Condenados

Sólo se vive una vez es el segundo film americano de Fritz Lang. Junto a Furia (Fury, 1936) y You and Me (1938), forma lo que podríamos llamar la trilogía sobre la justicia america de Lang, trilogía en la que principalmente ataca al sistema de justicia americano, especialmente la absoluta falta de mecanismos para la reinserción de los presos y la pena de muerte. Sorprende mucho que Lang, después de huir de Alemania al ofrecerle Goebbels la dirección de todo el cine alemán, llegara a los Estados Unidos no con una actitud complaciente: más bien todo lo contrario. Aunque también realizó films antinazis, los films que más destacan en la obra americana de Lang son sumamente duros con el país que acogió a Lang: ahí está Spencer Tracy, al final de Furia, el primer film en aquel país de Lang, afirmando que ya no creía en la justicia estadounidense. Quizás más demoledoras son Más alla de la duda (Beyond a Reasonable Doubt, 1956) y Sólo se vive una vez películas en las que lentamente, la intriga se hunde en una opresión sólo posible cuando un individuo es atacado por la masa/sociedad, como en el final de M (M, 1931). A Lang, la emigración, lejos de darle nuevas esperanzas, le confirmó en su pesimismo.

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Sin embargo, la referencia a las penurias de los ex-convictos probablemente no sea más que una decisión circunstancial que permite a Lang hablar de uno de sus temas preferidos: el hombre enfrentándose a la fatalidad, el individuo en batalla contra su destino. Y eso lo consigue Lang mediante un guión en el que se cuida de los intentos de Fonda y Sydney por escapar a la desgracia, pero sobretodo de subrayar, una y otra vez, la imposibilidad de redención a través de una puesta en escena extraordinaria por una sutilidad que contrasta vivamente con el guión: Fonda y Sydney constantemente están rodeados de verjas, barrotes y vallas, que encierran a los protagonistas en todo momento dándoles por capturados ya desde el inicio del film. No es hasta el último fragmento, cuando los protagonistas inician una fuga hacia la frontera atravesando hermosos paisajes naturales, cuando la puesta en escena le da alguna opción a la felicidad: entonces ya se dirigen hacia una muerte anunciada, y todo tiene un tono de último acto. Repasando el film, cada vez me siento más fascinado por esa maldad absoluta que desprenden tantos y tantos secundarios en los films de Lang: una señora mayor que afirma que el inocente acusado injustamente «nació malo», los amos de un hotel que echan a Fonda de su habitación al saber que éste ha delinquido… En Lang, el destino no tiene nada de místico: como en la psicohistoria de Asimov, lo inevitable no es más que el producto de los mecánicos instintos de las masas.