Cabalgada hacia uno mismo

Recuerdo el estremecimiento de unos caballos desbocados. Los nervios, inquieto en mi sofá, por una diligencia que parece volcar, por unas ruedas que van a estallar, por unos hombres que, lo ves, no van a poder aguantar. Eran tiempos en que la fisicidad era componente fundamental para una buena película. Para que a mi me pareciera una buena película. Cabalgadas como ésta, sudor, polvo, agotamiento y adrenalina; el duelo fraticida final, con las muescas de las balas en un granito del cual parecía haberse moldeado a su protagonista, su agudo sonido, el desprender de roca y tierra, punto y seguido al recorrido de un winchester; el magnético genocida Lassiter ahuyentando con fuego a Camisa Sangrienta, al pie del Río Conchos; se convertían en momentos de verdadero éxtasis. La autoría era un concepto inexistente —uno se sentaba a ver una del oeste— aunque quizá ya presente a nivel inconsciente. Si tras la música que te predisponía al viaje aparecía un nombre que ya empezaba a ser conocido, John Ford, Anthony Mann, Henry Hathaway, Howard Hawks, William A. Wellman, Delmer Daves, el placer estaba asegurado. Sólo había que dejarse llevar. Eran tiempos en que los únicos que no se habían dado cuenta que Dallas era una prostituta, éramos Ringo Kid y yo.

Los años pasan y con ellos los viajes a Lordsburg. Y más allá. Entre vaivén y vaivén uno aleja su mirada del Monument Valley, sin perder nunca su referencia, descubriendo nuevos horizontes. Horizontes no tan límpidos —porque La diligencia lo era— opacos, inabarcables. Incomprensibles en muchos casos, fascinantes en la mayoría. Universos dibujados con mano firme y personal tras la que se escondía un autor con muchas preguntas, y pocas respuestas. La curiosidad desbocada puede terminar en autodestrucción, así que mejor tener un amarre, un punto de referencia trasparente, seguro y bien reconocible donde apoyar la brújula. La diligencia lo era. No hay pérdida en ella. Un único y canónico espacio, móvil, que avanza linealmente en un tiempo limitado. Pura poética. Los personajes aparecen antes de introducirse en ese espacio, se desarrolla su viaje y llegan a su destino. Todos evolucionan, bien mediante la compasión, la auto-reafirmación profesional, el amor, la venganza o la muerte. El ladrón acaba en la cárcel, los indios vencidos, los asesinos eliminados y la joven pareja se casa. Todo en su lugar. Sin aristas. No resulta tan intelectual como la vida de ese ciudadano llamado Kane, pero ésta no la entiendo y con la otra vivo. O sueño, si hay alguna diferencia.

Y entre sueño y vida, mientras uno espera ansioso el momento de subirse de nuevo al pescante rifle en mano luchando contra el viento, de repente observa que Doc no es sólo un gracioso bonachón, sintiendo una extraña inquietud por su excesivo amor a la botella. ¿Inquietud? Esto es nuevo. Y no me gusta la mirada de esa estirada mujer, y porqué tratarán con tanto desprecio a Dallas. ¿Qué habrá hecho? ¿Qué habrá sido? Es entonces cuando ese universo referencial, cerrado y definible, empieza a desvanecerse, a escurrirse entre los dedos, a abrir ambiguas líneas de fuga a través de un plano que dura unos segundos más de lo habitual, ¡esto no era así! De una mirada entreverada del protagonista que nunca antes había salido de esos ojos. De un sutil gesto de la mano, un roce, un movimiento, generalmente ocultos entre las sombras que los techos bajos, pesados, opresores, marcos de puertas y ventanas o sombreros, proyectan trémulas sobre los rostros. Y lo que antes era mitad luz que alumbraba todo el marco se transforma en marco oscuro que ennegrece el semblante.

La curiosidad, esa obsesiva búsqueda de certezas, penetra sobre lo ya certero rompiendo todos los esquemas aseguradores. Terrorífico instante de crecimiento, el cruzar al otro lado de la línea de sombra. Así que uno no lee todo lo escrito, pero sí todo lo dicho, porque de La diligencia ya no se puede decir nada nuevo, descubriendo su importancia en la historia del western, otorgándole ya la categoría de madurez; su retorcimiento de los temas y arquetipos, concediendo protagonismo a personajes desclasados; o sus alardes técnicos, que ayudan a avanzar la sintaxis de este nuevo arte. Y la admiración crece, volviendo intelectual lo emocional mientras la emoción desborda el intelecto a través de ese misterio desaparecido con los clásicos en que una historia era la yuxtaposición de infinitos niveles de lectura encarnando toda la paleta de pasiones que dan color al alma humana. La paulatina ascensión de estos niveles es lo más hermoso que el cine le puede dar a un niño, lo mismo que a un género, o a una sociedad. Una vez crees haber llegado al último, siempre puedes empezar de nuevo o combinarlos a tu gusto, reelaborando conclusiones, sorprendiéndote con nuevos hallazgos, o esbozando una cómplice sonrisa con palmarias ingenuidades y momentos de cierto candor que la inocencia pasada dejó de lado.

Aunque según mi colega Lolo Ortega la inocencia no pasa, sino que «viaja siempre en corrientes circulares por el tiempo» [1], y puede que no le falte razón. Quizá ver  La diligencia de nuevo sea verse inmerso en esos círculos concéntricos a los que uno siempre regresa cuando quiere recuperar su inocencia y en los que uno siempre da vueltas cuando no puede. Ya sabemos el final de la diligencia, mugrienta y sucia en un almacén de Shibone. Ya sólo queda un flashback que nos devuelva al principio.


[1] Ver su imprevisible crítica a Déjame entrar (Låt den rätte komma in. Thomas Alfredson, 2008).