Volando voy

Calling Barranca, calling Barranca!» Y desde el otro lado del aparato de radio, siempre una voz, la de Geoff Carter (Cary Grant), atendiendo, aconsejando y ordenando, si es preciso, a sus pilotos. La compañía de aviones, casi de mercenarios del aire, podríamos decir (pues lo mismo llevan y traen el correo que unos paquetes de nitroglicerina o a un niño enfermo y a su preocupado progenitor), pertenece al holandés, pero todo el mundo sabe quien maneja los hilos.

Y mientras tanto, un (solo en apariencia) altivo Carter se las tiene que ver con la ingenua y tenaz Bonnie Lee (Jean Arthur), de la que no quiere enamorarse pues le recuerda demasiado a aquel error que fue Judy (Rita Hayworth), casada con MacPherson (Richard Barthelmess), que años atrás (cuando su nombre era Kilgallen) saltó del avión dejando que muriera su compañero de vuelo, el que era hermano de Kid (Thomas Mitchell), que es otro de los pilotos de Geoff, además de su mejor amigo.

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Aparentemente mucha densidad en poco menos de dos horas, pero demasiado bien llevada. Y es que Solo los ángeles tienen alas es una de las más grandes precursoras de películas como Casablanca (Michael Curtiz, 1942) o El salario del miedo (Le salaire de la peur, Henri-George Clouzot, 1953). Los protagonistas se encuentran deslocalizados de la gran ciudad, de sus Estados Unidos, y si en aquellas se encontraban aislados en aquel bar en el norte de África o en ese pequeño hotelito guatemalteco, aquí no es muy diferente en ese sentido. Y el reducido espacio en el que habitan se convierte en un microclima donde si no se lía la de dios es cristo, y bien poco le falta, es porque no tienen demasiado tiempo entre vuelo y vuelo, salvo el justo para entretenerse un poco, como dice la canción.

Una pequeña historia de Hawks dio pie a un fabuloso guión de Jules Furthman que se ve magnificado gracias a la como casi siempre gran labor del director de Tener y no tener (To Have and to Have not, 1944) tras la cámara en una película de aventuras salpicada a partes iguales de comedia ligera y drama de altura, que en el fondo es una película de aviadores y se tiene que notar.

Y vaya si se nota, no han pasado ni veinte minutos, y el que parecía que sería el protagonista no podrá serlo tras estrellarse su aparato y morir de aquella manera. Es entonces cuando hace acto de aparición el carismático Cary Grant, con pinta de mala persona a pesar de la cual no tarda en irse ganando el aprecio de público y protagonista femenina, a la que sin embargo le costará dios y ayuda (segunda vez que aparece dios en esto, siendo yo ateo, vaya con el refranero) conseguir de él una respuesta positiva que no sea uno de esos besos con los que saluda a y se despide de todas.

Los personajes están tan bien tratados sobre el papel como interpretados sobre el celuloide, y eso es otro de los pilares fundamentales de la película. Pero lo más interesante es como los personajes masculinos se van desarrollando a expensas de los femeninos. Geoff Carter va ganando en complejidad y matices, quitándose capa tras capa y descubriéndose lentamente y de forma natural lo que se comentaba en el segundo párrafo gracias a la perseverancia de Bonnie, un personaje mucho más sencillo y también entrañable, con un gran trabajo de Jean Arthur. MacPherson/Kilgallen aparece bien avanzada la película, y también está muy bien descrito el pasado que le atormenta, y no tanto a través de su interpretación como, también, a través del personaje femenino, Judy en esta ocasión (la secuencia en la que escucha como los otros pilotos hablan de no querer trabajar con su marido seguida de aquella en la que intenta sonsacarle a Geoff lo que aquél no quiere contarla). Y luego los secundarios, siempre tan importantes en el cine de Hawks, desde Kid hasta el holandés, pasando por el doctor o el resto de pilotos.

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Y a este hotel de los líos donde ya tenemos grandes personajes con grandes conflictos solo les queda algo de aventura para que la película sea superior. Y es que las secuencias de aviación están rodadas de forma que, a veces, parece que vayamos a estrellarnos (o a aterrizar con éxito, eso nunca se sabe hasta que el avión se detiene de una forma u otra) con los pilotos.

Para redondear la función la eterna guerra de sexos hawksiana de sus screwball comedies no deja de estar presente en el tira y afloja Carter-Bonnie Lee con divertidas secuencias como aquella en que Geoff llega a su habitación y se encuentra con que ella se está dando un baño, o esa en la que ella escucha tras su puerta la conversación que él mantiene con Judy.

Tampoco conviene pasar por alto algunas delicatessen de puesta en escena que no son ninguna tontería, como por ejemplo mantener el plano fijo del avión en llamas para que el espectador piense que estallará, y una vez comprueba con alivio que no lo hace, mutar el plano al salvamento de los pilotos (con el avión ya de fondo, tapado incluso por los personajes) y hacerlo explotar en ese momento. Una gozada. Como también lo son puntos fuertes no ya del guión sino de la propia historia, y cómo esta se muestra repetida (ya sea la de Geoff-Bonnie, tras el fracaso pasado de Geoff-Judy, o el vuelo de MacPherson-Kid tras la tragedia pasada de Kilgallen y el hermano de Kid), pero con importantes variaciones. La diferencia entre tropezar dos veces con la misma piedra y caerse o no de bruces en ambas ocasiones.

Podría (en realidad no) hablar de precursores hawksianos The Dawn Patrol (1930), Ceiling Zero (1936)— o no hawksianos Hombres sin miedo (Airmail, John Ford, 1932), Flight from Glory (Lew Landers, 1937)—, pero de lo que de verdad me apetece hablar es del detonante que consolida todo esto y convierte a la película en una obra maestra de las que tienen que estar en cualquier lista habida y por haber, que es, y por eso hablamos de consolidación, el desenlace. Ese que falla tan a menudo en films de ayer, hoy y siempre, dejando de forma imperdonable el regusto amargo tras una buena película y que las pocas veces en que es perfecto, de quitarse el sombrero y eyacular en él, pues hay que decirlo. Y el final de Solo los ángeles tienen alas es uno de esos finales en los que uno vuelve a creer en el cine con mayúsculas. Aunque la película tenga setenta años. Aunque para ello uno de los personajes se tenga que quedar en el camino. Aunque se apoye en falsa moneda. Aunque sea un final feliz.