Sobrevivir al dolor

—¿Es difícil hacer el papel de otro?
—Es más difícil que hacer tu propio papel

En Europa, Europa (1990) el joven Solomon Perel (Marco Hofschneider) tendrá que interpretar un papel para sobrevivir. Unas veces será nazi, otras, comunista. Pasará de un bando a otro para darse finalmente cuenta de que ni siquiera sabe quién es él mismo. La identidad y su suplantación es una de las bases sobre las que Agnieszka Holland basó dos de sus películas más célebres, Europa, Europa y Olivier, Olivier (1992). Ambas son además dos relatos iniciáticos, de pérdida y desolación moral, que escarban en los escombros de la sociedad para desvelarnos las claves de su propia desorientación y degradación, de su falta de definición a la hora de perfilar los valores que deberían sustentar nuestras bases éticas.

Así, el accidentado periplo vital de Solomon Perel (basado en hechos reales) no deja de ser una metáfora acerca del estado de confusión que reinó a lo largo de los años que duró la II Guerra Mundial; unos años dominados por la sinrazón y el sinsentido, en los que cualquier persona quedaba anulada en función de unos ideales autoimpuestos que no dejaban sino entrever la fragilidad de unas doctrinas forjadas a golpe de manipulación.

En ese sentido, Europa, Europa es una respuesta contra esa farsa ideológica que no hacía más que poner de manifiesto un polvorín de contradicciones a la hora de constituir una serie de dilemas morales que afectaban a la renuncia y a la  negación, por parte del protagonista, de su propia idiosincrasia. Asistimos así a un ejercicio de fingimiento en clave picaresca a través de un largo y doloroso camino por las entrañas de un continente herido de muerte, odio y horror. La simulación, las mentiras de un muchacho que debe aprender a esconderse de sí mismo si no quiere que descubran su secreto, es el germen que utiliza la directora para iniciar un mecanismo narrativo que se sustenta en una mentira que se va enroscando sobre sí misma a lo largo de diferentes episodios en los que practica multitud de géneros perfectamente engarzados (drama, romance, guerra, comedia, terror…). Sin embargo, hay un peso que no desaparece a lo largo de toda la cinta: el miedo; miedo a que, cualquiera de los enemigos, descubra ese secreto de Solomon que tan sólo el espectador conoce. Eso hace que haya en todo momento una tensión subrepticia que empapa de sensación de ahogo el relato, añadida a la soledad y el desamparo del personaje, que lo recubre, a su vez, con un halo de tristeza.

Agnieszka Holland sabe sacar el máximo provecho a cada una de las paradójicas vueltas del guión, a través de una continua confrontación de dudas que conducen al joven Solomon de un bando a otro como si de una pelota de pin pon se tratara. Sin embargo, no nos encontramos frente a un film de denuncia, ya que no existe en su seno ningún atisbo de reproche a la hora de filmar el convulso periplo existencial de Solomon. Él tan sólo es una víctima más, un joven que, no por haber renunciado durante un tiempo a su religión, a sus ideales, a su patria tendrá que cargar con el peso de la culpa, sino simplemente por el hecho de haber sobrevivido a través de esos engaños. Cada uno llevará a cuestas su propia condena, que a veces no consiste en otra cosa que seguir vivo mientras se recuerda que los demás se han quedado por el camino.

Así, por ejemplo, en Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, el personaje de Josef Kavalier nunca se personará haber conseguido escapar de la Checoslovaquia ocupada dejando tras de sí a su familia y encontrando una nueva oportunidad de rehacer su vida en América dibujando cómics. Si el escritor Michael Chabon viene a decirnos en su novela que el camino de redención puede que nunca llegue a su fin, Agnieszka Holland condena a su personaje a una de las pruebas más difíciles: a su autodescubrimiento personal y a su final autoreafirmación en unas creencias que parecían haberse perdido para siempre dentro de un panorama en el que no resultaba, al fin y al cabo, difícil perder cualquier tipo de referentes.

Europa, Europa es un film más oscuro, más grave de lo que parece, revestido de una negra y amarga ironía. Una mirada  sobre el miedo, sobre la culpa, sobre la impotencia, sobre la pérdida definitiva de la inocencia. Por mucho que Solomon cambie de identidad, por mucho que se esconda y reniegue de sí mismo, lo que está claro es que jamás volverá a ser aquél chico que, con trece años, abandonó su casa con la promesa de celebrar su Bar Mitzvá. En lugar de eso, su entrada a la edad madura consistirá en adentrarse en el territorio inhóspito y hostil de una vieja Europa a punto de desmoronarse que se convertirá en su cárcel particular.