Hubo un momento en que parecía que el progreso técnico, así como el progreso político, sería continuo e indiscutible. O quizás nunca se lo creyó nadie. El caso es que Dziga Vertov fue a rodar una película al Donbass, una región de la actual Ucrania, o lo enviaron allí, a comienzos de los años treinta, para filmar el progreso. Su anterior película, El hombre de la cámara (Chelovek s kino-apparatom, 1929), es una de las muestras más impactantes del grado de complejidad que alcanzó la narrativa cinematográfica durante el periodo mudo, pero entre una y otra película el sonido óptico se había impuesto y ahora era una parte esencial de la exhibición cinematográfica.

Entuziazm es un film de propaganda, claro. Trata sobre las bondades del comunismo, sobre la mejora social que introduce la colectivización de los medios de producción y distribución. Antes de eso, los habitantes ucranianos eran burgueses supersticiosos que acudían a la iglesia o borrachos groseros. La llegada de la revolución acaba con estos vicios: todos saludan con gran alborozo el cambio de sistema político y desde el primero hasta el último, desde el político hasta el obrero, se ponen a trabajar en pos del bien común. La película de Vertov también se pone a trabajar. Los malos hábitos del pasado se derrumban ante nuestros ojos, gracias a efectos visuales imaginativos y contundentes. Los edificios, las cúpulas, los símbolos del zarismo y la religión opresora caen al suelo, y en su lugar, gracias al poder de la ideología y el trabajo, se alzan majestuosos la hoz y el martillo, la estrella roja, el nombre del Partido. A partir de aquí, la película se transforma y adquiere un ritmo musical poderoso, gracias al uso del sonido.

No deja de ser curioso que, a pesar de ser la primera película sonora de su director, la voz humana apenas tenga presencia, y nunca más importancia que el resto de sonidos. En los primeros planos de la película vemos a una joven que toma unos auriculares, preparada para escuchar los sonidos del mundo moderno. Es una imagen recurso. Veremos a esta chica en diferentes momentos a lo largo de la película, o planos detalle de los auriculares sobre sus orejas. Los sonidos de la fabrica, de la industria, de los motores, las consignas del partido, se organizan para ella como una partitura musical. La sinfonía del progreso suena, la hace sonar Vertov, ordenada, con fuerza, pero también con belleza. El juego de montaje sonoro es realmente estimulante: por un lado, los nuevos sonidos —La Internacional— sustituyen a los antiguos —las campanas de la iglesia—, aunque es inevitable asociar el sonido de las campanas con una expresión de alegría, por ejemplo; por otro, los sonidos revolucionarios activan el mundo, lo ponen en funcionamiento, como cuando los obreros golpean con un martillo enorme al compás de las consignas del Partido.

La presencia del trabajo es constante, aunque nunca individualizada. Como en las películas de Eisenstein, no hay personajes protagonistas ni importancia de ninguna persona en concreto. Los mil rostros de la revolución son rostros de esfuerzo, de jubilo, de esperanza, pero a Vertov no le interesa mostrar los rasgos personales de nadie, no se detiene para que podamos identificarnos con ninguno de ellos. Alguna ideas sobre la mecanización y la utilización del sonido serían retomadas por Chaplin para su Tiempos modernos (Modern Times, 1936), aunque desde un punto de vista crítico y cómico.