A pesar de que el cine está cerca de cumplir los 120 años de vida, sigue siendo habitual la hipertrofia literaria en torno a un puñado de autores (las más de las veces visitados y revisitados sin la menor perspectiva crítica), mientras algunos de la mayor relevancia permanecen en el olvido o en el ostracismo. Este es el caso de Jacques Feyder (Bélgica, 1885-Suiza, 1948). Aunque fue la realización de La Atlántida (L’Atlantide; Francia-Bélgica, 1921) lo que le otorgó mayor proyección internacional, comenzó a dirigir películas apenas veinte años después del nacimiento del cinematógrafo (Des pieds et des mains, codirigida con Gaston Ravel; Francia, 1915); realizó más de la mitad de su obra en el periodo mudo (hasta 1929), y su cine llegó hasta bien entrada la década de los cuarenta (Macadam, codirigida con Marcel Blistène; Francia, 1946). En España se estrenaron comercialmente una docena de sus casi cincuenta producciones, y hoy por hoy sólo dos son visibles en DVD (el filme objeto de este artículo y La condesa AlexandraKnight without armour; Reino Unido, 1937—).

Afortunadamente, para la preparación del libro Descubriendo las Españas. Nosotros vistos por los otros en la Historia del Cine (sobre la visión de España en el cine extranjero, Arkadin Ediciones), que se editó hace unos meses, tuve acceso a una copia excelente (y completa) de Carmen (Francia, 1926) que, en mi opinión, es la mejor de todas las adaptaciones realizadas de la novela de Mérimée). También entonces llegué a la conclusión de que La kermesse heroica era una de las obras cinematográficas más brillantes que había podido contemplar.

El filme se ambienta en el pueblo flamenco de Boom, bajo el dominio del gran Imperio de España; cuando los notables de Boom reciben la noticia de que un regimiento español les visitará en breve, se encuentran preparando una gozosa kermesse. Los hombres del pueblo —que detentan el poder, pero que aparecen como unos patanes— eligen una estrategia defensiva de engaño, temiendo que los españoles vuelvan a arrasar con el pueblo como lo hicieron la última vez. Las mujeres, por su parte, deciden tomar las riendas y emplear la estrategia de la seducción, logrando así que los soldados y políticos españoles no sólo no se muestren agresivos, sino que se vayan de Boom encantados con su estancia.

Dos son los elementos clave en la excelencia de La kermesse heroica: la rigurosa exuberancia de su puesta en escena y el sugerente y modernísimo discurso feminista. Lo abigarrado de la propuesta abre el abanico a muchas otras reflexiones, como la del nacionalismo, y a multitud de precisiones formales; en ambas líneas debo resumir al máximo, sin dejar de apuntar que una de las virtudes del filme es su inagotable riqueza en todos los ámbitos, incluyendo la densidad de un guión en el que cada detalle parece resultar relevante, y la complejidad de una puesta en escena pocas veces vista hasta entonces.

Pocos años después del cine mudo, Feyder asume en La kermesse heroica un concepto de cine total, bajo la perspectiva de explotar al máximo todos los recursos disponibles a su alcance: los diálogos, los decorados, el movimiento de la cámara, la expresividad de los intérpretes, la música… Hay que ser conscientes de que apenas una década antes era aún una quimera acompañar a las imágenes de sonido y la inmovilidad de la cámara era elemento protagonista en la composición de la inmensa mayoría de las obras cinematográficas; tampoco resultaba fácil encontrar trabajos interpretativos ajenos a una afectación excesiva. En La kermesse heroica no sólo se dan todos estos elementos, con un dominio técnico asombroso y una capacidad poética fuera de toda duda, sino que además son empleados con un rigor expresivo poco común: poco común entonces, antes y ahora.

Así, la libertad de la cámara, ligera y atrevidísima, no es sino un trasunto de la liberación femenina que alberga el corazón ideológico del filme; la precisión expresiva de los actores resulta necesaria y coherente con el amplio abanico de sensaciones que pretende transmitir la película, desde lo personal hasta lo colectivo, pasando por la comedia y el drama; lo mismo podemos decir de la evidencia de los decorados, que contribuyen al barroquismo general de la película y que encuentran perfecto acomodo estético en un filme donde, desde el principio, se pretende dejar bien claro que todo es una gran farsa; y qué decir de unos diálogos rápidos, precisos, alusivos, brillantísimos. Todo en La kermesse heroica está cuidado hasta el mínimo detalle y puesto al servicio de una historia original y narrada con el mismo gozo con el que se vive como espectador. Es, sin duda, un ejemplo del tipo de obra que ha convertido al cine en un arte, proveniente de aquella época en que para ser llamado artista no eran imprescindibles el amaneramiento o el cripticismo.

En cuanto a los dos temas principales, bien podríamos decir que se resumen a la perfección en aquella escena en que el Duque de Olivares (Jean Murat) anima a la esposa del alcalde de Bloom, Cornelia, (Françoise Rosay) a dejar a su marido por él, pero ella, muy consciente de la situación, sabe dejar la seducción justo en la frontera de lo pragmático: la fanfarronería española, la mesura flamenca, la madurez femenina y la liviandad masculina quedan de manifiesto en apenas un minuto que se convierte en una síntesis de casi todo lo importante que nos encontramos en La kermesse heroica.

Cansadas de sus hombres, tanto en lo íntimo como en lo público, las mujeres de Boom deciden aprovechar esta nueva y amenazadora visita de los españoles para matar dos pájaros de un tiro: su insatisfacción erótica y el presumible deseo de violencia de los imperialistas. Repartírselos y seducirles conduce sin duda al cumplimiento de ambos objetivos, que se verán satisfechos al final de la película. Los hombres del pueblo se resisten («no es asunto de mujeres») pero ellas se muestran innegociablemente decididas a llevar adelante su estrategia («Las armas de mujer siempre han sido superiores»); y lo llevan hasta el extremo de intercambiar los papeles, y hacer propio el mantra cómico de la primera parte de la película («Son intereses superiores. No es asunto de hombres»). Esta línea argumental es empleada como vehículo de algunos de los mejores gags del filme, como aquel en el que un soldado español y otro flamenco comparten tarea y conversación sobre el bordado, sentados el uno junto al otro, invirtiéndose audazmente los tópicos sobre los roles de género.

El atrevimiento y la modernidad de la película en este ámbito no deben soslayarse.  El voto femenino en Francia no se aprobó hasta 1944, nueve años después del rodaje de La kermesse heroica; y en muchos de los países del entorno, el debate feminista era reciente o apenas incipiente. En España el voto se logró en 1933 (provisionalmente, hasta el franquismo), en Italia en 1945, en Bulgaria en 1947, en Bélgica en 1948 (equiparación en derechos con los hombres), etc. La película se inscribe, así, en la que suele denominarse primera oleada feminista, que concluyó con avances fuertes en Estados Unidos y Reino Unido, pero no en el resto de Europa, donde habría que esperar a la segunda oleada, abanderada, precisamente, por la francesa Simone de Beauvoir a partir de su libro El segundo sexo (Le deuxième sexe, 1949). La contextualización del filme (y la comparación con casi cualquier obra de la época en esta línea) no deja, pues, lugar a dudas sobre su singularidad y atrevimiento.

Decía que en la escena en que Cornelia rechaza al duque español también se sustancia el otro tema clave de la película. Una de las grandezas de La kermesse heroica es el empleo de los tópicos nacionales con el objetivo de ridiculizar cualquier forma de patriotismo o nacionalismo. La gran humorada alcanza tanto a los franceses («tienen respuesta para todo») como a los flamencos (patéticos en su pusilánime desprecio a los españoles, a los que acaban dando la bienvenida; y, los hombres en especial, lamentables en su conducta íntima) como, sobre todo, a los españoles (acusados de violadores, de saltimbanquis, de violentos —»No hay nada en el infierno que se acerque a la furia de los españoles»—, etc.). En el caso de España, país protagonista de los dardos quizá por ser el imperio conquistador, aparecen buena parte de los tópicos que nos definen en el cine extranjero: los españoles con bigote, morenos y peludos; los enanos; lo andaluz; la Inquisición; unos gustos sexuales supuestamente universales («A los españoles, las rubias nos resultan exóticas«) o los tres pilares (monarquía/iglesia/ejército) que conformaban la sociedad española.

Estas definiciones caracterológicas se basan en los tópicos con inteligencia y fino sentido irónico, pues haciendo uso de ellos Feyder logra plasmar a la perfección su inconsistencia. Y, como decía, son el pegamento esencial para una denuncia de los falsos patriotismos, asunto importante en la película que se delata con claridad en dos divertidas líneas de guión. La primera, como es reconocido por los políticos de Boom, es que los españoles serán todo lo peligrosos que se quiera, pero finalmente van a dejar mucho dinero en su visita al pueblo y, por tanto, su maldad ética queda relativizada por su bondad económica; por otra parte, dos jóvenes cuya historia de amor está mal vista por los lugareños, acaban encontrando en la multitudinaria visita de los españoles un contexto de confusión perfecto para ser libres por vez primera. Así, la llegada amenazante y colonizadora se convierte en símbolo de riqueza y de libertad. Lo cual deja al descubierto dos de los vicios éticos que se esconden detrás de todo nacionalismo radical: la hipocresía y el ventajismo.

La capacidad que se demuestra en La kermesse heroica para la abstracción conceptual en el ámbito de la comedia es otra de las raras cualidades que posee un filme ejemplar. En él, mediante una dirección al mismo tiempo lúdica y férrea, Jacques Feyder fusiona la visión masculina de la sociedad con algunas de las taras propias de la antigua sociedad occidental, basada en el imperialismo. Una película tan sofisticada en lo ideológico como en lo formal, una de esas pocas obras que nos deparan sorpresas una y otra vez y que, por tanto, se convierten en una parada obligatoria (y recurrente) para todos los amantes del cine como brillante espectáculo y, al tiempo, como medio óptimo para las más elaboradas reflexiones.