Playas, suecas, y el macho ibérico. La España del desarrollo de Mariano Ozores

Uno de los hitos populares de la España negra, retrógrada y forzadamente virgen del franquismo fue, indudablemente, la aparición del bikini. Bahía de Palma, dirigida por Juan Bosch en 1962, puede considerarse un punto de inflexión a este respecto ya que la nórdica Elke Sommer lucía esta sugerente prenda ante los atónitos ojos de un país acostumbrado al negro intenso propugnado desde los púlpitos y a una situación económica y social todavía renqueante tras los años de una posguerra eterna. A partir de la creación del Primer Plan de Desarrollo en 1964, estimulado por los grupos del Opus Dei cercanos a la figura de Franco, el país comienza a obtener unos ingresos basados, en gran parte, en el masivo turismo que comienza a aterrizar en las costas españolas. Para el españolito medio, la visión de unas extranjeras abiertas y desprejuiciadas supone el paso a una tardía adolescencia donde el descubrimiento del cuerpo femenino sin las cortapisas censoras, en vivo y en directo, revoluciona sus modos y maneras, sustentados (¡cómo no!) por el crecimiento económico del país que hace que la posibilidad de un veraneo (con todo el gasto que ello conlleva) fuera perfectamente asumible para la siempre sufrida clase media.

Sin ningún género de dudas, el único cineasta que se atrevió a mostrar esta realidad social de una manera directa y certera, con sus (escasas) luces y sus (numerosas) sombras fue, estrictamente, Mariano Ozores. En estos últimos años, en los que tanto se ha hablado de la crisis del sector cinematográfico, de la dependencia casi única de las subvenciones oficiales para que el cine español continúe respirando y, por extensión, de la falta del concepto de “industria” tal y como estuvo entendido durante años (las casi dos décadas que Cifesa estuvo vigente la cual, con sus altibajos, significó lo más cercano que este país ha estado de las infraestructuras estadounidenses), se hace más imprescindible que nunca la reivindicación de éste cineasta. Pocos, de hecho, pueden presumir de haber logrado la creación de una fórmula perfecta para conseguir reiterados éxitos de taquilla. Amén de haber establecido uno de los escasos fenómenos de star system que se han visto en España lugar donde, ni tan siquiera en la actualidad, existen nombres de actores que muevan a los espectadores al cine, en clara contraposición con los logros del cineasta de los que solo hay que recordar el landismo para confirmarlo. Mariano Ozores es, pro consiguiente, el máximo representante de un tipo de cine que jamás ha tenido el respeto que se merece.

De hecho, el cineasta conjugó, durante décadas, una incondicional respuesta por parte del público con una inclemente lluvia de palos de todos y cada uno de los sectores críticos. Resulta, en el fondo, una postura inexplicable la infravaloración constante que se profesa hacia sus maneras como cineasta ya que, si en un futuro próximo, hay alguien que quiera hacer un estudio detallado de la sociedad en España durante los años sesenta, setenta u ochenta no encontraría mejor exponente que el cine de Ozores. Las obras más prestigiosas realizadas en el período por directores como Carlos Saura o Basilio Martín Patino (excelentes la gran mayoría de ellas, que conste) no dejan de ser visiones subjetivas de la realidad, filtradas por la imponente personalidad de sus autores. Los films de Mariano Ozores, por el contrario, muestran dicha realidad tal cual es, resultando una exacta radiografía de los modos y maneras de los españoles de clase media durante casi treinta años. El hecho de que el cineasta muestre en sus películas todos los flancos de ésta clase que van desde la reproducción costumbrista de actos y manera de hablar a la conveniente ironización sobre la moral, hace que la identificación sea absoluta, el reflejo totalmente nítido y la correspodencia del espectador masiva, al ver en la pantalla personajes de carne y hueso que poseen sus mismos problemas (precariedad económica, indecisión política, obsesión por el sexo) y líneas de pensamiento (convenientemente exageradas, que para ello se trata del género cómico) y no de seres absolutamente complicados, ni films rebosantes de excesivo mensaje.

Playita y represión sexual

La magnífica Manolo, la Nuit (1972) da inicio con un plano de Alfredo Landa paseándose, altivo y seductor, ante las turistas que toman el sol en la playa. Todas, sin excepción, se sienten atávicamente atraídas ante el racial porte del actor quien exhibe su peludo torso y su tripa incipiente hacia un conjunto de féminas un tanto hartas del hombre asexuado y friolero de sus países de origen. Las costas se convierten en el medio natural para que el ciudadano de a pie deje a un lado sus problemas diarios y se lance a la conquista de unas mujeres (consideradas) fáciles. Anteriormente, en Objetivo bi-ki-ni (1968), José Luis López Vázquez se autoconsideraba una especie de James Bond cañí gracias a las constantes atenciones a las que era sometido por un conjunto de espías rusas y norrteamericanas quienes únicamente buscaban un microfilm que, por error, tenía en su poder. El mismo López Vázquez aprovechaba las vacaciones veraniegas de su mujer en Cuarenta grados a la sombra (1967) para intentar consumar una relación extramatrimonial. Asimismo, años después, Pajares y Esteso verán en el ambiente playero un hábitat perfecto para realizar sus timos en Los liantes (1981).

Ante todo ello, deberían surgir dos puntos a considerar. Primero, la utilización del cosmos estival no resulta un hecho circunstancial, sino un elemento dramático de primer orden. Es el ambiente en el que los deseos campan a sus anchas espoleados por la exhibición de los cuerpos. Por tanto, la manera de desnvolverse de los personajes de Ozores no es más que un grito de rebeldía ante los años de represión e infantilismo, ante una Iglesia castradora y una educación basada en la imposición del decoro. Si en 1947, los españoles antepusieron el visionado de Gilda (Ídem, Charles Vidor, 1946) a la salvación de su alma, advertidos de la perversidad del film en todo tipo de sermones eclesiásticos, no es distinta la situación expuesta por el cineasta en las películas mencionadas. Hay una consciente desvinculación de las imposiciones morales para dar rienda suelta a una conducta rijosa y desesperada; una necesaria liberación de los instintos constreñidos durante décadas por el nacionalcatolicismo y que, ahora, ven la oportunidad de verse realizados aunque ello suponga ir contra las normas establecidas e, incluso, contra los mismos preceptos ideológicos.

Segundo, las conductas histriónicas de López Vázquez, Landa o Pajares (por citar los más evidentes ejemplos) son el preámbulo del fracaso. La materialización simbólica de un país todavía en construcción, lleno de dudas, frustraciones y atrasos que no sabe cómo reaccionar ante su deseada apertura europeísta después de décadas del “Santiago y cierra España”. Por consiguiente, las peripecias de estos personajes acaban convirtiéndose en agrios choques ante la realidad circundante. Una realidad de la que no pueden huír, por mucho que los estímulos externos les hayan condicionado para intentarlo. López Vázquez, tanto en Objetivo bi-ki-ni como en Operación cabaretera (1967), terminará dándose de bruces con su verdadera condición y aceptando el producto nacional en la forma de Gracita Morales, dado que sus escarceos con las esculturales extranjeras no son más que lamentables malentendidos. Asimismo, tanto el mismo López Vázquez en Cuarenta grados a la sombra como el Alfredo Landa de Manolo, la Nuit volverán, arrepentidos, al hogar conyugal con la esperanza de ser perdonados por sus respectivas esposas. Es la amargura de la destrucción de los deseos lo que se impone en ambos casos. Lejos de defender un posicionamiento reaccionario como se le ha criticado en tantas ocasiones, Ozores muestra la dramática realidad de un español anclado a perpetuidad en las múltiples imposiciones sociales: un matrimonio del que desea escapar de forma harto infructuosa; una liberación sexual que no puede obtener y (como se muestra en la secuencia final de Los liantes) una estabilidad económica que se le escapa constantemente de las manos sumiéndolo, irremisiblemente, en las procelosas aguas de su mediana clase social.

Las obras de Mariano Ozores son nítidos espejos en los que este país se ha visto reflejado durante décadas. Piezas, sin duda, de mayor calado que el que su apariencia puede suscitar, que poseen la inmensa virtud de integrar un valioso cariz coyuntural con la humildad de estar concebidas como un sencillo entretenimiento. Algo que, indiscutiblemente, debe engrandecer la figura de su máximo responsable. Pese a quien pese.