Esta historia tiene lugar en un territorio mítico. Presten atención, porque el protagonista de Un gran reportaje (The Front Page, Lewis Milestone, 1931) pertenece a una especie prácticamente extinta: un periodista, de nombre Hildy Johnson, de aquellos que sabían que las noticias están en la calle, tiraban a la basura las notas de prensa y cuando volvían al periódico lo llamaban la redacción, no la oficina. De aquellos que sabían ver una noticia cuando la tenían delante y no podían resistirse a seguirla. Pero Hildy Johnson está harto de perseguir ambulancias, de dormir haciendo guardia en una silla y de un director que considera que no es necesario tratar (ni pagar) decentemente a un reportero que lo sea, porque el tipo se muere por hacer su trabajo y basta con azuzarle un poco para ponerlo a escribir. Johnson quiere dejarlo para poder volver a sentirse un ser humano. Casarse. Trabajar por un sueldo decente. Abandonar la bebida, los tacos y cualquier otra cosa relacionada con el estúpido negocio de la prensa. Pero elige una mala noche para largarse: la noche en la que se va a colgar a un preso, mientras sus compañeros esperan la ejecución jugando al póker en la sala de prensa del juzgado.

— ¿No podrían colgar a ese tío a las cinco de la mañana para que pudiéramos sacar la edición a una hora razonable e irnos a dormir?

— Te vas a perder una bonita ejecución.

— Escuchad lo que decís… —responde Johnson—. ¡Periodistas! Cotilleando por agujeros de cerradura. Corriendo tras los bomberos como perros entrenados. Despertando a la gente a media noche para preguntarles que opinan sobre los que roban a las viejas. Bocazas entrometidos haciendo el tonto con los pantalones agujereados que ratean centavos a chicos de los recados. He sido periodista durante 15 años. No hace falta que nadie me diga lo que es.

El hombre que escribió esa descripción se llamaba Ben Hecht. Antes de ser uno de los mejores guionistas de Hollywood de todos los tiempos (el guionista, dicen algunos), Hecht fue corresponsal de guerra, columnista y reportero en el Chicago de los años 20. Como tal (o como se supone que los periodistas deberían hacer o hacían) frecuentaba calles, burdeles, comisarías, juzgados, teatros, cárceles, bares, barrios marginales, manicomios y librerías. Presenciaba incendios y acudía a las escenas del crimen. Recorrió todos los lugares de la ciudad, contaba él mismo, «como una mosca zumbando en el mecanismo de un reloj». Probó más cosas de las que cualquier abdomen en forma podría aguantar, aprendió a no dormir y se enfrascó en un frenético ritmo que hizo eco en él durante el resto de su vida. (Eszterhas, Joe (2006). The Devil’s Guide to Hollywood: The Screenwriter as God, Macmillan).

Hecht y su compañero de la agencia City News de Chicago, Charles MacArthur escribieron Primera Plana para el teatro aprovechando su privilegiado oído y su propia experiencia con chacales de la prensa como Walter Howey, terror de editores y asesor de Hearst —el Walter Burns que después interpretarían Adolphe Menjou en Un gran reportaje, Cary Grant en Luna Nueva (His Girl Friday, George Cuckor, 1941) y Walther Mattau en Primera Plana (The Front Page, Billy Wilder, 1974—, tíos dispuestos a joderles la vida por una historia que al día siguiente servirá para envolver pescado. La obra se estrenó en Broadway y sólo un par de años después Milestone supo trasladar la despiadada (y certera) visión de la profesión del texto original a la pantalla, superando las limitaciones del espacio (la acción se desarrolla casi por completo en el interior de la sala de prensa del juzgado) y consiguiendo unas imágenes tan ágiles como el propio diálogo gracias a cámara siempre en movimiento (un logro en aquella época) y un montaje vertiginoso.

A Billy Wilder no le gustaba mucho Un gran reportaje. Pero tenía la impresión de que, a principios de los 70, la película original de Milestone se había convertido en una especie de leyenda: todo el mundo decía maravillas sobre ella, pero nadie la había visto. Así que (en el primer y único remake que hizo en su vida) decidió rodarla otra vez. Y tampoco le gustó el resultado. Wilder y Diamond, (ambos ex periodistas) añadieron un detalle que daba verosimilitud al final, quitaron un personaje, y añadieron otro. Pero no mejoraron la versión de Milestone (ni la de Hawks, cuyo guión con Hildy Johnson convertido en mujer es obra del propio Hecht). En Un gran reportaje están ya todos los chistes, todos los ácidos diálogos y toda la crítica feroz a una prensa y unos periodistas que apenas existen porque las buenas historias ahora importan menos. La mayoría sigue sin haberla visto.