El atávico papel

Dicen que nuestras obsesiones y nuestros fantasmas se parecen mucho. Y creo que en cualquier obra de arte verdadera las obsesiones o los fantasmas, los propios, los ajenos, están presentes de una u otra manera. Sin embargo, a propósito de obsesiones, a menudo me pregunto como hacer para no hacer falsa psicología desde una crítica de cine. Es decir, para no caer en la tentación de asociar los elementos reiterativos de cada película con la personalidad de su director, para no gritar que descubrí sus intenciones, para darle lugar al azar y asumir otro compromiso con al arte, ¿un compromiso de resistencia? Me lo pregunto, le doy vueltas al asunto y creo que por lo general me rindo antes de poder encontrar la salida. No sabría decir si Mizoguchi me lo puso muy fácil o si en esta supuesta correspondencia lineal entre aspectos de su obra y sus fantasmas se esconde otro mundo de filiaciones posibles. De todos modos ¿de que más se trata todo esto si no es del placer de entender que no entenderemos? (Sí, las escucho, millones de voces diciéndome: ¡de mucho más!).

Lo social

Tanto Las hermanas de Gion como Elegía de Naniwa son melodramas donde se manifiesta una tensión entre el mundo social y el mundo individual. Mizoguchi nos muestra una sociedad profundamente estratificada y codificada en donde algunos individuos, las mujeres sobre todo, sufren estas condiciones sin llegar a comprenderlas del todo. Es una pugna permanente entre la correspondencia al lugar social asignado y una fuerza interior que se rebela y que, en sus personajes, podemos reconocer bajo la máscara del resentimiento.

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Las hermanas de Gion muestra un fragmento decisivo en la vida de dos hermanas geishas atravesada por la presencia de otros dos personajes masculinos. Uno de ellos, Furusawa, protector de Umekichi, la mayor, queda en la ruina económica perdiendo su estatus social y como consecuencia directa perdiéndose a sí mismo. Atravesado por esta circunstancia y huyendo de los reclamos de su esposa, Furusawa busca amparo en casa de la Umekichi, quien en contra de los deseos de Omocha, su hermana menor, lo acoge en agradecimiento por los «favores del pasado».

En el agradecimiento y reverencia que demuestra Umekichi hacia su amante vemos la primera derrota de uno de sus personajes que estimo es la mayor revelación mizoguchiana: la sumisión, la reverencia, la cautela, la abnegación tan afecta a lo que los occidentales conocemos de las relaciones entre los orientales es también parte de la opresión. La sumisión y reverencia de las geishas es una condición ineludible de su existencia y ha calado tan hondo que terminó, en el caso de Umekichi, transformándose en amor y este amor en clave melodramática, es decir oscuro, tortuoso, es el gran obstáculo para la libertad.

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Ante la sumisión de Umekichi, Omocha, joven y rebelde, comienza a elaborar su plan para quitarse de encima a Furusawa, mientras se suceden infortunios que van marcando la tragedia que dará el sello Mizoguchi al filme, entre ellos la aparición del segundo personaje masculino en cuestión atraído por Omocha y de quien ella intentará sacar provecho.

Omocha será la el cuerpo que resiste a los designios sociales. Ella no siente amor, es demasiado conciente de su condición, sin embargo esto no le permitirá salvarse. Omocha es quien cuestiona el rol de la geisha pero sobre todo el poder absoluto del hombre y por esto es sobre quien se vierte el peso real de la condena, es la vía de escape, la bisagra en la realidad. Como digiera  la abuela de Fanny y Alexander, en (Fanny y Alexander, 1982) de Ingmar Bergman, cuando recuerda la muerte de su hijo: «(…) mis sentimientos venían de mi cuerpo; aunque pudiera controlarlos ellos hicieron añicos la realidad. La realidad ha estado rota desde entonces y extrañamente se siente más real de esa manera (…)» ¿Será esa ruptura de la realidad buscando más de cerca lo real la que hacía Mizoguchi al enfrentar a sus personajes al trágico designio del destino? Un designio marcado por la injusticia que sobreimprime la moral económica al individuo errante, aquel que quedó fuera de la norma por su incorrección como Omocha o, en su doble condición de imposibilidad —la de rebelarse y la de la sumisión absoluta— como Umekichi, quien sin fuerzas, ¿conciencia?, sufre su condición con abnegada resignación.

Apuesta a futuro o como encontrar la salida

En Elegía de Naniwa todo el peso de la resistencia recae en la joven Ayako. Ella trabaja como telefonista en una empresa donde también lo hacía su padre, antes de haber cometido un desfalco. La situación dramática de Ayako es tensa ya que sus superiores la acosan, su pretendiente la ignora y su padre es perseguido por los abogados de la empresa para que devuelva el dinero que robó. Ante esta desdicha la protagonista acepta convertirse en amante de su jefe y ayudar a su padre. Sin embargo esta decisión le deparará dramas aún mayores atravesados por condiciones inmodificables: ser mujer, atractiva, no tener dinero, tener ambición y sobre todo no darse cuenta que dichas características son irreconciliables con la sociedad japonesa de los treinta.

Ayako, al igual que Omocha, la hermana menor de las geishas, intentará desafiar el destino y sacar provecho de las limitaciones masculinas pero esta apuesta se le vuelve en contra con toda la potencia de las fuerzas naturales: la injusticia y la opresión arraigada en el corazón de los débiles con poder. Aquí es implacable la mirada de Mizoguchi, una mirada atenta y comprensiva; dicen que esos, justamente esos, eran sus fantasmas, los conocía de cerca, los llevaba consigo.

No hay salida ni luz posible en el mundo de estas mujeres que construye Mizoguchi. Sin embargo, hay una ruptura en el interior de esa realidad —su búsqueda de lo real— que es denuncia y constatación de la injusticia.

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El melodrama irresoluble que plantean estos dos filmes donde el estigma social asfixia y condena a los personajes, que se rebelan por una parte y reproduce en su angustia a los que pretenden acatar silenciosamente la norma por la otra, es una hendija, una puerta de entrada minuciosa a la nervadura que teje la realidad. Sólo desde allí pareciera decir Mizoguchi habrá transformación posible.

Me quedo con la última frase de Omocha mientras agonizaba: «¿Por qué existen profesiones como las nuestras?, refiriéndose a las geishas, ¿Por qué el mundo necesita de esto? ¿Por qué sufrimos tanto?».