Jean Vigo murió de tuberculosis a los veintinueve años, poco después de haber finalizado su cuarta película, L’Atalante.

Jean Vigo rodó L’Atalante consciente de que el tiempo se le acababa y que sería su testamento fílmico.

L’Atalante fue estrenada mutilada, con diferente título (Le Chaland qui Passe), con la banda sonora cambiada y con veinte minutos de metraje menos, teniendo una recepción, en toda su extensión, prácticamente nula.

Años después, restaurada como Vigo la había concebido, acabaría convirtiéndose en un hito del cine francés y del cine en general.

¿Qué habría sido de L’Atalante si Jean Vigo hubiera seguido vivo? Resulta complicado pensarlo. Pero sin duda alguna, su recepción futura habría sido diferente. Dejando de lado su calidad artística, L’Atalante es una película que engloba cierta mitología que algunos cineastas de la nouvelle vague se encargaron de aumentar.

Algo así la convierte en algo más que una película.

En un testamento de una vida inconclusa pero vivida con intensidad, una intensidad patente en las imágenes de L’Atalante. En ella, a través de una historia simple, asistimos a un deseo de vivir que quizá tan sólo puede emanar de alguien quien sabe que no estará por mucho tiempo vivo.

Crear unas imágenes que atrapen en su interior esa necesidad de sobrevivir a la muerte a través del arte.

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La utilización del sonido y de la imagen, obsesión de los cineastas franceses de la década de 1930, la búsqueda de una poética del cine pero sin negar la prosa de la narración, la pasión que emana de la relación del joven matrimonio, el erotismo que subyace en todo momento como representación de esa pasión, el acercamiento a los problemas de la pareja, su evolución al borde de la barca, el inolvidable rostro de Michel Simon, las imágenes acuáticas, el cuidado en la puesta en escena, de cada plano, de cada encuadre, el rostro y el cuerpo de Dita Parlo…

… todo ello, y mucho más, convierte a L’Atalante es una película única.