Si la memoria no me falla, el actor Basil Rathbone encarnó catorce veces al detective Sherlock Holmes en otros tantos films rodados entre los año 1939 y 1946, dos da ellos para la Fox, doce para la productora Universal. The Hound of the Baskervilles (Sidney Lanfield, 1939) y The Adventures of Sherlock Holmes (estrenada en España con el título Sherlock Holmes contra Moriarty)  fueron los dos primeros, los dos films fundacionales del ciclo. Y si The Hound of the Baskervilles está basado en la novela homónima de Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes contra Moriarty, o Las aventuras de Sherlock Holmes como ha sido rebautizada en su pase televisivo, adoptando la traducción de su título original, no se basa directamente en Conan Doyle sino en una play de William Gillette inspirada en aquél, práctica por le demás bastante frecuente en el cine norteamericano de los años treinta.

La intención de la Fox (Darryl F. Zanuck, productor) al llevar a cabo la filmación de los dos films sobre/con Sherlock Holmes me parece evidente: lejos de pretender instaurar una serie, se proponía ofrecer un díptico bastante completo sobre el personaje, adaptando, por un lado, la mejor novela de Conan Doyle y condensando en otro film las mayores virtudes y características del personaje (el carácter serial se lo daría más tarde la Universal). En este sentido, Las aventuras de Sherlock Holmes parece estar pensado como un completo catálogo de los personajes de Holmes (Basil Rathbone) y Watson (Nigel Bruce). Un catálogo en el que se intenta reunir tanto lo más evidente (la afición de Holmes por el violín, la amable torpeza de Watson, por poner dos ejemplos) como lo más intrincado (el razonamiento deductivo de Holmes, la susceptibilidad de Watson; por supuesto, dada la época, se silencia lo concerniente a la adicción de Holmes a la morfina). Y como no existe catálogo holmesiano que se precie sin que aparezca en él la figura del profesor Moriarty, el peor-y-más-grande-enemigo del detective de Baker Street, resulta lógico que las dos figuras centrales del catálogo sean el detective y el criminal, arrojados a una confrontación personal que, sin embargo, resulta de meridiana claridad.

Moriarty (George Zucco), indultado por la justicia por falta de pruebas, se propone cometer su acción más espectacular «antes las mismas narices de Holmes», imponiendo su inteligencia a la de éste. El plan es sencillo: se trata de desviar la atención de Holmes hacia otros hechos (en este caso hacia un crimen sin pretexto, planeado con gran aparato) mientras él, Moriarty, roba las joyas de la corona en la Torre de Londres. Holmes pica el anzuelo, pero finalmente consigue vencer a su antagonista. Dicho esto, conviene añadir en seguida que si Las aventuras de Sherlock Holmes puede captar la atención del interesado no es por lo previsible de su desarrollo argumental (que guionistas y realizador exponen además sin trampa alguna, mostrando alternativamente el desarrollo de tos planes de Moriarty y los pasos que da Sherlockhohues), sino por el espesor de su narrativa y por su atmósfera.

Alfred Werker, realizador de quien recuerdo con agrado un sólido thriller (Tres horas para vivir / Three Hours to Hill, 1954) y un apreciable western de serie B (Rebeldes en la ciudad / Rebel in Town, 1956) se muestra capaz de combinar, y con acierto, el más geométrico de los découpages con la inclusión de planos o de movimientos de cámara que no tienen otra función que la de exacerbar un sentimiento o densificar una situación o una atmósfera (cuando Moriarty, al inicio del film, lleva a Holmes en su coche de caballos, la conversación que ambos mantienen está filmada en seis planos rigurosamente repartidos en tres grupos de dos: dos frontales, dos laterales a la izquierda, dos laterales a la derecha; más adelante, Werker es capaz de insertar, en medio de la desesperada carrera del coche de caballos en el que va Holmes, un plano mostrando a un hombre encendiendo una farola de gas siguiendo con una panorámica que acompaña el desplazamiento del carruaje hacia la derecha del encuadre). La severidad de la planificación confiere solidez a la narrativa, pero, cuando es preciso, los detalles crean la necesaria extrañeza como para que tengamos la sensación de movernos continuamente en el territorio de la duda.


© José María Latorre. Publicado originalmente en Dirigido por… nº 204, julio/agosto 1992.