Vida de científicos

En un experimento llevado a cabo por Godard y Anne Marie Miéville dentro de su película 2×50 ans de cinéma français (1995), se procedió a interrogar por sorpresa a algunas personas acerca de Jacques Becker y hubo quien, ignorante de su figura, le confundía con el tenista Boris Becker. Pues bien, aunque no he hecho la prueba empírica, creo que si hoy en día preguntásemos a pie de calle por el polaco Krzysztof Zanussi, seguramente no faltarían respuestas que relacionasen a dicho director y guionista con el mundo de la fabricación de electrodomésticos. Y eso a pesar de que se trata de un realizador que contó con los favores de la crítica y del público, sobre todo durante los primeros años de su carrera, hace sólo tres o cuatro décadas. La película que nos ocupa, por ejemplo, cosechó varios premios en el Festival de Locarno, y constituyó un éxito de taquilla fuera de Polonia, en algunos países entre los que se encontraba España. Y, sin embargo, ¿quién la recuerda hoy, o alguna otra pieza de su director?

Con todo, los vínculos con el llamado cine del este son siempre difíciles de establecer desde la otra punta del continente (y más aún por debajo de los Pirineos). Como señala el compañero Hilario J. Rodríguez en una antología sobre Struktura krysztalu (Zanussi, 1969): «[…] durante los años en que el Telón de Acero se mantuvo firme, dividiendo el mundo, nuestro conocimiento del cine polaco o del cine húngaro era mayor que el que tenemos hoy en día. Una auténtica paradoja. Antes queríamos observar a nuestros enemigos y ahora ni siquiera nos preocupamos por la suerte de nuestros nuevos aliados, de nuestros nuevos amigos» [1]. Para un comentarista que apenas tiene recuerdo de los últimos estertores de la Guerra Fría, las películas de cineastas oriundos de países de lo que fue el ala soviética hacen gala de un tono que se hace extraño. Es el tono, pienso, más que la gramática fílmica en sí, lo que las hace especiales y difíciles de valorar en los términos que acostumbramos a manejar por estos lares. Incluso aportaciones, aparecidas ya dentro del marco global, de directores relevantes de la época nos siguen resultando un poco lejanas, y de algún modo inaprensibles del todo. Lo mismo La fidelité (Andrzej Zulawski, 2000), que Cztery noce z Anna (Jerzy Skolimowski, 2008) o Melodiya dlya sharmanki (Kira Muratova, 2009), por no hablar de las últimas películas de Otar Iosseliani, comparten a nuestros occidentales ojos la capacidad de resultar curiosamente agridulces, a menudo también melancólicas y descreídas, y cuentan con una serie de particularidades tonales que no por reconocibles resultan fáciles de acotar.

En Iluminacja ocurre algo similar. Por mucho que la película contenga elementos coyunturales del cine de los años 70 (como pueda ser el uso del zoom y del teleobjetivo, o esa manidísima secuencia en la que, en medio de un ambiente cargadito, unos personajes se pasan el canuto y comparten un viaje lisérgico a ritmo de tambores tribales), lo cierto es que se nos antoja una propuesta verdaderamente atípica. Comienza como un documental, con referencias al pensamiento de ese genio (del siglo V y al servicio de la Iglesia, pero genio al fin y al cabo) que fue San Agustín de Hipona. Continúa, sin perder el aspecto de reportaje, con alusiones al papel de la física en la sociedad contemporánea (el propio Zanussi estudió dicha disciplina, además de Filosofía y Letras) y al desarrollo  científico y tecnológico, particularmente en el estudio de la mente humana. Al mismo tiempo, la historia de un hombre de alto coeficiente intelectual, ofrecida como a través de un microscopio, de forma desapasionada al tiempo que rigurosa, y siempre coherente. Dicho elemento entomológico recuerda a veces a Kubrick, al de la grandiosa Barry Lyndon (1975), aunque en el caso de Zanussi hay un trabajo formal menos puntilloso, además de un tanto envejecido y/o chocante a ratos.

Desde nuestra limitada y difusa perspectiva actual, uno de los puntos a favor de la película es, además de la mencionada mixtura entre ficción y documental (con instantes descarnados que bien habría firmado el añorado Joaquim Jordà),  el carácter abierto e impredecible de su devenir. Algo en lo que influye decisivamente el origen extra-capitalista de la obra, que la exime, al menos en apariencia y hasta donde podemos saber, de realizar concesiones o transitar esquemas genéricos. Esa indeterminación resulta refrescante aún hoy día, aunque combinada con la frialdad expositiva puede dificultar que el espectador se enganche a la obra durante su visionado. Además, nos hallamos ante una película protagonizada por un científico (algo que de por sí resulta como mínimo curioso) y en la que gravita continuamente la idea del cuerpo humano como soporte orgánico para el desarrollo racional que, por encontrarse sometido al devenir natural y resultar por tanto poco fiable, amenaza continuamente la consecución de los propios objetivos espirituales. No es tema baladí, y Zanussi lo pone encima de la mesa sin paños calientes.


[1] En Vientos del Este. Los nuevos cines en los países socialistas europeos.  (1955-1975). [Losilla, Carlos & Monterde, José Enrique, editores]. Festival Internacional de cine de Gijón, Noviembre de 2006, pág. 205.