Fabular, imaginar, anhelar, desear… son innumerables los sinónimos de soñar, uno de los pocos refugios que todavía le quedan al ser humano. Tal vez, una de las más hermosas huidas del día a día, pero también de las  más doloras. Dolor, ese es el sentimiento que quizá de forma más precisa nos ayude a entrar en el film que nos ocupa en estas líneas. Soñar cada noche. ¿Quién sueña cuando cierra los ojos y todo se cubre por las tinieblas? ¿Tal vez el pequeño hijo de la pareja protagonista, para quien el mundo no es sino una hermosa fantasía construida a su alrededor, para que no pueda comprender todo el dolor que le rodea? «Sueño cada noche». ¿Quién hace  semejante afirmación? El matrimonio protagonista de este film de Naruse ya no puede soñar, como mucho podría anhelar hacerlo. La vida les ha arrancado abruptamente la posibilidad de desear. Ya no hay cabida para la ilusión. Su vida es la de unas sombras atrapadas en una existencia cada vez más desdichada. Para los dos protagonistas (Omitsu y Mizuhara), la vida como tal parece haber terminado y cada nuevo acontecimiento que surge parece recordarles que ya no forman, formarán parte nunca más, de ella. La vida implacable sigue su curso ferozmente, mientras ellos tratan de creer que en algún momento, aunque sea a través de su pequeño, podrán volver a sentirse parte de algo, aunque no sepan muy bien de que. Esta película ejemplifica como pocas la filosofía del fracasado, pero no en el sentido de no haber alcanzado algo, la idea es mucho más abstracta. Omitsu y Mizuhara nacieron muertos, jamás alcanzarán a la vida como tal. Vivieron un espejismo, durante los pocos años que duró su matrimonio, que se rompió después de la huida del hombre a ninguna parte. Ahora vuelven a reencontrarse y quieren seguir soñando o mejor dicho quieren seguir imaginando que sueñan. A la mujer le gustaría dejar atrás el trabajo  en un tugurio portuario y él quiere encontrar un trabajo y sentirse integrado, tal vez por primera vez, en su familia, en la sociedad, o sencillamente necesita construirse un personaje que no es él que le ayude a sobrevivir. Un personaje que podría encontrarse detrás de los espejos en los que tantas veces a lo largo del metraje se mira Omitsu, intentando reconocerse o sencillamente tratando de que el reflejo la sustituya. Como vemos psicológica-moralmente hablando los personajes están muertos, aunque quizá todavía no han llegado a comprenderlo. Físicamente su aspecto, especialmente en el caso del marido, no dista demasiado del de un muerto viviente. Continuamente está encorvado, le cuesta caminar, siempre tiene la mirada baja, siempre se sentirá avergonzado por su huida tres años antes, por el abandono a su familia. Como bien le describen durante todo el metraje es una «criatura débil«. La mujer,  frente a su hijo, sus caseros, sus compañeras de trabajo o los rudos marineros con lo que lidia todas las noches, parece tratar de aparentar, se comporta por momentos casi como una infiltrada en un mundo al que no pertenece. Ni siquiera les queda la opción de amarse, si es que alguna vez han sabido hacerlo. Lo único que parece mantenerles con vida es el amor que profesan por su pequeño y que en última instancia quizá podría, al menos en el caso de Omitsu, redimirles en algún momento. Sólo atisbaremos al verdadero Mizuhara cuando está jugando con su pequeño y se nos revela como un niño más. Tan sólo sigue siendo un chiquillo que no sabe enfrentarse a la vida. No puede o no tiene las herramientas para seguir con su existencia y resuelve que sólo podrá ser útil a su familia suicidándose, lanzándose a las aguas en el puerto. La nota que dejará a su esposa será particularmente reveladora de la imposibilidad de amar y la desesperanza de estos personajes. Apenas estas breves y duras líneas: «Estoy mejor muerto. Cuida bien de nuestro hijo». Después de la desaparición del esposo, quizá la mujer se plantee un nuevo comienzo, y podría parecernos significativo el empujón al maleducado y bravucón capitán que se mofa del suicidio del hombre, pero los planos finales de la ciudad, del puerto, parecen revelarnos que la vida continuará sin Omitsu y que su único triunfo quizá sea conseguir que su hijo algún día pueda soñar de verdad.

El rostro de Omitsu y Mizuhara está cargado de una profunda melancolía y desesperación, muy sutil, casi imperceptible, en el caso de la mujer, totalmente descarnado en el hombre. La cámara parece continuamente buscar los semblantes de los protagonistas, el film se construye en torno a sus rostros, alrededor de los numerosos primeros planos que se suceden a lo largo de la narración. La cámara se desliza en numerosas ocasiones buscando el gesto, la emoción del intérprete y lo hace con unos movimientos llenos de emoción y belleza. La mirada de Naruse busca como digo el rostro de sus personajes pero no descuida los objetos que los rodean, convirtiéndose en poderosos elementos narrativos: el coche de juguete que anticipa el accidente del pequeño o la pelota que nos lleva a una bella elipsis desde la casa hasta la calle donde los niños  del barrio están jugando con Mizuhara. La puesta en escena del realizador está llena de sensibilidad, precisión, sabe manejar a la perfección los elementos narrativos construyendo un relato intimista que elude totalmente los excesos melodramáticos en los que podría caer manejando una historia tan cargada de sinsabores como ésta.

Antes de finalizar estas líneas voy, en esta ocasión, a evitar la tentación de hablar sobre el autor del film. Esta es, en realidad, una ocasión perfecta, para recordar las excelencias de Mikio Naruse, un notable cineasta japonés, ensombrecido durante mucho tiempo por sus contemporáneos Yasujio Ozu, con el que hasta cierto punto comparte personajes y ambientes, y Kenji Mizoguchi, más aún teniendo en cuenta que estoy reseñando la que para mi es una de sus obras maestras, aunque creo que ese calificativo no es el más apropiado para un film tan coherente y lúcido como este Yogoto no yume / Every Night I Dream / Nightly Dreams / Sueños cotidianos. Aprovecharé estas últimas palabras para recordar el magnífico trabajo de los dos  protagonistas, Tatsuo Saito y Sumiko Kurishima . Él, por momentos podría parecernos un sosias de John Carradine a la japonesa, resulta todo un prodigio de sensibilidad y contención, en pocas ocasiones la mirada de un actor ha conseguido transmitirme tanta emoción contenida. Ella es toda delicadeza y melancolía, los numerosos planos en que la cámara se detiene en su rostro inmóvil resultan tan descorazonadores como profundamente hermosos.

En apenas una hora de metraje, Naruse construye una de las películas más tristes y desesperanzadas que recuerdo. Toda una lección de sensibilidad cinematográfica.