El héroe anda suelto

En la historia del western, la expansión del ferrocarril a través de la geografía norteamericana anticipa la llegada de un nuevo período industrial. Un puñado de tierra es un futuro trazado de vía y la especulación inmobiliaria introduce un apunte sombrío: la ley, la justicia, el honor, tal y como los conocíamos, se transforman en la letra pequeña de un contrato, de una declaración. A medida que la sociedad se acerca al fin de siglo, sus formas se desprenden de ese poso mítico; un tiempo en el que héroes y villanos no se confunden, porque no hay ninguna instancia intermedia a la que apelar en mitad de la batalla. Tan sólo hombres armados, audaces, viriles, peleando hasta que uno de ellos acaba dando su brazo a torcer. Porque todavía no están encadenados al progreso.

En Tierra de audaces, la indomable figura de Jesse James aparece perseguida por una pesadilla: la de un tren cuya puesta en marcha altera la visión del mundo de Jesse. La apacible imagen hogareña con que abre el filme pronto es violentada por el aviso de los especuladores ferroviarios. Por las buenas o por las malas, el tren destruirá la propiedad de los James; el lugar donde echaron raíces y a partir del cual pueden reconocerse. En otras palabras, sus propias vidas. De ahí que en adelante James cambie su identidad para no ser detenido, dando cada vez un nuevo paso hacia el mito. Como el fantasma del tren, cuya presencia intermitente se erige en la ballena blanca de Jesse. Su primer gran atraco coincide con la primera salida. Y desde ese preciso instante, sabemos que uno de los dos tendrá que claudicar, porque las leyendas no pueden vivir en armonía con los tiempos avanzados.

La idea de Henry King es visualizar a un Jesse juvenil, cuyo aspecto no esté definitivamente ahogado en la melancolía en la que fue sumergido por Andrew Dominik. Sin embargo, ambos son conscientes de que James, a pesar de su edad, es ya un dinosaurio. Un hombre que huye de la ciudad y se refugia en el bosque, donde la tecnología todavía no ha devastado su esencia salvaje. Un bandido que no parece preocuparse por el dinero cuando elocuentemente lo arroja por los aires como método de distracción. Un villano/héroe atípico para una época terminal del western. El paso previo antes de que el mito cobre sentido y sus hazañas ilustren, en forma de canción, los títulos de crédito de Balas vengadoras (I Shot Jesse James, 1949), de Sam Fuller.

Más que como una crónica de las andanzas de Jesse James, Tierra de audaces funciona como la narración del declive de un mundo; del oeste cuyas diligencias dejarán de recorrer Monument Valley para contribuir al crecimiento de las ciudades. Del auge de sistemas de producción que desplazarán definitivamente las pequeñas cooperativas familiares a favor de las grandes corporaciones industriales. De la muerte de los pistoleros al nacimiento de los gangsters, otra clase de outlaws para un nuevo tipo de ley. Todo ello explicado con la nostalgia, casi paternalista —la del personaje interpretado por Randolph Scott— del anciano que mira hacia atrás y apenas reconoce el desierto en el lugar donde pronto construirán aserraderos, fábricas o cadenas de montaje.

Por eso, Henry King representa a un Jesse James en proceso de disolución, cuya existencia —incluso cuando ni siquiera han llegado vientos de cambio— es inestable. Un héroe cuyas horas están contadas y, consciente de ello, intenta abandonar ese papel para comenzar una familia, otra vida. Sólo para darse cuenta que, del mismo modo en que las cadenas de producción alienan a los trabajadores, su papel en el mundo se halla encadenado al revólver, que es quien dicta su vigencia como héroe —para sus partidarios, que ven en cada robo un acto de subversión contra la imposición de la norma— o como villano, a ojos de los empresarios del ferrocarril. En síntesis, la herramienta que dicta la necesidad de Jesse en el mundo; la misma que puede acabar eliminándolo, una vez el nuevo horizonte de oportunidades juzgue obsoletos a esos hombres audaces. La antesala de lo que el mismo King ensayaría con Jimmy Ringo (Gregory Peck) en El pistolero (The Gunfighter, 1950).