Dieu et mon droit

Sudán, 1882; Muhammad Ahmed ibn as Sayyid abd Allah, conocido como el Mahdi, «el elegido», tras haber unido a los clanes de Berggara para formar una alianza islámica que controlara primero el Sudán anglo-egipcio y creara más tarde un estado islámico mundial, declaró la jihad contra los enemigos de Alá, representados principalmente por las autoridades británicas. Tres años más tarde, el 26 de enero de 1885, su ejército capturaba Khartum tras un largo asedio y asesinaba al Gobernador Militar de su Majestad en el país, el general Gordon. Este hecho —no importa que en 1898 Lord Kitchener, elegido para vengar la muerte del célebre Gordon Pachá, acabará con las fuerzas mehedíes, devolviendo el control de la zona al Imperio—, puede ser visto, hoy en día, como un anticipo de la inminente y dolorosa declinación del poderío británico en ultramar. Una decadencia que se alargaría aún hasta mediados del siglo pasado. «Esas cochinas colonias», como las consideraba el propio Disraeli, esa vasta extensión de territorios en los que jamás se ponía el sol, empezaban a  tratar de sacudirse el yugo del imperialismo.

Sin duda, Kipling, a través de obras como Tres soldados (1888), Gunga Din (1890) o El hombre que pudo reinar (1894), fue el elocuente cantor de este Imperio triunfante, pero no es el único. Citemos, entre otros, a H. Ridder Haggard, el célebre autor de Las minas del Rey Salomón (1885), que nos narró las luchas británicas en África del Sur en su libro The Last Boer War (1899); a P. C. Wren, responsable de la popular trilogía de la legión extranjera Beau Geste (1924), Beau Sabreur (1926) y Beau Ideal (1928); y, sobre todo, a A(lfred) E(dward) W(oodley) Mason, elegido Miembro del Parlamento en las elecciones de 1906, agente del Servicio de Inteligencia durante la Gran Guerra y escritor prolífico, recordado principalmente por el publico lector por Las cuatro plumas (1902). La novela, ambientada precisamente en la campaña militar de 1898 en el Sudán, que desembocó en la victoria británica en Omdurman, una mezcla de exóticas aventuras coloniales, épica militar, melodrama y la inevitable sub-trama romántica, resulta un canto nostálgico a una Gran Bretaña si no extinta, al menos sí en franca decadencia.

Las cuatro plumas, uno de los mayores best-seller de su momento, le debe indudablemente, como tantos otros ejemplos de literatura popular, buena parte de su posterior pervivencia al cine. Entre 1915 y 2002, la obra de Mason ha dado pie a siete adaptaciones fílmicas distintas, entre las que destacan la dirigida por Merian C. Cooper, Lothar Mendes y Ernst B. Schoedsack en 1929 y, bajo el nuevo título de Tempestad sobre el Nilo (Storm Over the Nile, 1955), la filmada por Terence Young, futuro realizador de alguna de las primeras entregas de la serie Bond. Sin embargo, la más interesante de todas ellas sigue siendo Las cuatro plumas (The Four Feathers, 1939), de Zoltán Korda, que aparece acreditado como co-director en el film de Young anteriormente citado sobre todo debido al uso que éste hace de stock footage proveniente de esta versión del 39.

A través de la compañía London Film Productions, fundada en 1932, y gracias a películas como La vida secreta de Enrique VIII (The Pivate Life of Henry VIII, 1933), La Pimpinela Escarlata (The Scarlet Pimpernel, 1934) El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1940), Lady Hamilton (That Hamilton Woman, 1941) y El libro de la selva (The Jungle Book, 1942), los hermanos Korda, húngaros refugiados en el Reno Unido, habían establecido uno de los imperios cinematográficos externos a Hollywood más solventes. En la cima estaba Alexander, productor en jefe de la compañía y director ocasional —La vida secreta de Enrique VIII, Rembrandt (Rembrandt, 1936), Un marido ideal (An Ideal Husband, 1947)—, «sin duda su nombre destaca en todas partes por su espléndida visión de lo que podía llegar a ser el cine si uno poseía dinero y poder» [1]. Acompañándole, sus hermanos: el director Zoltán y el director artístico Vincent, dos solventes profesionales en sus respectivos campos. Alrededor de ellos, London Film aglutinó a los mejores talentos trabajando dentro de la industria británica: los directores Michael Powell (antes de que él mismo fundara su productora The Archers), Harold Young, Robert J. Flaherty y René Clair; los guionistas R. C. Sherriff, Lajos Biró y Arthur Wimperis, además de escritores norteamericanos como Robert Sherwood, S. N. Behrman o Laurence Stallings; escenógrafos: William Cameron Menzies -que también dirigió La vida futura (Things to Come, 1936)-; fotógrafos: Georges Perinal; directores musicales: Muir Mathieson; y sobre todo actores: Charles Laughton, Ralph Richardson, Vivien Leigh, Leslie Howard, Merle Oberon…

En 1939, tras el éxito popular de Revuelta en la India (The Drum, 1938), basada también en una historia de Mason dirigida por Zoltán, una película de aventuras coloniales de mediano presupuesto rodada en exteriores en las montañas del sur de Gales, «Alex le permitió rodar Las cuatro plumas en el Sudán. Dejándole libre en exteriores, Zoli no sólo elaboró una película excitante y espléndida (…), sino que además rodó metraje suficiente como para abastecer escenas de exteriores a docenas de películas de Hollywood durante los siguientes treinta años» [2]. Utilizando unos elementos que ya están presentes en la novela de Mason, los Korda crean un film de gusto romántico y heroico que sigue las peripecias de Harry Feversham (John Clements), desde su renuncia a la tradición militar familiar y su acto de cobardía al no alistarse en el ejército que parte para reconquistar Sudán, a su heroico comportamiento dirigido a lavar su honor, devolviendo esas cuatro plumas, símbolo de su indignidad. Así, del tono oscuro y severo del comienzo, el cumpleaños del pequeño Harry, esa «noche crimeana», según la descripción de Mason (en el que se anticipa el drama: «no hay cabida en Inglaterra para los cobardes»), se pasa al tono épico y árido (que domina la película) de secuencias como el deambular, guiando a Durrance (Ralph Richardson), ciego, por el desierto, o la huida de la cárcel en la que han caído prisioneros los soldados Willoughby (Jack Allen) y Burroughs (Donald Gray). Un tono que es el que hace del film una gran película de aventuras a la antigua usanza, o lo que es lo mismo, la suma de una indudable solvencia fabuladora y una seductora puesta en escena con un gusto por el exotismo, la épica y la nostalgia propios de la infancia.


[1] Bodeen, DeWitt: Alexander Korda en Lyon, Christopher (Ed.): The International Dictionary of Films & Filmmakers Vol. II: Directors/Filmmakers, New York, Perigee Books, 1984, p. 300.

[2] Korda, Michael: Charmed Lives, Londres, Penguin Books, 1980, p. 209.