La playa y sus fantasmas

Lo primero será decir la verdad. Ciertamente, no soy muy de playa porque creo que es uno de esos elementos que nos igualan por Abajo: tostarse la piel en busca de un atractivo que nos ponga tan moreno como los demás. Sin duda, una acción inteligentísima para destacar. Creo que fue Einstein el primero que tomo el sol como finalidad, aunque no se le notase demasiado con esos pelos. Lo demás es tierra en la tortilla, mujeres que se exhiben mientras tú te escondes, la ministra de nosequé que quiere quitar los chiringuitos, masificación, insolación y secuelas. Yo soy más de la playa por la noche y sus mitologías, sus encuentros y sus leyendas. En esa hora mágica, la arena se convierte en compañera, el ruido del agua se impone al de los domingueros, la luna es con su presencia (o su ausencia) el foco que alumbra (o esconde) complicidades, saliva, lágrimas o botellones de última hora. Fantasmas de otros tiempos. Pasados o venideros. Historias que se cuentan porque ellas mismas se imponen a la conversación. En la playa por la noche todos somos niños.

Una hoguera ayuda y alguien que sepa contar historias, imagínate. El elegido es John Houseman, uno de los grandes de Hollywood, un storytelling como guionista, productor, actor, músico o cómplice de historias arriesgadas. Fue uno de los artífices de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941) [1] y John Carpenter, uno de los grandes de Hollywood, un storytelling como guionista, productor, actor, músico o cómplice de historias arriesgadas, siempre supo rentabilizar el talento propio y ajeno. Aquí lo hace sólo con un viejo marinero en una playa, con un reloj y con unos niños que rodean el fuego primigenio donde supongo que también empezó la primera historia.

Una escena rodada en estudio pero que sabe atrapar el magnetismo místico de la playa como si hubiera sido rodada en el mismo Antonio’s Bay. 5 minutos antes del 21 de abril se atreve a pasar a las nuevas generaciones el miedo que sus antepasados han intentando olvidar durante siglos donde siempre se repetía el 21 de abril todos los años. Houseman termina la historia y mira a los niños entre pensativo y desafiante. La cámara le sube desde la barbilla al pelo más alto de su cabeza. El narrador de historias desaparece y queda la historia. Unos leves títulos de crédito que enmarcan el amanecer en esa misma playa. Pero ya es otro 21 de abril. El 21 de abril que tanto tiempo se ha estado esperando.

Carpenter hace su propio remake de Los pájaros (The Birds, Alfred Hitchcock, 1963) pero mezclando referencias literarias graves (Lovecraft en el tono, Poe en la cita que da paso al contador de la historia  [2]) con el posmodernismo de un Hitchcock al que siempre le bastó una novelita de bolsillo para crear arte con mayúsculas. Su apuesta es tan metalingüística como otras muchas de sus obras [3], su búsqueda del escenario es la búsqueda de la pantalla en la que se va a proyectar. El principio del origen. El espectador se puede sentar al lado como un niño atento al lado de un niño atento que tendrá importancia en la historia. Así nosotros también estamos en la playa y es 20 de abril (y no del 92 como decían los Celtas Cortos) y tenemos miedo y un narrador único, como Carpenter como Houseman, nos vuelven ha reiniciar como el que empieza de nuevo o acaba de viejo. Y tenemos importancia en la historia y somos partícipe de esa maravillosa sensación de abrigarse el cuerpo intentando abrigarte el corazón trémulo de inquietud.

Luego los fantasmas se cargan a medio pueblo saliendo de la playa y el único sitio que nos permite salvarnos, no es la iglesia que cuenta historias de miedo pero con otro interés, ni el alcalde y sus concejales que nos cuentan historias de risa con interés idéntico, sino el mismo faro que inicio la historia siglos atrás. El que provocó la historia, el que la termina añadiendo un poco de oscuridad extra a la narración. En la playa por la noche la luz viene de dentro del agua. La niebla somos nosotros.

Siento haberme puesto un poco poético, pero cada uno cuenta la playa como le va. Y a mí como me va es de noche y escuchando o contando historias para no dormir. Sea por una cosa o por la otra.


[1] En 1995 el cine cumplió su primer centenario y aprovechando ese momento se hizo una encuesta entre los mejores directores vivos de la historia para que eligieran su película preferida. Carpenter en lugar de elegir lo esperado (una de Hawks o quizá de Hitchcock) sorprendió a propios y extraños señalando a Campanadas a medianoche (Orson Welles, 1965) como la película más importante de los primeros cien años del cinematógrafo.

[2] Todo lo que vemos o percibimos, ¿es un sueño dentro de otro sueño?

[3] Sobre todo en tres primordiales para entender la relación de Carpenter con la reinvención del lenguaje cinematográfico y sus subterfugios internos: En la boca del miedo (In the mouth of madness, 1995), Fantasmas de Marte (Ghosts of Mars, 2001) y El fin del mundo en 35 mm (John Carpenter’s Cigarrette Burns, 2005)