Una película como El mago de Oz, de cuya vigencia intemporal continúan dando fe títulos como Mulholland Drive (Mulholland Dr. David Lynch, 2001) o Australia (íd. Baz Luhrmann, 2008), pone al reseñista en un brete. ¿Cómo competir argumentalmente con setenta años de influencia artística y de ensayística cinematográfica? El último medio especializado del mundo en ocuparse de la mítica fantasía musical de la Metro-Goldwyn-Mayer debe haber sido precisamente mdc – miradas.net. ¿Y cómo hacerlo aquí, teniendo en cuenta que la política editorial de establecer un tope de ochenta líneas para este tipo de artículos hace que sólo el carraspear para aclararse la voz consuma la mitad del espacio de que se dispone? Después de ver por enésima vez esta adaptación del relato infantil de L. Frank Baum, uno pasó semanas cavilando con angustia qué enfoque escoger para su aproximación, qué perspectiva podría otorgarle a uno la gloria (telegráfica) o, como mínimo, un lugar digno entre la marabunta de artículos que habrán compuesto el dossier sobre los años treinta planteado por la publicación.

Una opción: la historicista. Recordar al lector que El mago de Oz se estrenó en Estados Unidos en agosto de 1939, coincidiendo con la undécima edición del fenómeno literario de aquel año, Las uvas de la ira, y apenas unos días antes de que Hitler ordenase a sus tropas invadir Polonia, prendiendo la mecha de la Segunda Guerra Mundial. Y especular con que el film abarca alegóricamente ambos sucesos históricos, la Gran Depresión novelada por John Steinbeck y el conflicto bélico en ciernes. Al fin y al cabo, los primeros y últimos minutos del film detallan en tonalidades sepia y en un decorado que representa la desolada Kansas rural de los treinta, la vida de la joven Dorothy Gale (Judy Garland); sus anhelos iniciales por encontrar más allá del arco iris un lugar libre de las preocupaciones que la atenazan cotidianamente, y su aceptación postrera de que resulta absurdo buscar fuera de nosotros mismos las soluciones a nuestros problemas. Pero para llegar a esa conclusión, Dorothy habrá tenido que correr una gran aventura —fotografiada por Harold Rosson en radiante Technicolor a tres bandas— en un universo alternativo al que la han arrastrado un tornado y el sueño, y cuyo desconcertante clímax en la Ciudad Esmeralda donde se oculta el mago de Oz desvelaría los espejismos ilusorios del intervencionismo frente al realismo aislacionista. Ambas doctrinas, el aislacionismo y el intervencionismo exterior, pugnaron históricamente en el escenario sociopolítico norteamericano justo hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, momento en que la balanza se inclinaría por el intervencionismo. Y esa tendencia se ha mantenido hasta hoy. Al respecto, es imposible no citar que la zona de Bagdad en la que la autoridad provisional estadounidense aposentó sus reales en abril de 2003 para dirigir la catastrófica reconstrucción política, social y económica de Irak ha sido apodada… Ciudad Esmeralda.

¿Y escribir sobre El mago de Oz en sentido contrario, obviando la coyuntura en que fue producida y criticándola como si se hubiese realizado en 2009? Destacaríamos entonces su carácter de blockbuster adscrito a una moda, no muy diferente a la actual, de cine infantil con origen literario, propiciada por el fenomenal éxito de Blancanieves y los siete enanitos (Snow White and the Seven Dwarfs. David Hand et ál, 1937) y a la que también contribuirían El pájaro azul (The Blue Bird. Walter Lang, 1940) y El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad. Michael Powell et ál, 1940). Nos descubriríamos ante su calibrada mixtura de ensoñación, vodevil musical y fantasía lindante con el terror, y ante la inapelable magia que exudan todos sus aspectos técnicos, con menciones especiales para las inolvidables canciones de Harold Arlen y Yip Harbur, y para una dirección artística y unos efectos especiales que oscilan entre el desarmante carácter naif de una función teatral de primaria y una sofisticación que causa asombro todavía hoy.

¿Y aplicar a la crítica un tratamiento confesional, a cuenta de la influencia del film en la conformación de nuestro imaginario íntimo, de lo que ha supuesto para quien esto escribe su mensaje acerca de la comprensión de la realidad vía lo fantástico, y las arrebatadoras presencias de Judy y su adorable perrito Totó? Bueno, yo no soy gay.

Podríamos continuar nuestro particular arco iris crítico, este caleidoscopio de visiones complementarias sobre El mago de Oz que pretende camuflar nuestra inseguridad en torno a si realmente aportaremos a estas alturas algo de valor al acervo analítico sobre la película, comparando los valores que transmite con los reconocibles en la saga Harry Potter, algo que no dejaría en muy buen lugar nuestro presente; o reivindicando a las malvadas brujas del Este y el Oeste; o divagando a propósito de la muerte de Dios, pues la odisea de Dorothy siguiendo el camino de baldosas amarillas tiene no poco de viaje espiritual con final sorpresa; o podríamos limitarnos a ejercer de cinéfilos y equiparar por ejemplo a Dorothy, Totó y sus amigos el espantapájaros, el león medroso y el hombre de hojalata con la princesa Leia, R2D2, Luke Skywalker, Chewbacca y C3PO (¿o sería Han Solo?)… Pero eso traería aparejado emplear más líneas de texto, cuando hemos agotado el límite hace quince.

Por tanto, como Dorothy, nos replegamos en nuestro patio tras haber tratado de tocar el cielo con las manos, confiando en que el reconocimiento de nuestras limitaciones nos otorgue al menos la recompensa de la lucidez y el autoconocimiento. «I’m not a witch at all. I’m Dorothy Gale, from Kansas!».