encuentro casual chico/chica hasta el enamoramiento azucarado). De modo que, tras este acelerado preámbulo a modo de resumen, la verdadera película de los Farrelly empieza justo donde el resto de comedias suelen acabar: después de la boda de los dos protagonistas. Pues, a partir de ese instante, se da paso a una comprimida crónica (en una luna de miel) de la degradación marital que, sin romper nunca el tono cómico, da buena cuenta de los peligros que implica el compromiso conyugal y la idealización romántica de un compañero/a sentimental.

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Por lo demás, el progresivo (y comprensible) histerismo del protagonista va calando, poco a poco, en una película que, al igual que muchas de las producciones de la factoría Apatow, sabe ir de lo grosero a lo sentimental sin perder, en casi ningún momento, el rumbo narrativo. Si acaso menos atrevida de lo que pretende —pese a lo llamativas que pueden resultar las poco recatadas escenas sexuales—, Matrimonio compulsivo acaba siendo una obra que funciona a varios niveles y que recupera a una pareja de cineastas que parecen haber alcanzado, repentinamente, la madurez artística. Un dúo de guionistas que, si bien admiten que sólo empezaron a dirigir “para que nadie les estropease sus historias”, demuestran aquí un amplio conocimiento del medio y se permiten el lujo de deconstruir su guión mientras juegan con elementos frecuentemente desaprovechados en filmes de estirpe similar (el acertado uso dramático de las canciones pop, por ejemplo). Todo para el disfrute de una (aventuramos) gama amplia de espectadores que, en esta ocasión, tendrán la oportunidad de leer la vertiente crítica de la película según (les) convenga. Tómense, por tanto, la presunta moralina como ustedes quieran. No seré yo quien les critique por ello.