Lugares comunes o estados de ánimo

El cine de Takeshi Kitano está repleto de lugares comunes. Lejos de tener connotaciones negativas, si en ese lugar pasan cosas diferentes dependiendo de quien lo visite y de quien se halle en él, los lugares comunes en sus películas son siempre motivo de celebración. Están los abstractos, como el juego y la violencia, pero que a su vez se diversifican: los protagonistas juegan a cosas muy diferentes (baloncesto, dados, sumo, cartas, escondite inglés, béisbol, etc.) y la violencia es variopinta, desde la más puramente física ya sea más o menos sangrante—Zatoichi (2003), Violent Cop (Sono otoko, kyôbô ni tsuki, 1989)— a la emocional —Dolls (Dōruzu, 2002)—, que casi siempre es más difícil de digerir. Y también hay un lugar común físico y muy concreto que es la playa. A pesar de que las playas japonesas están repletas de gente con flotador (pues aunque saben nadar, se sienten así mucho más seguros), las que muestra Kitano son bastante menos concurridas. En casi todas sus películas suele aparecer alguna y en todas es distinta. Lo mismo es refugio y evasión de una banda de yakuzas que espera su momento que el destino de un matrimonio que va a dar en el mar, que no hace falta que diga lo que es, porque ya lo dijo muy bien Jorge Manrique. O mejor, no es lo mismo, el lugar donde, a pleno sol, un pequeño Masao se lo pasa casi tan bien como el yakuza Kikujiro y sus curiosos compañeros de viaje, que el escenario nocturno en el que un samurai ciego le da el pasaporte a su enemigo acérrimo. Y no es lo mismo, porque no puede serlo, el lugar donde acontece el delirio de un Kitano que, con gafas de sol y pelo rubio, se enfrenta él solo delante de su porsche rojo a un ejército de policías, samuráis y luchadores de sumo, bajo la estupefacta mirada del improvisado tridente balompédico que forman un adolescente, un africano embutido en un traje tradicional y un oficinista encorbatado en una Takeshis (2005) que algún día explicaré por qué me recuerda más a Mullholland Drive (David Lynch, 2001) que a 8 y medio (Otto e mezzo, Federico Fellini, 1963), pues eso, que no es lo mismo esa playa que la que visita el Aniki de Brother (2000) para hacérselas pasar putas a un cabronías de cuidado a punta de pistola.

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Esa fuga que representa la playa en sus películas, que puede suponer desde una secuencia divertida y/o trivial —Boiling Point (3-4xJugatsu, 1990), Brother—, o una transición —El verano de Kikujiro (Kikujiro no natsu, 1999), Sonatine (Sonachine, 1993)— hasta el auténtico clímax o el desenlace del film —Zatoichi, Takeshis, Flores de fuego (Hana-bi, 1997)— encuentra su máxima expresión en su tercera película, A Scene at the Sea (Ano natsu, ichiban shizukana umi, 1991), la historia de un basurero sordomudo que sueña con ser un gran surfista, y que se desarrolla prácticamente en su totalidad a orillas del mar. A Scene at the Sea es un gran respiro en la filmografía de Kitano, con un aire diferente, sin pistolas, ni yakuzas, ni juegos, ni apenas humor. Solo un chaval y su novia-perrillo faldero (ambos máximos exponentes de la escuela de la no interpretación, la favorita de Kitano), el surfista y la espectadora, respectivamente.

Así la película atraviesa, playa mediante, diversos estados de ánimo (como la obra del japonés en general, o las canciones de un buen disco), desde la pena que inspira al principio el protagonista, no solo por su sordomudez, sino también porque todos se mofan de su ineptitud para el surf, hasta la compasión que progresivamente va despertando y que se transforma, gracias a su empeño, en la simpatía y el respeto de todos. Y aunque no deja de ser una anécdota argumentalmente hablando, con casi total ausencia de un guión, al menos en un sentido convencional, A Scene at the Sea nos presenta una imagen bastante nítida de la idea visual del cine que tiene Kitano y, por supuesto, unas postales de la playa tan dignas de recuerdo como aquellas fotos veraniegas que podemos tener en Fuengirola, Torre del mar o Tarifa, sin ir más lejos.