De la vida de las actrices

Stage Door es una producción de Pandro S. Berman para la RKO dirigida por Gregory La Cava en 1937, la cual se confirma como una puerta abierta al mundo del teatro neoyorkino, y más concretamente al de sus actrices, en plena época del new deal rooseveltiano que trataba de sacar a los EE.UU. de la depresión económica que asolaba al país.

En la película conviven dos vertientes: Por un lado está la cómica, que se manifiesta principalmente en las ingeniosas réplicas y contrarréplicas que se cruzan algunas de las numerosas mujeres que habitan la residencia de actrices en la que se desarrolla la acción (recordemos que George S. Kaufman y Morrie Ryskind, colaboradores en el guión, son responsables de varios vehículos de los hermanos Marx, tanto en Broadway como en el cine). Por otro, tenemos una parte dramática, de gran calado social, en la que se reflejan algunas de las penalidades que debían (y que, con gran probabilidad, aún deben) soportar los intérpretes teatrales para poder encontrar trabajo.

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Creo importante insistir en esta segunda vertiente, ya que La Cava, pese a ostentar una equívoca fama de director de frívolas screwball comedies, solía rodar películas con un trasfondo muy amargo (algo que en realidad puede decirse de muchas de las consideradas como mejores comedias de los años 30, dejando aparte quizás, y sólo relativamente, el caso de Howard Hawks). Otros films del director como La melodía de la vida (Symphony of Six Million, 1932), Al servicio de las damas (My Man Godfrey, 1936) o 5th Ave Girl (1939) corroboran la teoría que hablaría de un cierto nivel de malentendido a la hora de enfrentarse a su obra, un caso tal vez similar a lo que ocurre con Ernst Lubitsch, cuyos films solían ser más profundos y oscuros de lo que suelen conceder los amantes de su mítico toque cómico. Una propuesta como Stage Door documenta, de manera elegante y sutil, pero asimismo clara y directa, muchas de las injusticias que sufren las protagonistas, y no faltan referencias al cierre de teatros que se estaba llevando a cabo en la época, a la importancia de disponer de un buen padrino para ascender, e incluso se hace una mención al fracaso de cierta obra a pesar de su promoción mediática, adelantándose a un futuro (hoy ya tal vez pasado) donde proliferaron las campañas destinadas a poner de moda determinados productos culturales que se suponía había que conocer para poder llevar una vida social estandarizada.

Si bien no alcanzó la popularidad de obras como Eva al desnudo (All About Eve, 1950. Joseph Leo Mankiewicz), e incluso ha solido ser menos recordada que la, por otra parte excelente, Noche de estreno (Opening Night, 1977. John Cassavetes), los logros de Stage Door nada tienen que envidiar a los de la película de Mankiewicz. Antes bien, ambos filmes lanzan una mirada que podríamos calificar como panteísta sobre el mundo del espectáculo, sobre el fin de los diferentes ciclos y la llegada de nuevas generaciones de chicas cuyo ideal es llegar a ser, más que una gran actriz, una estrella popular de la escena, si bien la película de La Cava ostenta una mayor abundancia de dosis humorísticas.

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Entre un tumulto de personajes secundarios (perfilados de modo teatral e interpretados de inmejorable manera) destacan en Stage Door las presencias de Katharine Hepburn, Ginger Rogers, Lucille Ball, Andrea Leeds, Ann Miller (adorable bailando Put Your Heart Into Your Feet and Dance junto a Rogers), Gail Patrick, Eve Arden, el siempre etiquetado Adolphe Menjou, Constance Collier como la actriz veterana, o Franklin Pangborn, en su sempiterno rol de mayordomo. Ginger y Hepburn, con sus diferentes maneras, mantienen un duelo interpretativo muy igualado, aunque de tener que elegir me quedaría, pues lo considero menos exhibicionista, con el trabajo de Rogers, a quien considero una sensacional (y a menudo no demasiado bien aprovechada) intérprete, por más que su fama actual (donde la haya) siga sosteniéndose sobre las coreografías de baile que compartiese junto a Fred Astaire.