Vida de Gaby Doriot, mujer deseada

En 1933 (año en el que, recordemos, Adolf Hitler es nombrado canciller), y tras haber realizado, entre otras, Amorios / Liebelei (la película que posteriormente le abriría alguna posibilidad en la industria americana, a la que, sin embargo, le fue muy difícil adaptarse, lo que no le impidió dejar tras de sí una buena ristra de obras maestras en tierra estadounidense), Max Ophüls abandona su Alemania natal y se instala en Francia, comenzando un periplo de varios años en los que realiza películas de diferentes nacionalidades, una de las cuales es La signora di tutti, producción italiana de 1934, y adaptación de un texto de Salvator Gotta.

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Esta película vendría, en un primer análisis, a corroborar la opinión de aquellos que aún consideran a Ophüls exclusivamente como un gran innovador de la técnica cinematográfica. No cabe duda de que en La signora di tutti el realizador hace uso de encuadres, encadenados y desplazamientos de cámara poco usuales en la época, audacias por las cuales el filme recibió un premio técnico en el II Festival de Cine de Venecia. Sin embargo, hay que tener en cuenta igualmente que Ophüls no introduce estas novedades porque hacen bonito, sino que responden, como siempre en él, a personales intereses artíticos, que incluyen su habitual mirada descreída sobre los espejismos de la fama y el poder. El uso de superposiciones de planos dota a la cinta de una estética onírica, mientras los movimientos de cámara (un tanto imperfectos en ocasiones; se percibe que los técnicos europeos no eran —ni son— como los de Hollywood, como bien manifestase Orson Welles muchas veces) remarcan el carácter fugaz y único de los momentos que nos son dados en pantalla. También hay cierta agresividad en algunos instantes, patentemente provocadora, a la que seguramente no es ajeno el hecho de que Ophüls tuviese poco más de treinta años al realizar esta película. Esta especie de arrebatos dionisíacos exacerbados, que en ocasiones llegan hasta el límite de lo deforme y/o enfermizo, pueden hacer pensar en los primeros filmes de Buñuel y Dalí, sobre todo, en este caso, en L’âge d’or (1930). Las diferentes escenas de tensión que comparte la protagonista de La signora di tutti con su(s) amante(s) hacen evocar en ocasiones imágenes como la de la pareja que se retuerce en el barro en la citada película surrealista. Una de ellas merece contarse entre las más sensuales y embriagadoras de la historia del cine: me refiero al momento en el que Gaby (pues así se llama la heroína del film de Ophüls) solicita permiso para fumarse un cigarrillo.

Gaby Doriot es el nombre completo de una célebre actriz que es encontrada, inconsciente, en una habitación por uno de los hombres de su séquito en la inmejorable primera secuencia del filme. Trasladada a un hospital, y bajo los efectos de la anestesia, Gaby recuerda su vida (algo que Ophüls se ve obligado a indicar, estamos en 1934, con un cartel sobreimpresionado) y las causas que la llevaron al intento de suicidio. Desde la época escolar hasta su unión con un adinerado empresario, Gaby fue objeto del deseo  de muchas personas, una condición de la cual ella renunciará finalmente a escapar. La dorada actriz Isa Miranda se muestra perfecta para el rol principal, pues es capaz de fascinar con uno solo gesto corporal. Además, Ophüls la filma en muchas ocasiones enlazando con el mejor cine alemán precedente manteniendo siempre una fascinante dualidad: En ciertas secuencias exteriores, su aspecto parece encajar con la imagen arquetípica de una heroína germana pura y romántica (Leni Riefenstahl, por ejemplo), y en otras, como la de la fiesta, es a la más mundana Marlene Dietrich (que por aquel tiempo ya había protagonizado El ángel azulDer blaue Engel, 1930. Josef von Sternberg—) a quien se asemeja, o quizás a la no menos turbadora Louise Brooks de La caja de Pandora (Die Büchse der Pandora, 1929. Georg Wilhelm Pabst). Es el interpretado por Miranda un personaje apasionante, pues se trata de una femme fatale que no puede (y tal vez tampoco quiera) impedir serlo, y a la que, cómo no, Ophüls se acerca sin maniqueísmo, por lo que también hay momentos de esta (como casi siempre en Ophüls, más radical de lo que podría parecer en un principio) película que hacen pensar en Renoir, Mizoguchi o Rossellini.

La signora di tutti supone el debut musical en el cine de Daniele Amfitheatrof, que volvería a trabajar junto a Ophüls más de una década después en Carta de una desconocida (Letter from an Unknown Woman, 1948), ya en Hollywood. En otro orden de cosas, cabe insistir en que algunos motivos visuales del film son deudores del cine alemán mudo, por el uso de las sombras (cf. la magnífica secuencia en la que la discapacitada —personaje de corte marcadamente hitchcockiano— baja la escalera), o el modo en que están dirigidos los actores, algo especialmente notable en el personaje del marido adinerado.

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Mención aparte merecen el ejemplar trazo del personaje de la hermana, que, de una manera elíptica, participa de una obsesión vital quizás comparable a la que arrastra Joan Fontaine en la ya citada Letter… (obsesión que logrará su objetivo, por cierto), y también algunas ideas de puesta en escena tan definitivas como:

  • El largo plano en el que la joven Gaby atraviesa un pasillo y da de comer al perro mientras su padre, en off, se permite juzgarla y decidir su futuro.
  • El paseo en barca de la chica, seguida por el coche de su poderoso admirador.
  • La secuencia que asocia el último suspiro de Gaby con la detención de las rotativas que imprimen carteles con el nombre y el rostro de la diva.

In summa: La signora di tutti es un filme en el que se reconoce perfectamente el estilo de su director, y cuyas imágenes sintentizan la riqueza de diferentes corrientes estéticas del cine europeo de manera singular, todo ello dentro de una narración quebrada, feérica y desasosegante de vigencia invulnerable al paso del tiempo.