Muñecos de nosotros mismos

El horror es algo que nace de nuestro interior. Incluso cuando somos buenos somos horrorosos. No hay nadie que esté a salvo de sí mismo. Luego algunos lo exteriorizan demasiado y se convierten en míticos casos dignos de estudio: Ted Bundy, Ed Gein, Albert de Salvo, Fritz Haarman, José María Aznar… Los demás por falta de posibilidades (o por falta de ambición o por falta de inconsciencia) solemos desahogarnos con juegos de Play, con maldades indoloras o aniquilando hormigas, mosquitos y esperanzas. Cada uno mata al tiempo como quiere por no matar otra cosa. Estoy seguro.

La diferencia estriba normalmente en la diferencia. Desde otra óptica todo se ve distinto y sólo hay que cerrar un poquito los ojos para verlo todo distorsionado como con agua y brillos. Aunque parezca un poco tópico, si hay un cineasta de la diferencia ese no es otro que Tod Browning. Y a diferencia de lo esperable voy a hacer algo diferente y no hablaré de Freaks – La parada de los monstruos (Freaks, 1932). Ya sabemos que es su obra maestra y una de las mejores películas de la historia pero me interesa más esta indagación fantasmagórica del director de Drácula (Dracula, 1931) en un relato tradicional de traición y venganza (lo podría poner en inglés pero ya vale, ¿no?) con poca ganas de moralizar (dentro de una moralidad impecable) y muchas intenciones de mostrarnos nuestras propias inconsistencias.

La película de Browning comienza con un paraje irreal que va a parar a una casa aparentemente acogedora. Dentro hay mucho más peligro que fuera, aunque antes hemos imaginado que hay cocodrilos en los humedales en los que los dos prófugos se esconden de la policía. Así los conceptos de naturaleza y civilización son puestos patas arriba en un momento tal como en Freaks se hacía con los de normalidad y anormalidad y muchos otros. En la escena final, el protagonista con el honor repuesto y el amor y respeto de su hija recuperado, se reencuentra con ella en la Torre Eiffel y se hace pasar por otro hombre que comunica su propia muerte entre las lágrimas de la engañada vástaga y su yerno póstumo y taxista que sabe la historia pero no la puede desvelar. Él ha conseguido lo que quería pero se niega a disfrutarlo porque el método para hallarlo no ha sido ni el más ortodoxo, ni el más lícito.

Ese recorrido moral que pasa por el secuestro, el asesinato, la brujería y la traición (a una loca, pero traición, al fin y al cabo) es salpimentado por un fantastique entre literario y circense que se muestra todo el tiempo itinerante entre la asunción de la fatalidad y el determinismo de nuestras acciones. Cuando dejamos de ser muñecos de los demás, somos muñecos de nosotros mismos. Luego llegaría Roman Polanski con su obra maestra Tess (íd., 1979), para despejar certezas y acumular dudas. Muñecos movidos por nuestra propia monstruosidad conformada por los pequeños monstruos que nos rodean. Ya lo dijo Bertrold Brecht y sin necesidad de ver Dogville (íd. Lars von Trier, 2003).

The Devil Doll es un cuento (tan) tenebroso como todos los cuentos. Lo malo de este es que la bruja es un hombre disfrazado y tiene nuestra cara y nuestras entrañas. Lo bueno es que la empatía se torna mimética cuando el narrador tiene las condiciones ideales para implicar a los demás en sus historias. Ya sea en la Isla del Diablo o en París. Desde la bondad o la malicia. En la salud o la enfermedad. Mezclando o destilando, pero siempre desde el placer de estar dentro de la historia.

Luego Browning no volvió a levantar cabeza y a pesar de ser uno de los directores más singulares, atrevidos y populares de su época cayó en un olvido que venía a confirmar su mal pálpito ante los humanos, su inteligencia y su normalidad. En The Devil Doll trazaba unas líneas maestras que luego con la segunda guerra mundial, el código Hays y la ola de conservadurismo de la guerra fría, quedaron sólo como una carretera cortada en previsión de posibles accidentes.