Conceptos gloriosos

¿Existe el mundo ideal? ¿Podría la mítica Shangri-La considerarse el único reducto de extrema felicidad al que el hombre aspira en semejante mundo? ¿De ahí, quizás, su inaccesibilidad para todos nosotros? La pacífica impresión que transmite este oasis utópico de paz y concordia emplazado en algún lugar ignoto del Himalaya tibetano choca de frente con el germen de violencia que se estaba gestando en vísperas de la II Guerra Mundial. El ilustrativo prólogo del film, ambientado en 1935, describe con brusquedad el caos organizativo al que se enfrentan una serie de personajes enmarcados en un contexto bélico-político —la invasión japonesa en territorio chino— que anticipará, pocos años después, la declaración de guerra total instaurada en parte del planeta. Obviar la capacidad visionaria de Frank Capra tendría tan poco sentido como declarar de manera arbitraria el idealismo e ingenuidad inherentes a la filmografía del director italo-americano. Asimismo, otra pregunta surge al respecto: ¿Quiso Capra ser tan explícito a la hora de articular su bondadoso mensaje respecto al fascinante edén creado por el británico James Hilton en su novela Lost Horizon (1933)?

Rescatemos a los personajes mencionados en el párrafo anterior escapando a toda prisa de la insegura Baskul. Liderados por el británico Robert Conway (Ronald Colman), todos ellos sobrevivirán a un accidente de aviación gracias a la ayuda prestada por Chang (H.B. Warner), un anciano monje que les trasladará, a través de vertiginosos pasajes montañosos, a su idílica comunidad. Y de nuevo otra brusquedad pero de signo contrario: con la excepción del desconfiado George (John Howard), el resto de supervivientes estarán dispuestos, una vez superadas ciertas reticencias iniciales, a dejarse arrastrar por la belleza embriagadora de un entorno exultantemente paradisíaco afectado asimismo de una ingrávida placidez. Shangri-La no es solo un sofisticado retiro físico y espiritual, sino también un escape mental que trasciende su condición elogiosa de fantasía orientalista por medio de la ilusión, la misma que da vida al cinematógrafo y a todos sus posibles beneficiarios (nosotros, los espectadores).

Shangri-La no es Oriente, sino Hollywood. Como también lo son Brigadoon o el reino de Oz, jardines de ensueño y radiante excitación. Horizontes perdidos se aleja de las comedias progresistas y de los retratos virtuosos (o no) del americano medio para albergar en su discurso generalista una serie de términos, en teoría, substanciales: amor, paz, valores humanos, confianza en el prójimo, el Bien, el Mal… Altos conceptos que, enmarcados en un entorno arquitectónico de carácter exótico y acento art-decó, consiguen ser devorados por un misticismo tan ilusorio como narcotizante. Shangri-La es también una suntuosa jaula de metal precioso, un terreno idílicamente sospechoso y/o misterioso; tanto o más como el estrafalario (¿imposible?) hogar de la familia liderada por el entrañable abuelo Martin Vanderhof (Lionel Barrymore) en la comedia capriana por excelencia: Vive como quieras (You Can’t Take With It You, 1938). Será George, el incomprendido hermano del héroe, diplomático, escritor y pensador Robert Conway —y único residente en no desprenderse de su vestimenta occidental—, el que abrace su propia muerte junto a la bicentenaria María (Margo) en plena montaña tras huir desesperadamente de la lujosa cárcel que le estaba aprisionando.

El film más extravagante de Frank Capra lo vincula sin temor al mejor cine fantástico de la época: seres que nunca envejecen enarbolan el misterio de la eterna juventud pero también el carácter perentorio de la inmortalidad. El Gran Lama, minutos antes de fallecer, emite un significativo discurso ante su sucesor Robert profetizando que «la ética cristiana se cumplirá finalmente y los débiles heredarán la tierra», mensaje tan positivista como quimérico extrapolable al de otros “marca de la casa” Capra. Distancian de su humanista speech los ropajes budistas que viste la más alta institución del lugar, pero es su doctrina, en definitiva, la que permanece intacta dada la irrebatible armonía que se respira entre sus cuatro paredes. La misma que Horizontes perdidos consigue transmitir en algunos de sus mejores fragmentos: la citada huida de Baskul, la llegada de los protagonistas a la onírica Shangri-La, el entierro con honores del Gran Lama, el rostro compungido de Sorna (Jane Wyatt) por la marcha de su amado Robert, su retorno al paraíso perdido visualizado en unas breves imágenes, justo los últimos planos del film que son, a su vez, culminación de una elipsis estratégicamente delimitada con anterioridad. Capra, en connivencia con su habitual guionista Robert Riskin, administraron con irónica sabiduría el delirante material que tenían entre manos sin que les estallara frontalmente. Ambos eran conscientes de que el irrespirable mundo que se avecinaba tenía derecho a una porción de kitsch trascendente pero también inocuo.