Frank Borzage es, con permiso de Max Ophüls, el más romántico de los cineastas. En Tres camaradas deja por unos momentos los barrios bajos, en los que se mueve con singular adaptación, por la Alemania de entreguerras. Allí, tres compañeros de armas veteranos de la Gran Guerra, deciden abrir un taller mecánico como medio idóneo de subsistencia en los tiempos que se avecinan (“habrá mucho que reparar en Alemania”, dicen), mientras contemplan con impotencia las evoluciones de una sociedad abocada al odio y la violencia en la que se deja intuir el inminente auge del fascismo; ajenos al triunfalismo posbélico, el desencanto está servido nada más finalizar la contienda. Recordemos que la película, pese a ser contemporánea de los primeros avances  del ejército de Hitler hacia Austria, renuncia a la referencia explícita al nazismo por temor a las amenazas de boicot sobre los filmes norteamericanos llegadas desde Berlín. Debido a ello, la acción se situará en 1920, en los meses previos a la formación del partido nazi y las referencias a los grupos de violentos que toman las calles se mantienen en un punto de indefinición general.  El posicionamiento político de la película, según una novela de Erich María Remarque, guionizada, en primera instancia, por Francis Scott Fitzgerald (seguido de otros cinco autores, hasta llegar a la versión definitiva) y producida por Joseph Leo Manckiewicz para la Metro Goldwyn Mayer, fue el foco de desencuentros entre unos y otros desde el comienzo del proyecto. Se ha hablado mucho de las diferentes versiones del guión (en gran medida debido a la presencia en los créditos del autor de El Gran Gatsby, 1925), pero lo que sorprende, a fin de cuentas, es como Frank Borzage —en ese momento un muy respetado director en la cima de su carrera—, hace suyo un material, a priori, controvertido, consiguiendo al punto que esos detalles pasen ser poco más que una base de color en su composición general. El único compromiso real que finalmente establece la película es con el idealismo, en el que la amistad y el amor elevados a una categoría espiritual,  son los verdaderos motores de la acción (pese a todo, la película fue prohibida en algunos países europeos por sus ideas pacifistas).

Si quisiésemos poner un ejemplo de cómo filmar algo tan abstracto como la amistad, deberíamos recurrir a la presentación que de los tres camaradas hace Borzage: en su primera aparición, los tres aparecen juntos en una misma composición dorsal; seguidamente, volviéndose hacia la cámara efectúan un brindis en el que  quedan sentadas las bases de los claros y rotundos vínculos que los unen y que los mantendrán unidos más allá de las particularidades del carácter de cada uno de ellos que los impulsa en distintas direcciones. En el brindis que sigue a su presentación se definirá el desencanto de Otto (Franchot Tone) y el idealismo de Gottfried (Robert Young), como dos caras, más complementarias que opuestas, de la misma moneda, producto de años de combate en primera línea, y la ingenuidad de Erich (Robert Taylor), el más joven del grupo, que sólo llegó a la guerra cuando ésta estaba por finalizar.  Como es natural, los mayores cuidarán del más joven del grupo, dirigiendo sus pasos en la medida de lo posible, y forzándolo a reencontrar en su existencia una razón que le sirva de guía. Ésta no podrá ser otra que el amor. El trío se ampliará a cuarteto con la irrupción de Pat (Margaret Sullavan), una delicada joven, que en su espíritu alberga parte de todos ellos: el desencanto proto-punk de quien sabe que no hay futuro (Pat se sabe gravemente aquejada de tuberculosis),  la esperanza de quien pese a la fragilidad de sus fuerzas se deja seducir todavía por la pureza de los ideales (de ese modo hay que entender su sacrificio) y la necesidad de vivir el presente con abandono exprimiendo hasta la última gota (de buena posición, desde la guerra vive conscientemente por encima de sus posibilidades).

Es en la pareja que forman Pat y Erich, en la que la mano de Fitzgerald se deja intuir más claramente. En su retrato de los jóvenes sin esperanza abocados de alguna manera a la autodestrucción (la afición a la bebida de Erich y  el modo de conducirse de Pat hasta su encuentro con los tres camaradas) resuenan los ecos de sus retratos de la generación perdida, y en la enfermedad de Pat podría establecerse un paralelismo con la situación por la que por aquel entonces atravesaba su esposa Zelda, ingresada en un sanatorio.

La joven seducirá de algún modo a los tres camaradas, aunque Otto y Gottfried comprendan  y alienten su relación con Erich. Así se lo dejan claro sus amigos, tan sólo para ellos dos hay esperanza en este mundo. Borzage reforzará este sentimiento de unión entre los cuatro una y otra vez, mediante composiciones que en momentos decisivos muestran los fuertes lazos que los unen. Así, en el día de la boda entre Erich y Pat los cuatro amigos ocuparán un mismo encuadre, compartiendo el momento de dicha. El soplo de aire fresco que supone la incursión de la joven en su realidad será lo que les proporcione una especie de segunda vida. Entre las ruinas de una sociedad que les desagrada profundamente, unos vivirán por los otros, hasta el fin de su tiempo y de sus ideales (de algún modo, tanto Gottfried como Pat mueren siendo fieles a sus convicciones) y como es habitual en Borzage, el triunfo del amor, más allá de la muerte los acompañará por siempre. El contraplano de aquella primera composición, en la que los tres camaradas se presentaban al espectador, tiene lugar en el mismo estertor del filme, en el que el grupo, ampliado por siempre a cuatro miembros,  proclama su victoria sobre tiempo y materia, con la fuerza que otorga la convicción de haber hecho lo correcto: haber vivido, pese a todo. Ahí reside la fuerza y la singularidad de un cineasta como Frank Borzage, capaz de extraer de cada instante, por inverosímil que éste sea, su esencia más absoluta, restaurando para el cine una y otra vez su primitivo valor de fascinación capaz de transportarnos más allá de nosotros mismos.