El (in) vencible pueblo alemán

Siempre me ha llamado la atención que Werner Herzog no diferenciara entre el cine documenta y el cine de ficción. Esto dice mucho sobre el cineasta alemán, porque filma la ficción como el documental, con cierto paralelismo escénico, con cierta conexión visual. Este es, creo yo, el punto más interesante de un realizador tan peculiar como Herzog. Invencible nos cuenta la historia de un forzudo inocentón que sin saber bien cómo ni dónde, se convierte en todo un símbolo de un nazismo en ciernes en pleno Berlin. Herzog, que siempre ha sabido muy bien cómo filmar lo que nos quiere decir, hace que Zishe Breibart (Jouko Ahola) se nos presente como un musculoso ingenuo de los interés de una Alemania seducida por la oratoria del nazismo en tiempos de crisis.

Pero tal vez, lo más interesante de Invencible sean los momentos centrados en el hipnotizador Hanussen. Primero por la soberbia interpretación de Tim Roth, que roba y deja a la altura del betún al bienintencionado pero en conjunto mediocre campeón de arterofilia Jouko Ahola, y segundo por como Herzog se aproxima a un universo potencialmente místico, misterioso, desde la óptica de un hombre que concibe el documental como una obra de ficción. Llama la atención como Herzog filma las sesiones de Hanussen ofreciendo justo, lo que el gran público podría esperar, pero sin penetrar en el propio concepto del fantastique. Es decir, Herzog sabe que está asaltando terrenos cenagosos, tramposos, que al más pintado de los cineastas lo han hecho caer en lo más bajo. En cambio, el director de Nosferatu (Nosferatu: Phantom der Nacht, 1979), da la impresión, a menos eso me pareció a mi, que se aproximaba a los terrenos más inexpugnables de las facultades humanas con una inusual prudencia, con una extraña distancia que se percibe en su planificación, en su forma del filma a Hanussen, ofreciendo inquietud y misterio, pero sin forzar la extrañeza del momento que en si mismo, sugiere.

Tengo que admitir que a mi Werner Herzog es un director por el que tengo una singular simpatía, fundamentalmente porque supo domar a una fiera salvaje del calibre de Kalus Kinski. Herzog supo sacarle todo de lo que era capaz aquel volcánico actor de origen polaco. Y con más de medio centenar de películas a sus espaldas, buscarle un pero a Herzog me parece un ejercicio tan sano, como inútil.

Lo bueno que tiene Werner Herzog es que sabe muy bien lo que quiere, y lo busca a través de unas herramientas muy concretas (véanse los momentos oníricos de Invencible). Por esta razón concretamente y por Invencible en particular, creo que Herzog es un director que debería interesar más por sus formas que por sus contenidos. Es cierto que un film como Invencible se presta a un buen montón de interpretaciones, algunas, muy jugosas, pero no es menos cierto, y seguro que, no menos importante, cómo se aproxima un cineasta como Herzog a un mundo tan complejo como el nazismo a través del filtro de un hipnotizador. De hecho, y aquí creo que reside la calve entra la forma y el contenido de Herzog, lo interesante de Invencible es que ese Hanussen en buena medida viene a personificar esa seducción masificada que en su día supuso el nazismo en Alemania. Es decir, la oratoria y los vistosos ademanes del nacional socialismo tenían tanto o más poder que las facultades hipnóticas de Hanussen. Y en este sentido, Breibart no es más que una materialización del pueblo alemán, potencialmente poderoso, en su fondo y en su forma, pero ingenuo ante un orador que no le daba opción a reflexionar sobre los mensajes que le estaban lanzado.

Pese a todo, creo que Invencible es una película profundamente alemana y no sólo eso, un film confiado en la pureza, en la fortuna del pueblo germano. Al fin y al cabo, Breibart es una descomunal masa de músculo, demasiado inocente, demasiado pura, pero a la vez, demasiado poderosa como para volar libre. Alguien tiene que giarla y eso, es lo que creo que en suma, nos dice una película como Invencible.