La mujer en la playa

La obra más inspirada de los hermanos Joel y Ethan Coen y, por extensión, una de las producciones norteamericanas más estimulantes de los últimos veinte años —en tanto tiempo apenas otra espléndida película, El ladrón de orquídeas (Adaptation. Spike Jonze, 2002), ha sabido hacerse eco en el cine USA de similares postulados metacreativos—, tiene un origen paradójico: el bloqueo que sufrieron sus guionistas y realizadores durante la escritura de un film previo, Muerte entre las flores (Miller’s Crossing. 1990).

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Francis Ford Coppola eludió otro bloqueo (de tipo financiero) que le impidió filmar la mítica Megalópolis, poniendo en pie a cambio Youth Without Youth (2007). Y afirmaba que, en casos como estos, «rodar una película es como hacer una pregunta; sólo que al final la propia película es la respuesta». Así sucede también en el caso de Barton Fink. Aunque la ambición y la profundidad de las cuestiones planteadas por los Coen fuesen tales que su respuesta no pudo por menos que adoptar carices alegóricos, abiertos a multitud de lecturas.

En cuanto tal instrumento elíptico en torno a los anhelos y simulaciones de los artistas, la fragilidad de la razón frente al apremio del subconsciente, y el doloroso trasfondo inherente a la verdadera creatividad —la que nos permite tender puentes entre la expresión estética y la experiencia vital—, Barton Fink brinda uno de sus cauces de comprensión más elocuentes en la imagen de una mujer que otea el horizonte sentada a orillas del mar.

Una imagen que tiene carácter inicial representativo, en el hotel que acoge al dramaturgo protagonista (John Turturro) cuando llega a Hollywood a punto de iniciarse la Segunda Guerra Mundial con el fin de escribir una película sobre boxeadores para Capitol Pictures. Barton, que por entonces todavía cree que existen diferencias cualitativas entre las producciones adocenadas y alienantes que auspicia Capitol y sus propios intentos por gestar arte «lleno de sentido […] para el pueblo», adopta la ilustración de la mujer que adorna su habitación como un motivo ideal, incontaminado, que le ayuda a soslayar un entorno muy diferente al suyo neoyorquino habitual así como sus innumerables incongruencias como escritor y como persona.

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Sin embargo, tras la reveladora pesadilla vivida en el Hotel Earle, para cuando Barton alcance a materializar la misteriosa visión de la mujer en la playa, poco quedará en ella de la tranquilidad de espíritu a que aspiraba el escritor. La representación ha devenido accesible para la criatura de ficción —y para sus artífices y el espectador— al precio que ello acarrea en términos de implicación y conocimiento implacable de uno mismo. Los Coen dejan claro que, si se pretende reflexionar o sentir, la ficción sólo es habitable de manera dolorosa. El desbloqueo creativo está condicionado al descubrimiento de las propias imposturas, y al atisbo de inciertos horizontes que, por mucho que queramos engañarnos, sólo podremos explorar a través de campos de minas.