A continución del desastre —como resultado,  pese a sus buenas intenciones— de Bloqueo (Blockade, 1938) los máximos responsables de la película —es decir Dieterle, Lawson y Wanger— deciden rodar Una historia personal, fílm en el que pretenden subsanar los numerosos errores en que incurría el guión de la anterior. Se trata de la historía de un estudiante norteamericano —Fonda de nuevo— que abandona la Universidad para convertirse en corresponsal en la guerra de España, donde presencia —y denuncia— el comportamiento de los franco-fascistas, para pasar después a Berlín, donde salva la vida de algunos judíos, entre ellos su futura esposa. De vuelta a su país se convertirá en un abanderado de la democracia y propugnará la lucha total e inmediata contra el fascismo. Dos días antes de comenzar el rodaje, Wanger constata que el banco se niega a darle ningún adelanto para semejante fílm, por lo que se ve obligado a abandonar el proyecto [1]. De vuelta a la Warner, Dieterle rechaza The Sisters —retomada por Anatole Litvak (1938)— y reclama del productor Hal B. Wallis [2] que Blanke se encargue de sus proyectos, sí pretenden que siga trabajando para la productora. El resultado de las negociaciones —tras un paréntesis en que Dieterle se dedica a la enseñanza— es Juarez, película que continúa las biografías que han dado fama tanto al estudio como al director, pero que en esta ocasión se centra en la figura de un político, un indio zapoteca considerado el padre de la revolución mexicana y que defendió la República frente al intento de Napoleón III de conquistar México e instaurar allí una monarquía en la persona de Maximiliano, al que convierte en Emperador tras un plebiscito amañado.

El film cuenta con un gran presupuesto —cercano a los dos millones de dólares de la época— dos meses de rodaje, un equipo de lujo y un reparto que incluye a Paul Muni, Gale Sondergaard, Bette Davís, John Garfield, Brian Aherne y Claude Raíns. Es probable que en el origen de este proyecto esté el propio Dieterle, que habría sugerido como punto de partida la obra del escritor austríaco Franz Werfel Juárez y Maximiliano (Juárez und Maximilian), en la que habría trabajado como actor en 1925 bajo la dirección de Max Reinhardt. Para completarla se utilizó una novela de Bertita Harding, La corona fantasma (Phantom Crown. The story of Maximilian and Carlota of Mexico, 1934), pero el guión se debió fundamentalmente a la pluma de John Huston, que invirtió cerca de un año de trabajo y solicitó la colaboración de Wolfgang Reinhardt —hijo de Max— y de Aeneas Mackenzíe —escocés y monárquico convencido, encargado de conferir grandeza a la figura de Maximiliano— para llevar a feliz término su trabajo. Huston afirmaba que era el mejor guión que había escrito nunca, y aseguraba que Wallis le llamó para informarle deque era el mejor texto de cine que había leído en su vida, pero, desventuradamente, la intervención de Paul Muni obligó a que se ampliara su papel, consiguiendo del estudio —bajo la amenaza de irse del film— que se aceptasen 50 páginas nuevas de diálogo para Juárez, escritas por su cuñado Abem Finkel. En la contraposición que establece la película entre el republicano Juárez y el emperador Maximiliano, se utilizaba con frecuencia la facilidad de palabra del monarca, frente al mutismo y la reserva del indio. En su afán de protagonismo, Muni quiso ampliar su papel y sus diálogos, y eso, en opinión de Huston, causó un daño irreparable al film. Al parecer, ni siquiera Dieterle [3] logró convencer a la estrella de que el guión era excelente y no necesitaba modificaciones, y el actor acabó saliéndose con la suya.

Las intenciones de la película son claras: como en otras películas de Dieterle, se trata de utilizar unos hechos del pasado para, sin desvirtuarlos, hablar de la situación actual. No hay que olvidar que estamos en plena guerra civil española, que la amenaza de Hitler se extiende sobre Europa y que los americanos son mayoritariamente contrarios a una intervención, a pesar de que Roosevelt es un antiaislacionista convencido. El propio guionista Reinhardt afirma que los diálogos políticos e ideológicos deben inspirarse en periódicos de hoy. Detrás de Napoleón III y su aventura mexicana, cualquier niño debe de poder reconocer a Mussolini y a Hitler apoyando a Franco en España. Siendo fundamentalmente cierta la afirmación de Huston de que la película trata del antagonismo entre dos hombres de elevados principios, que por un conflicto de ideologías se encuentran enfrentados, aunque en realidad se admiraban y se respetaban mutuamente, quizá convenga precisar la importancia fundamental que posee el tercer vértice del triangulo, ocupado por Napoleón III. Si a Juárez y a Maximiliano sólo les separa una palabra —democracia [4]—, dado que ambos pretenden el bienestar del pueblo, será la loca Carlota la encargada de desenmascarar al tirano, al dictador, al que odia a la humanidad y abomina del pueblo, de los indios, de la democracia. En su locura, Carlota ve a Napoleón —el Hitler de turno en la fábula de Dieterle— bajo los rasgos del maligno —extraordinaria la idea del cambio de iluminación que, dentro de un mismo plano, permite la transformación de Napoleón en el diablo—, pero Dieterle ya nos ha dicho que Carlota es capaz de ver detrás de las apariencias, y si logra comunicarse con su esposo pese a la distancia, puede igualmente traspasar la máscara del dictador y comprender su verdadera manera de pensar.

Es evidente que Dieterle está muy lejos de compartirla manera de pensar de Maximiliano, pero difícilmente se podrá encontrar una encarnación más digna de la monarquía. Por eso, en ocasiones la película insiste en que lo que hace Maximiliano —cuando no es engañado— es muy similar a lo que habría hecho Juárez. Y por eso, Juárez, que había rechazado ser su primer ministro, se niega a indultar a Maximiliano y éste —que ha firmado un decreto que ha costado la muerte a muchos mexicanos— comprende que es la honradez de Juárez lo que le obliga a no indultarle. Y por eso me parece excelente, el —quizás excesivamente rápido, a causa de los ajustes tras el preestreno— desenlace. Juárez pide perdón a Maximiliano-hombre por haber permitido que le fusilen. Pero reafirma que tenía que ser ejecutado Maximiliano-emperador para que la democracia pudiera llegar a implantarse en México. Lo admirable de Juarez es su capacidad para conjugar un convencido alegato político, profunda y convincentemente antidictatorial, con los planteamientos poéticos más arriesgados, adelanto y premonición de lo que años después cristalizará en la excepcional Jennie (Portrait of Jennie, 1948). Dieterle, un hombre capaz de conjugar, en una misma película, la llegada de Juárez a Matamoros para afrontar a Uradi [5], solo y armado únicamente de su paraguas, repleta de fuerza y emoción, con la maravillosa escena que precede al fusilamiento de Maximiliano, en que los esposos —él en México, ella en Trieste— unen sus pensamientos a través de La Paloma, la canción favorita de Carlota, merece sin la menor discusión un puesto entre los grandes del cine de todos los tiempos. Confiemos en que alguna vez lo obtenga.


[1] Tras numerosos avatares, el film, bastante modificado, acabó convertido en Enviado especialForeign Correspondent, Alfred Hitchcock 1940). (

[2] El mejor productor de la Warner a juicio de John Huston

[3] A quien Huston, hombre de notable lucidez y poco amigo de los halagos, define como «un alemán con considerable talento».

[4] «Nada menos que la palabra democracia», dirá Juárez, «la posibilidad de gobernarnos por nosotros mismos, eso es lo que nos separa».

[5] La excesiva simplificación de los malos —Uradi, Napoleón— es quizás el unico reproche serio que se puede hacer al film.

© Antonio Castro. Publicado originalmente en Dirigido por… nº 325, julio-agosto 2003.