Aprender a vivir (y a morir)

Ante lo que se conoce como cine clásico estadounidense, el espectador de a pie actual suele adoptar dos posturas —generalmente, según su edad— antagónicas: la sacralización (porque “cualquier tiempo pasado fue mejor” y “ésas sí eran películas”) y la indiferencia (porque “son en blanco y negro” y lo que se cuenta “nada tiene que ver con mi presente”). Entre ambos discursos que, admito, no son del todo inalterables —a casi todo joven aficionado que conozco le gusta, por ejemplo, Casablanca (Ídem, Michael Curtiz, 1942) y a casi todo veterano al que le he recomendado The Wire (David Simon, 2002-2008) se ha enganchado a la serie—, se encuentran los grises; los términos medios y las excepciones. Aún así no es fácil dar con argumentos de peso que inviten a recuperar los filmes de Edmund Goulding. Admitámoslo, no se trata de un cineasta importante, sus películas apenas dejan entrever un estilo y sus relatos tienden a una contención melodramática que no está en boga (hoy se celebran los felices excesos, de Douglas Sirk a Pedro Almodóvar, pasando por R.W. Fassbinder). Sabiendo esto sólo nos queda la intuición y la sinceridad. En parte por ello, no me da ningún reparo admitir que Amarga victoria es una de mis películas preferidas de los años 30. Una década extraordinaria en cuanto a transformaciones dentro del medio cinematográfico —de la transición al sonoro a la irrupción de la modernidad— en la que las obras artesanales de Goulding han quedado tan sólo como una nota a pie de página.

Es el caso del filme que nos ocupa, un considerable éxito de su tiempo —nominaciones a los Oscar incluidas— que hoy permanece prácticamente en el olvido. Es probable que la presencia de Bette Davis (que colaboró hasta en cuatro ocasiones con el director inglés) y Humphrey Bogart ayudase a tal triunfo comercial, pero el interés de la película va mucho más allá de sus intérpretes. El primer aspecto a reseñar es la limpieza expositiva. Pues, aún tratando un tema peliagudo, Goulding y su guionista Casey Robinson no se refugian en el edulcoramiento de la muerte y, desde un pudor y una sencillez remarcables (nótese el medido uso expresivo de los primeros planos), consiguen hilvanar un drama —sobre una joven de 23 años que sufre un cáncer terminal— huyendo de los clichés y dando espacio a la reflexión del espectador. El arranque de la trama nos sitúa en un espacio de fácil reconocimiento para el aficionado al cine clásico —una casa (un decorado) de la aristocracia estadounidense— y uno ya se espera uno de esos relatos donde, a golpe de afilados diálogos, diversos personajes flirtean en un mundo en el que sólo trabajan sus sirvientes. Un leve gesto de la Davis —una muestra de su incipiente dolor de cabeza— nos advierte, sin embargo, del tono cambiante de un filme que será atípico y en el que, desde la comedia ligera, se producirá un desliz sutil hacia lo melodramático sin caer en la previsible gravedad lacrimógena.

foto

Aún incluyendo un gancho romántico —el enamoramiento entre el médico y la paciente—, Amarga victoria no tenderá al regodeo emocional y será también un homenaje a la concisión y a la economía narrativa (y de medios). Pocas veces una película (nos) dice tanto y tan bien en apenas 100 minutos. La progresiva desnudez emocional y material de la protagonista —que deja atrás lo superfluo y descubre lo que es realmente esencial— va acorde a la construcción de un filme transparente en el que la iluminación se adecua a los estados anímicos, los punteos musicales están medidos, las interpretaciones son contenidas y los cortes resultan precisos (las secuencias duran lo que deben durar). Todo para acabar demostrando que quien domina un lenguaje —aunque ése sea clásico— sigue siendo capaz de interpelarnos como espectadores del presente, de obligarnos a replantearnos temas que ya creíamos manidos. Y es que, aunque el mensaje en pro del Carpe diem de la obra no deja de ser similar al de tantas otras películas —de la excelencia del Vivir de Akira Kurosawa (Ikiru, 1952) a la mediocridad de Mi vida sin mí de Isabel Coixet (2003)—, es casi imposible no empatizar con un filme en el que son los perplejos ojos de la Davis (nunca ha estado mejor que aquí) y un ligero desenfoque de su rostro los gestos que mejor nos hablan de la fugacidad de la vida y de la irrefrenable llegada de la muerte. Dejándonos, literalmente, conmocionados. Tanto ayer como mañana.