Siempre situado en la antesala de los grandes clásicos del cine americano —Ford, Hawks, Walsh, Vidor, Lang…—, somos muchos los que situamos la obra de Henry Hathaway a la altura de los directores más relevantes de la historia. Personalmente he tenido ocasión de ver cerca de cuarenta de sus títulos y confieso que si entre ellos no he encontrado ninguna obra maestra, bien es cierto que he disfrutado la mayor parte de sus realizaciones con placer y amenidad, advirtiendo una indudable maestría narrativa. Algo que se hace especialmente evidente en su dominio de géneros tales como el western, la aventura, el cine policiaco e incluso el bélico, demostrando además una serie de constantes temáticas y cinematográficas que le hacen elevarse de forma clara de la condición de artesano aventajado, pudiendo calificársele además como un hombre dotado de una clara personalidad en su obra.

Curiosamente, quizá sea Sueño de amor eterno el título más mítico de su filmografía. Pero pese a su indudable interés e incluso brillantez en numerosos momentos, considero que se sitúa por debajo de varios de sus obras de género, gozando de dicha calificación por factores extra cinematográficos. Muchos sabrán la pasión que en su momento provocó la visión de esta película a André Bretón, quedando la misma como referencia cinematográfica de cara a los surrealistas franceses. Ciertamente, el paso de más de setenta años permite que las perspectivas varíen y precisamente aquello por lo que el fílm goza de culto es quizá en lo que se haya quedado más anticuado.

En muy pocas líneas, Sueño de amor eterno narra una historia de amor fou entre Peter (Gary Cooper) y Mary (Ann Harding). Una relación amorosa que se inicia desde muy corta edad y que se prolonga en el tiempo y la distancia hasta un posterior encuentro muchos años después… llegando a una intimidad tal en la misma, que logrará trascender los límites físicos y, finalmente, los de la propia existencia terrenal. Esta segunda vertiente es la que más ha quedado en la memoria de los aficionados, pero personalmente considero que lo que en un principio supone una aportación interesante —aunque ya entonces nada novedosa en el cine—, procedente del referente literario en que se basa, en determinados momentos pierde fuerza y cae en la reiteración. Las secuencias en las que esta pasión entre ambos personajes trascienden los límites físicos y ahondan en lo espiritual, quizá precisaban de la exquisita sensibilidad con que Frank Borzage trató estas temáticas ya desde el cine mudo, y por otra parte tuvieron una más rotunda plasmación cinematográfica en títulos de la década posterior, como Jennie (Portrait of Jennie, 1948. William Dieterle), El fantasma y la Sra. Muir (The Ghost and Mrs. Muir, 1947. Joseph L. Mankiewicz) o la eternamente desconocida Viviendo el pasado (The Lost Moment, 1947. Martin Gabel).

A este leve cuestionamiento del planteamiento fantastique del film —que no invalida lo logrado en el mismo—, cabe añadir el cierto envaramiento que preside buena parte de la caracterización de Gary Cooper —sin duda alguna, uno de los grandes actores del cine norteamericano—, quizá incómodo a la hora de hacer evolucionar su personaje (ese bigotillo chirriante). Por el contrario, Ann Harding se muestra en todo momento llena de sensibilidad —e inicialmente de altanería—, en su encarnación de esa Mary ya adulta convertida en duquesa consorte.

Pero frente a estas limitaciones —quizá excesivas en función del prestigio del film pero no muy importantes cara al balance del mismo—, es indudable que la labor de Hathaway —en buena medida con la conjunción de una extraordinaria fotografía en blanco y negro que valoró mucho la profundidad de campo, obra de Charles Lang— brinda una puesta en escena magnífica, sobre todo en sus dos primeros tercios. Resultan admirables en este sentido las secuencias iniciales con los dos niños amantes rivalizando —atención al uso de exteriores, una de las claves del cine del realizador— o la forma elíptica con la que se muestra la muerte de la madre de Peter niño. Junto a ello, resultan auténticamente majestuosas las escenas filmadas en el interior de la mansión de los duques de Towers —en las que se potencia la incorporación de ese personaje extraño (el de Peter), en un entorno social quizá ajeno a él—.

Es en esta mansión donde se produce la que quizá sea la secuencia más admirable de la función, en la que los sentimientos de los dos amantes crecidos que no saben que ya lo fueron de niños se pone de manifiesto. Me refiero en concreto al momento de la cena entre los duques y nuestro protagonista, en la que se palpa cinematográficamente de forma magistral —sobre todo atendiendo a la dirección de actores—, la pasión de ambos. Es en el momento en el que el duque (John Halliday) se atreve a plantear aquello que está sintiendo claramente Peter, cuando este y Mary descubren que son aquellos enamorados de niños que en realidad nunca olvidaron aquel amor infantil.

Finalmente, me gustaría resaltar un elemento que se reitera de forma permanente a lo largo de la película, erigiéndose realmente en elemento simbólico del mismo; las rejas. Las hay en las secuencias iniciales en los jardines; en la mansión o en la cárcel en la que quedará preso Peter al matar accidentalmente al duque en defensa de Mary. Se trata de uno de los elementos más valiosos en determinados géneros cinematográficos —como en otro ámbito puede ser el humo de los cigarrillos—, y que en Sueño de amor eterno supone uno de sus principales aciertos, ya que define esas fronteras que de una u otra forma impiden que la relación de estos amantes se consume. Es por ello que cuando las mismas se traspasen en lo físico, sean precisamente esas verjas las que queden atrás en una historia quizá algo mitificada, y puede que poco representativa de la trayectoria de este gran director, pero que pese a sus limitaciones sigue vigente y llena de vigor narrativo.