El final. Las imágenes finales de Katyn muestran una fosa común repleta de cadáveres que están siendo sistemáticamente cubiertos de arena. En el plano final, tan sólo vemos la arena a punto de ser arrojada. Esta imagen se alza como metáfora de la película dirigida por el veterano director polaco Andrzej Wajda: el intento de desenterrar lo oculto bajo esa arena o, como poco, de narrarlo. Los crímenes del bosque de Katyn no fueron aclarados hasta 1990, momento en que los bloques que dividían el Mundo parecían caer completamente y cuando se decidió que ya era hora de hablar de aquello de lo que nunca antes se había podido hablar. Sin embargo, aun hoy en día, el crimen cometido por la policía secreta soviética permanece en la mentalidad colectiva polaca. Supuso (supone) un punto de inflexión en su relación con el pueblo ruso, tanto por la crueldad del crimen (se calcula que fueron asesinados entre quince y veinte mil polacos, la mayoría militares) como por el encubrimiento por parte de las autoridades soviética y, sobre todo, por el uso del genocidio como vehículo para asentar su dominio sobre tierras polacas al culpar al ejército nazi de tal atrocidad.

El comienzo. Wajda comienza Katyn con una secuencia reveladora: los habitantes de Cracovia huyen de su ciudad ante la llegada de los alemanes cuando, en medio de un puente, se encuentran con otro grupo que huye de otra ciudad, en este caso, de los soviéticos. Entre dos frentes, el pueblo polaco se ve acorralado. De esta manera, Wajda anticipa aquello que le sucederá a varios de los protagonistas de Katyn: siempre se encontrarán a caballo entre dos poderes sin saber cuál es el amigo o cuál es el enemigo, mientras son testigos de que su identidad nacional se diluye poco a poco y sus familiares y amigos son apresados indiscriminadamente y sus paraderos, una incógnita.

Lo que acontece. En Katyn no hay explicaciones, de hecho, en momento alguno se sabe qué fue aquello que ocasionó que los soviéticos encarcelaran y, ulteriormente, asesinaran a sangre fría a miles de militares que, en un principio, se presentaban como aliados o, como poco, como posibles aliados. Quizá sea que Wajda prefiere atenerse a unos hechos y narrarlos de la manera más objetiva y directa posible como si, recordando a Primo Levi, estuviera seguro que intentar encontrar las razones de aquellos sucesos y explicarlos poseyera intrínsecamente su aceptación y, por tanto, su perdón. El sinsentido no tiene explicación, o bien es que asusta encontrarla. De ahí que Wajda estructure la película alrededor de una investigación de los acontecimientos para mostrar, ante todo, la imposibilidad en la locura de hallar la razón. Wajda lleva a cabo un trabajo de reconstrucción brillante, de imágenes limpias, de bella factura fotográfica que, sin embargo, vienen a contrastar con la perfidia de las mentiras que los hijos de Stalin expresan, con la gravedad de la situación del pueblo polaco, con el dolor de quienes desean saber dónde están sus seres queridos y se encuentran con la nada. Imágenes que crean un antagonismo entre su textura y su fondo, como si Wajda pretendiera hacernos pensar que bajo ese acabado medianamente perfecto, en realidad, se encuentra la mierda, quizá una buena manera de replantearnos la limpia relación que mantenemos con la historia. Sin embargo, el trabajo de Wajda, notable en conjunto, se rompe en gran parte del metraje con la introducción de secuencias e historias demasiado pueriles e innecesarias que ni aumentan el significado global de la película ni aportan nada más, simples accesorios para ejemplificar el estado de ocupación y el sufrimiento del pueblo polaco, enfatizaciones superfluas cuando estamos asistiendo a una de las mayores masacres de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, resulta magnífico cómo Wadja introduce imágenes de archivo del ejército alemán, quienes encontraron la fosa, mostrando con total crudeza los cráneos destrozados y los trabajos de investigación sobre los cuerpos. Expuestas de manera intermitente, e introducidas dentro de la narración, estas imágenes aportan un toque realista o documental a Katyn, aumentando su alcance. En relación a lo anterior, la textura de las imágenes de archivo contrasta con las imágenes entre las que se introduce, creando otra forma de contraste diferente y, sobre todo, anticipando las secuencias finales. Está claro que Wadja ha buscado el crear una película que resulte incómoda, que paulatinamente vaya introduciendo al espectador en la crudeza de la situación a través de un juego visual y narrativo que nunca parece asentarse con claridad para, al final, golpear con las imágenes de la masacre. En ellas, la fotografía cambia con respecto al resto de metraje y se acerca más a las imágenes de archivo, rodando en color pero con unas texturas grisáceas y un realismo mucho más sucio. A partir de ahí, Wajda no tiene problemas para mostrar los tiros en las nucas, la sangre, el miedo, la suciedad, la cadena de asesinatos. Hay algo frío, casi calculado, en la manera en que ha rodado: quizá ha rehuido el caer en el sentimentalismo barato prefiriendo la crudeza de la situación y obligando al espectador a adoptar una posición ante lo que está viendo, ya sea cerrar los ojos, contemplarlo con pasividad (es cine al fin y al cabo), plantearse algunas cuestiones con respecto a lo que está viendo y aquello que lo ha precedido, o vomitar hacia un lado ante la inmundicia de las imágenes. Cualquier opción es válida. Y dependiendo de ésta, hará de Katyn una película más o menos valiosa para el futuro en cuanto a su acercamiento a la Historia.