La armonía del caos

Pocas veces como en la película que nos ocupa el arte de recoger imágenes, editarlas y ofrecerlas al espectador gozó de tamaña libertad de movimientos y de una capacidad inventiva tan desaforada, con la característica añadida (y verdaderamente rara hoy en día) de aprovechar casi cada centímetro de celuloide (cuyo uso, tengámoslo presente porque ya empieza a ser cosa del pasado, impedía la repetición ad infinitum de las tomas), o lo que es lo mismo, cada segundo del film, con ideas que proporcionasen diversión, que llenasen la pantalla con rutinas, movimientos, imágenes y sonidos capaces de recrear un mundo ante el que no resulta extraño regocijarse continuamente. Esto es extensible al resto de películas protagonizadas bajo el ala de Paramount Pictures por los hermanos Marx (ya sin Gummo e incluyendo a Zeppo, que aunque no tiene tanto peso específico como el resto de sus hermanos, constituye un apoyo para algunos gags que termina echándose de menos con posterioridad [1]), sin duda, y siempre a mi parecer, la mejor etapa de estos cómicos neoyorkinos en la gran pantalla.

Y es que prefiero la rudimentaria bisoñez técnica que envuelve un producto como The Cocoanuts (1929. Robert Florey & Joseph Santley), realizada en los albores del sonoro [2], que la estructura formularia, repetitiva y molesta de A Night at the Opera (1935. Sam Wood) o A Day at the Races (1937. Sam Wood) [3]. En todas las películas de la Paramount los hermanos centran más claramente el protagonismo, mientras que en las posteriores se nos aparecen, ya mucho más domesticados, como poco más que comparsas destinados a aliñar con golpes de humor surrealista (antológico alguno de ellos igualmente, justo es decirlo) unas historias principales harto anodinas (y desesperantemente serias).

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Duck Soup es precisamente un ejemplo de todo lo contrario. Su ritmo es infernal (por rápido) y triunfa a través de la saturación. Groucho atraviesa los encuadres como un auténtico torbellino, reduciendo al absurdo mediante su actitud y su locuacidad todo asunto o personalidad que salga a su paso, por muy importante que se crea o muy pomposa que se considere. Los otros hermanos complementan su labor a la perfección, de modo que el film combina un inagotable espectro de recursos cómicos con una modernidad casi inverosímil. Está trufado además de pequeños detalles que le otorgan tremenda riqueza. Y avanza sin ninguna cortapisa, a golpe de inventiva, saltándose toda verosimilitud o coherencia racional cuando sea menester (cf. ese perro que sale de la casa que Harpo lleva tatuada en el pecho), con alusiones sexuales ciertamente atrevidas [4] (cf. Harpo y su jamelgo compartiendo lecho), y buscando a menudo la reiteración de determinados gestos físicos de manera obsesiva.

La de Duck Soup no está tan lejos, pues, de la forma en que series como The Simpsons (The Simpsons, Matt Groening, 1989-?. Fox) y Futurama (), o también Family Guy () y la todavía mejor American Dad! () continúan manejando tempos y argumentos décadas después. He preferido no centrarme a lo largo de este texto en los detalles irónicos del film realizado por McCarey porque en estos productos (e incluyo también a las mencionadas series producidas por Seth MacFarlane, aunque no tanto a las auspiciadas por Matt Groening), los elementos de sátira social que contienen no acaban de situarse en primer plano, ni de comparecer de modo directo, pues son obras que siguen una estrategia destructiva tan frontal que arrasa con todo [5] y cualquier calado social que pudieran adquirir es asimismo demasiado poco radical para sus insobornables planteamientos, salvajemente anárquicos y no poco caóticos, pero que también logran, en última instancia, alcanzar una rara armonía. Y es que las vías para llegar a un cierto clasicismo son inescrutables…


[1] De hecho, advierto apreciable hilaridad en la intervención de Zeppo como joven estudiante, hijo de Groucho (!), en Horse Feathers (1932. Norman Z. McLeod).

[2] No es baladí que la incorporación satisfactoria de los Marx al mundo del cine corra simultánea a la eclosión de la banda de sonido, pues era un elemento fundamental para mantener el equilibrio global de su forma de entender el humor.

[3] Son tan previsibles estas sobrevaloradas (incluso por los propios hermanos en algunas declaraciones) películas de la etapa de la MGM que, además de repetir esquema narrativo y director, casi calcan sus respectivos títulos.

[4] En este sentido no podemos pasar por alto los generosos escotes y la carnalidad general de un personaje como Vera Marcal, interpretado por la mexicana Raquel Torres (se trata, por cierto, de una matahari, y sospecho que eso significaba por entonces que convenía que fuese un personaje explícitamente extranjero: su nombre y su acento no dejan dudas al respecto, desde luego).

[5] Las zalamerías que Groucho lanza a algunas figuras femeninas durante el film son un buen ejemplo de esta actitud subversiva, ya que siempre se ven acompañadas de un apóstrofe que las desmiente y deja al descubierto su falsedad, aún a riesgo de que el desplante le haga perder sus privilegios, sobre todo en el caso de Margaret Dumont, quien ha colocado a Groucho al frente del país y no deja de encajar una severa puya tras cada piropo que recibe de su parte (en todo caso, más puyas que piropos).