La figura de Julien Duvivier merece una revisión. Antaño admirado y hoy olvidado, del cineasta de Lille tan solo se recuerdan bien dos obras clave del realismo poético francés, La bandera (1935) y Pépé le Moko. Habría que rememorar que su labor como guionista y director se remonta al mudo y corre paralela a la eclosión de las nuevas olas, unos setenta películas desde 1919 hasta 1967, año de su muerte (acaecida tras el montaje de Diabólicamente tuyo / Diaboliquement vôtre, que no llegó a ver concluida). En una filmografía tan amplia, con tantos vaivenes sociopolíticos, culturales y artísticos como los vividos por Francia y por la propia industria del cine se antoja imposible clasificar o encasillar el arte de Duvivier en alguna corriente o estilo determinado. Comienza en el teatro y destaca en cine tanto en adaptaciones literarias como con guiones originales. A falta de redescubrir su veintena de films mudos, los historiadores coinciden en calificar los años treinta como la mejor etapa de su carrera. El éxito internacional de Pepé le Moko, le lleva a dirigir en Hollywood The Great Waltz (1938). Los norteamericanos realizaron un estupendo remake de Pépé le Moko, casi tan bueno como el original: Argel (Algiers, 1938), del gran John Cromwell, con el francés Charles Boyer y la hermosa austriaca Hedy Lamarr. Una década después se filmó un musical Casbah (1948), de John Berry, con la bella Yvonne de Carlo, lo que ratifica la vigencia de Pépé le Moko. Duvivier volvió a Francia y dirigió un par de obras, pero con el avance del nazismo regresa a Hollywood en 1941, donde dirige cuatro obras. En 1944 vuelve a Francia definitivamente. Rueda con asiduidad, veintidós films con tirón comercial, pero la crítica le da la espalda.

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Pépé le Moko apela al nombre de un gángster (perfectamente encarnado en la piel del mítico Jean Gabin) que vive protegido en los recovecos de la casbah de Argel, con su banda de compinches y su compañera Inès (Line Moro). Los inspectores de policía Slimane (Lucas Gridoux), Meunier (René Bergeron) y Louvain (Escoffier) urden diversas estratagemas para hacerlo salir de la casbah y detenerlo. Traficando con joyas Pepé conoce a una hermosa dama de la alta sociedad y se enamora perdidamente. Ella, Gaby Gould (Mireille Balin), le corresponde y consuman su amor en el cuarto de una pensión. Se citan al día siguiente pero por una traición de un adversario de Pepé, la chica parte engañada en un trasatlántico rumbo a Francia. Pepé desesperado, sale de la casbah sabiendo que será detenido en el puerto por la policía. No le importa. Le conceden ver a Gaby, mientras ella ve por última vez Argel desde la cubierta del barco. Pepé le grita desde el muelle. La bocina impide que Gaby le escuche. El barco parte. Pepé se suicida allí mismo, tras la reja portuaria. Un final de trágico romanticismo. De altura. Duvivier filma con total fluidez narrativa, con limpios movimientos de cámara que combinan travellings y panorámicas por entre las callejuelas de una brillantez formal inigualable, uso del plano americano o ¾, agilidad en la descripción formidable de la casbah —de inusitado tono documental—, dominio del espacio escenográfico y de la composición del plano dentro del decorado (que tanto influirá en Casablanca, 1942, de Michael Curtiz), impronta del estilo policial norteamericano de la época (el asesinato del chivato, que provoca la muerte de Pierrot, se inspira en el de Scarface, 1932, de Howard Hawks) y un uso contrastado de la luz. La música oriental de misterioso exotismo, refuerza el clima opresivo, vibrante,  desesperanzado, de esta historia de antihéroe trágico-romántico abocada a la tristeza.


© Diego Moldes. Fragmento del libro El cine europeo. Las grandes películas (Ediciones JC, 2008) reproducido con permiso del autor.