Escuchamos la voz de Jim Allen (George Raft), antes que su rostro, llamando a su mujer: «Helen». Ella se asombra, lleva un año sin verle, tras su segunda fuga de la cárcel. Ahora le ve, ya ha salido del negro, de la sombra. Después de una triste conversación durante la cual Jim se despide de ella, un sonido lo asusta. En sentido inverso a su aparición, ahora vemos su rostro engullido poco a poco por la oscuridad, el plano se cierra. Según desaparece, con el rostro desencajado, moviendo en sentido negativo la cabeza, escuchamos la voz desencajada de Helen: «¿No puedes decirme a dónde vas? ¿Necesitas dinero? Debes aceptarlo, Jim. ¿Cómo vives?». A esta última pregunta, sin ver a Jim, sobre fondo negro, escuchamos la que será la última y demoledora palabra de la película: «Robo».

Hemos asistido al inhumano proceso que ha resquebrajado todo tipo de ilusiones en Jim, un hombre honrado, pero es ese «Robo» («I Steal», en su versión original) el que nos hace comprender que solo así, obligado a ser un fuera de la ley, como un gánster, es como se puede sobrevivir en un estado corrupto.

Aunque se han señalado ciertos parecidos con películas coetáneas de gánsteres, retratos de un personaje, pero en esta ocasión en el lado honrado de la ley, no puedo olvidar que su estructura, que abarca una docena de años, me recuerda a la de la magnífica The Roaring Twenties (Raoul Walsh, 1939). Ambas deciden iniciar su relato en el final de la primera guerra mundial, la guerra que iba a acabar con todas las guerras. Su mirada es diferente, la de Walsh es retrospectiva, la de LeRoy se acerca a la denuncia, pero sus parecidos coinciden al mostrar dos personajes a los que el hilo de la Historia obliga a tomar decisiones contrarias a sus esperanzas. Son dos frustrados sociales.

Soy un fugitivo nace del relato autobiográfico de Robert E. Burns, quien estaba, por entonces, buscado por la justicia, de la que escribió: «Si el estado de Georgia dice que he escapado de la justicia, yo digo que he escapado de la injusticia». Jack Warner se dispuso, pocos meses después de aparecer las memorias, a producir la película. Contrató a Mervyn LeRoy, director de Hampa dorada (Little Caesar, 1931) y a Paul Muni, protagonista de Scarface (Howard Hawks, 1932). Durante todo el rodaje, tuvo presente las amenazas de los censores, que no estaban dispuestos a que la película fuera una denuncia social, si acaso permitirían la denuncia de un caso individual.

Lo que quizá no pensó nunca Jack Warner es que el éxito de Soy un fugitivo proporcionó manifestaciones populares en las que se protestaba ante el inhumano trato que se dispensaba a los presos (eran tiempos en los que se creía en una cierta verdad de la imagen). El estado de Georgia tuvo que tomar medidas para que los presos fueran tratados como personas.

Tampoco cayeron los censores en que, si en su primera parte, la película discurría sobre un retrato individual, sobre un tremendo caso de injusticia, pero centrado en un caso, desde el momento en que es engañado por la justicia que se retracta de su palabra dada a Jim, por la que si se entregaba sólo cumpliría noventa días de prisión, Soy un fugitivo ya no retrata a un individuo, va más allá de la individualidad. Lo demuestran dos imágenes, en las dos vemos a Jim picando roca. En la primera, en su primer confinamiento, un plano general muestra a los presos como hormigas, un plano más cercano nos muestra a Jim sudando; en la segunda imagen, en su segundo y voluntario encierro, en un inserto mientras se dirime su caso, Jim aparece con una pose erguida, la cámara lo muestra en un leve contrapicado, con rapidez, constancia y vehemencia golpea la roca con el pico. La imagen lo idealiza, lo muestra como un héroe, ya no es un caso individual. Soy un fugitivo consiguió que fuera una crítica social hacia todo un sistema en el que nada funcionaba. Si un hombre honrado era castigado brutalmente por un mínimo robo, del que ni siquiera era consciente del todo, y nadie permitía su redención, solo quedaba robar. Desde ese momento, para el protagonista no hay salvación posible, solo le queda vivir a oscuras y robar, pues no existe la imparcialidad de la justicia.

En términos historiográficos, Soy un fugitivo sería la película más popular de lo que se ha catalogado posteriormente como cine penitenciario, posterior al cine de gánsteres, «al acentuar la crítica del sistema penitenciario y al sustituir el personaje del gángster poderoso y seguro de sí mismo por un tipo de delincuente con perfiles más humanos y, en muchas ocasiones, víctima de las circunstancias […], este grupo de películas sirve de enlace entre el primer ciclo del cine de gángsters y dos manifestaciones ulteriores: el cine de denuncia social y la fase que entra en la sociología del gangsterismo, cuyo desarrollo abarca —mayoritariamente— la segunda mitad de los años treinta». (Heredero, Carlos F. y Santamarina A., “El cine negro. Maduración y crisis de la escritura clásica”, Paidós, 1996, p.88).

En lo cinematográfico, uno de los mayores méritos de Soy un fugitivo es el espléndido uso de los efectos sonoros para dotar de contenido a las imágenes y a los temores de Jim. Así, el ruido de una pequeña bomba, cuando trabaja en una mina, le recuerda los horrores de la guerra; el sonido de una puerta, al final de la película, le hace recordar que está siempre en peligro; o el sencillo encadenado que enlaza el sonido de dos martillos, el del juez condenando a Jim a diez años de prisión por robar cinco dólares, junto al ruido de un martillo que que cierra y asegura sus grilletes son modélicos.