En 1962, el cineasta brasileño Leon Hirszman debuta con el cortometraje Pedreira de Sao Diego, que forma parte del film de episodios Cinco vezes favela (el resto de trabajos corresponde a Carlos Diegues, Joaquim Pedro de Andrade, Miguel Borges y Marcos Farias). Con claras referencias eisensteinianas, perfectamente asumidas en su discurso, Hirszman, en apenas 20 minutos, narra con una particular fuerza expresiva (que lamentablemente apenas volverá a encontrar en su trayectoria) el conflicto que se produce en un barrio de barracas, situado junto a una cantera que un grupo de trabajadores está dinamitando. De pronto, surge el inminente peligro de derrumbamiento debido a las continuas explosiones, entonces, los obreros se rebelarán contra su jefe y se negarán a continuar trabajando. Los vecinos de las favelas no tardarán en unirse a ellos. Por un momento, las cosas parecen cambiar.

Retrocedamos aproximadamente treinta años. Creo que no sería descabellado buscar las huellas de la opera prima de Hirszman , además de en, obviamente, la cinematografía soviética, en un film chino del que apenas hemos podido tener noticia, si exceptuamos breves referencias en determinados libros, en los que aparece breve y, como buena parte de la historia del cine chino, casi tímidamente, en los que se nos presenta con los más diversos títulos: La gran carretera, La ruta, El camino, etc… pero que responde a un nombre tan enigmático como fascinante, Dalu. Esta película  realizada en 1935, como muchas de sus contemporáneas se presentaba como una  patriótica pieza de resistencia  frente a la invasión japonesa (a la que en innumerables ocasiones se hace referencia a lo largo del metraje, pero siempre utilizando un anónimo y sorprendentemente correcto enemigo).

Siempre he creído que escribir la semblanza de un film utilizando el recurso de compararlo con otro es un error, cuando no un truco bastante fácil para no ahondar verdaderamente en el título a analizar, ya bien sea por inapetencia o sencillamente por incompetencia del autor de las líneas. En esta ocasión, y no pretendo justificarme, me temo que voy a hacerlo, quizá se deba finalmente a mi incapacidad para redactar un análisis riguroso. Para realizar, espero que de forma impune, la trampa, recurriré a la proximidad temporal con que he visionado ambos trabajos. En realidad, la conexión que pretendo establecer entre la película china y la brasileña es más bien forzada, cuando no caprichosa e injustificable. Pese a que parten de una idea similar, mostrar las duras condiciones de trabajo de un grupo de obreros (unos construyen una carretera que parece interminable y los otros, tres décadas más tarde, demuelen  una cantera), las semejanzas parecen terminar aquí. Hirszman brillantemente denuncia las míseras condiciones vitales/laborales de los habitantes de una favela con un discurso absolutamente crítico e implacable, no exento de un esperanzador acto de rebeldía contra los patronos, y acierta completamente al hacer suyo el discurso revolucionario de los cineastas pre-revolución soviética (como decía, con Eisenstein a la cabeza). Sin embargo, Sun Yu, autor del film, opta por una narrativa cargada de convencionalismos genéricos, que van desde un inadecuado sentido del humor que resta fuerza a su propuesta hasta una inevitable historia de amor (entre Ge jin y sus compañeros y unas hermanas cantarinas), pasando por la construcción de los personajes, sobre todo los negativos, resueltos como caricaturas planas ávidas de enriquecerse a costa de la explotación de sus semejantes (la nula interpretación de prácticamente el grueso del reparto, hace que los personajes resulten todavía más increíbles). El  patriotismo   un tanto forzado que parece supurar en cada fotograma de la película, acaba imponiéndose como un gran lastre narrativo, simplificando a cada momento la trama y los personajes, llevándolos a resoluciones y comportamientos que no hacen si no restar fuerza al film. Una película como ésta me recuerda a las primeras (y todavía ignoradas) obras del georgiano Sergei Paradjanov, films de propaganda realizados como oda a las excelencias de la juventud vista por el Estado. A pesar de sus incuestionables limitaciones e imposiciones y más allá de completar la filmografía de un realizador como Paradjanov, vale la pena revisar films como El primer chico (Pervyy paren, 1959) por la brillante plasticidad que parece recubrir cada una de las imágenes. El desenlace resulta especialmente revelador a estos niveles. Después de morir a causa del ataque de un bombardero (enemigo), una vez finalizada la construcción de la carretera que permitirá al ejército chino enfrentarse al invasor, los trabajadores se convierten en fantasmas, quienes estarán condenados a seguir durante toda la eternidad trabajando en una ruta que ya nunca podrán acabar. Esta conclusión me parece modélica para lamentar que la película no vaya por el camino crítico/social de pongamos un Hirszman. El infierno por obra y gracia del Estado se transforma en cielo y un film de terrible desenlace, gracias a la propaganda fílmica, se convierte en un canto a las excelencias patrióticas. Los obreros risueños no dejan de estar atrapados incluso después de muertos por la mísera existencia que han llevado en vida.

Dalu, es un film correctamente realizado, que encuentra sus mayores hallazgos en la composición de los planos generales, especialmente aquellos en los que vemos a los obreros laborando. Visualmente, sin embargo, tan sólo en contadas ocasiones, cuando curiosamente parece remitir a la escuela soviética, encuentra una verdadera fuerza expresiva, como en la secuencia del bombardeo final, resuelta en planos muy rápidos y cortos, por momentos cercanos a la abstracción, y el notable momento de la tortura, con una interesante utilización de las sombras sobre el fondo.

Este clásico del cine chino se encuadra en el llamado grupo cinematográfico «Películas de izquierdas», y su realizador, Sun Yu, era uno de los máximos representantes. Resultando un film prácticamente fallido, Dalu, sin embargo, se erige como una perfecta muestra de una cinematografía que a día de hoy sigue siendo una gran desconocida y como uno de los escasos títulos clásicos a los  que a día de hoy puede, con cierta facilidad, accederse, para descubrir las excelencias (o al menos la identidad) de un cine lleno de vacíos y enigmas. No en vano, la película china más antigua que se conserva, Romance de un vendedor de fruta (Hi guo yuan, Zhang Sichuan) es del año 1922. Antes, no hay nada, o al menos nada ha sobrevivido al tiempo. Sun Yu, posiblemente, uno de los más notables cineastas chinos de los años treinta sigue siendo como el cine de su país, todo un enigma. La posibilidad de visionar un film como este, compensa cualquier tipo de limitación estética, política o moral, es una oportunidad única que vale la pena no perderse.