En la última década del siglo pasado y esta primera del XXI, Herzog se ha reivindicado como un cineasta deudor de aquella concepción del artista como intérprete, incluso decodificador, de la realidad. En este caso, el propio autor hace denotar sus intenciones creativas: como se pregunta el propio Herzog en el inicio del film: ¿qué es lo que la naturaleza intenta decirnos? Herzog parece haber asumido tanto su papel de redirigidor de lo ajeno, que incluso cuando crea, prefiere atribuírselo a otros: en este caso, el film se inicia con una falsa cita de Pascal: «El colapso del universo estelar ocurrirá —como la creación— con un esplendor grandioso».

Resulta complicado hacer un análisis de media distancia, como el que sugiere este espacio, para tratar un film que, poseyendo una simplicidad en su mecanismo que invita a la reseña breve, también ofrece un obvio camino para un análisis más extenso: el análisis capítulo por capítulo. El documental está organizado en diversos fragmentos, que se numeran explícitamente, y que, exceptuando algunas imágenes de archivo y dos entrevistas a mujeres víctimas de la Guerra del Golfo, son largos planos-secuencia que recorren la geografía del Irak de la primera posguerra. Irak se muestra, en este film, como un territorio encantado por magia oscura, como un moderno rey Midas del petróleo que ha convertido todo su reino en una grotesca e inútil demostración de grandeza. Nos encontramos ante un auténtico tour de force visual, al que las palabras de Herzog -en un inglés que podríamos calificar de siniestro- apenas logran insinuar una de las muchas significaciones posibles: Herzog lo encamina hacia su sempiterno pesimismo antropológico. Una opción autoral, pues las imágenes con las que Herzog construye el film son, al mismo tiempo, colosales y poliédricas.

Las dos breves entrevistas que interrumpen el mecanismo del film destacan por su aparente normalidad: Herzog limita la entrevista a una rápida descripción del horror sufrido por el entrevistado. Es un tipo de entrevista al que el espectador está muy acostumbrado, sobretodo por la televisión. Sin embargo, las entrevistas, por su misma normalidad, se convierten en elementos que rompen en el contexto de Lecciones en la oscuridad: regresamos de la naturaleza al hombre, de desiertos hermosos, de ciudades devastadas, a hombres asesinados, a hombres que reconstruyen porque, como dice Herzog, son incapaces de vivir sin fuego; llegamos de planos cenitales sobre praderas mayúsculas a la realización televisiva de la corresponsalía de guerra. También a esta última se remiten las imágenes de archivo que Herzog utiliza para ilustrar el bombardeo de Bagdad, y en las que Herzog aprovecha de forma sorprendentemente poética la posibilidad de observar la destrucción en riguroso directo. Pero este film, a diferencia de los noticiarios televisivos, no busca regodearse en el sufrimiento del prójimo, ni demostrar una falsa compasión ante la ruina de ciudades extranjeras, sino a pesar de ello encontrar y subrayar la belleza del Apocalipsis.