Senderos de risas hacia el sonoro

A menudo relegada a los márgenes, la obra cinematográfica de René Clair posee el valor del artista que supo arriesgarse adentrándose en la complejidad del nuevo mundo surgido a raíz de la llegada del sonoro. Sin renunciar a su instinto por la comedia ni a su afinidad por la magia y la fantasía, René Clair consiguió edificar su particular universo cinematográfico en la Francia de los años treinta en un momento en qué la obra de sus contemporáneos se inclinaba hacia el naturalismo heredado de la literatura (bajo la influencia de Emile Zolà), y a pesar de la crisis en la que entró el sistema de producción cinematográfica de su país al no disponer de patentes que le aseguraran el acceso a los equipamientos necesarios para el sonoro.

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El año que René Clair rodó À nous la liberté, Jean Renoir incorporaba el sonido a su cine con La chienne, la mirada poética de Jean Vigo se fijaba en el cortometraje documental La natación / Taris, roi de l’eau, y un jovencísimo Marcel Carné acababa de rodar su primer trabajo cinematográfico, Nogent, Eldorado du dimanche (1929). Es cierto que las inquietudes de Clair, su necesidad de exaltar las virtudes de nuestro mundo y de mostrar la felicidad del ser humano, eran más propias del registro cómico de Hollywood que de las tendencias estéticas de la vieja Europa y, aunque el cineasta gozó de una brillante etapa en norteamérica (con títulos tan notables como Me casé con una bruja / I married a Witch, 1942), decidió volver a Francia a finales de la década de los cuarenta con tan solo cuatro largometrajes rodados en los Estados Unidos.

À nous la liberté fue la tercera incursión en el cine sonoro de René Clair, una película vibrante cuya emoción surge de su inconcreción formal, a caballo entre la vieja narrativa del cine mudo y los pequeños descubrimientos de las nuevas posibilidades expresivas del sonido. Es un film que no habla sino que tartamudea y que puede leerse como un compendio de pequeñas pruebas y atrevimientos. Una especie de película de trabajo, a la manera de un work in progress, donde los errores se convierten en virtudes, signos de la evolución del propio lenguaje cinematográfico en el seno de la propia evolución estilística de su autor. Como en la mayoría de su películas, À nous la liberté es una comedia musical que exalta el valor de la camaradería por encima incluso del amor erótico, algo impensable, por ejemplo, en el cine de su contemporáneo Jean Vigo.

La película narra la historia de un fugitivo expresidiario que consigue rehacer su vida y convertirse en un gran magnate de la industria del fonógrafo, hasta que su pasado vuelve a través de la figura de un compañero de celda quien, accidentalmente, entra a trabajar en su empresa preso de su amor por una empleada. René Clair logra a través de esta sencilla trama esbozar una crítica ácida a los valores de la sociedad industrial y, especialmente, a lo absurdo de la mecanización, cinco años antes de que Charles Chaplin rodara sus Tiempos modernos (Modern Times, 1936). Mucho se ha discutido sobre la influencia de la secuencia de la cinta mecánica de À nous la liberté sobre la mítica película de Chaplin y, de hecho, la productora de Clair, Tobis, mantuvo durante una década un litigio judicial contra Modern Times por supuesto plagio, algo que siempre molestó al propio René Clair quien, de hecho, se sentía halagado que su película hubiera podido inspirar al genial Chaplin.

Más allá de la controversia, lo cierto es que À nous la liberté contiene la marca de una personalidad que busca en la ironía la forma de construir su visión del mundo, como la brillante secuencia en la que, después de observar la esclavitud de los trabajadores de la fábrica, Clair nos obliga a contemplar a un profesor instruyendo a unos niños: «El trabajo crea la libertad», sentencia. O, la forma como el cineasta boicotea la progresión dramática del clásico boy meets girl, frustrando incluso las expectativas del espectador, y, ya en las secuencias finales, nos muestra como la chica deseada ha caído rendida en brazos de otro hombre.

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A lo absurdo de las situaciones, hay que reincidir en lo maravilloso de una puesta en escena que busca la hibridación entre la gestualidad y las persecuciones del cine de Buster Keaton, y la incorporación puntual de la música y los diálogos, a menudo aislados e inconexos, claros indicadores de las dificultades del cineasta para incorporar de forma harmónica y constante las posibilidades del sonoro. Lo mejor de la película, en este sentido, la secuencia final del viento que esparce el dinero entre una multitud enloquecida.

À nous la liberté fue uno de los grandes éxitos de René Clair con la que consiguió el premio del público en el Festival de Venecia de 1932 y una nominación a los Oscars ese mismo año.