Retrato de América con Seagal de fondo

El cine de sketches, que con tanta fortuna manejaran maestros como Scola y Risi, a menudo ha sido para los norteamericanos una eficaz plataforma para sanear la cara más vergonzante, y casi siempre pública, del país, a través de un humor que no por absurdo y evidente pierde la fuerza del derechazo. Como antes las fallidas pero puntualmente certeras Made in USA (John Landis, 1977) y Amazonas en la luna (Amazon Women on the Moon, Landis, Dante, Gottlieb, Weiss, 1987), The onion movie, firmada por los responsables de la célebre página web de noticias falsas, mete el dedo en las numerosas llagas de la América que le toca retratar, ni más ni menos que la de Bush y la amenaza del horror invisible y tentacular del terrorismo, pero no sin gracia ni capacidad crítica que sabe dar donde duele sin dejar de buscar las liberadoras cosquillas. Dejando de lado la irregularidad inherente a toda película de episodios y la inevitable asociación del estilo con un medio más televisivo que cinematográfico, la obra de Kutz y Maguire, deudora tanto de los ZAZ (Zucker, Abrahams y Zucker) como de la revista MAD, resulta un mosaico mucho más logrado y sangrante que el reflejado por sus quizá sobrevaloradas predecesoras, y funciona como una especie de humorístico mondo por la trastienda del país, una especie de Africa Addio (1966) sin el peaje del mal rollo tan propio de Jacopetti y Prosperi, con especial regodeo en los fenómenos de la cultura pop y las imposturas, todavía muy vivas, de la incorrección política. Al margen de lo menos una decena de chistes brillantes (el vídeo de adiestramiento para terroristas islámicos, luego repescado por Zucker en su indescriptible An American Carol [2007], la apostilla sobre el apagón de Internet, el episodio de la demencia senil) entre otros más previsibles (la interminable movida rolera), quedan para el recuerdo la tronchante recreación bufa y paraerótica de los clips de Britney Spears —más MadTV (1995-?) que SNL (1975-?)—, y la reivindicación de un voluntarioso y autoparódico Steven Seagal como mito posmoderno capaz de deconstruirse a sí mismo, muy a la manera de su colega Van Damme, pero con más gracia y sin tanta pretensión fatua de monserga autoconsciente.