Forastero en tierra extraña

Pese a haber realizado previamente el drama deportivo Big Leaguer (1953) y el thriller World for Ransom (1954) —derivación de la serie televisiva The affairs of China Smith (1952-53) por la que ni siquiera fue acreditado—, Robert Aldrich no dudaba en considerar Apache su primera película «propia» (Bogdanovich, Peter; Combs, Richard; Sauvage, Pierre; Silver, Alain; Sterritt, David. Robert Aldrich: Interviews (Conversations With Filmmakers Series). The University Press of Mississippi, 2004. p. 24).

Aun así, la iniciativa del proyecto no correspondió a Aldrich sino a Burt Lancaster. Como productor y protagonista de Apache, Lancaster quiso ir más allá de La puerta del diablo (Devil’s doorway. Anthony Mann, 1950), Flecha rota (Broken arrow. Delmer Daves, 1950) o The Half-Breed (Stuart Gilmore, 1952), primeros westerns en conseguir que la mirada respetuosa hacia los nativos norteamericanos empezase a ser para Hollywood un matiz de consideración obligada, y no una opción exótica de la que, con todo, habían dado fe hasta entonces más títulos de lo que suele reconocerse; entre ellos, La matanza (Massacre. D.W. Griffith, 1912), La caravana de Oregón (Covered Wagon. James Cruze, 1923), The vanishing american (George B. Seitz, 1925) y Masacre (Massacre. Alan Crossland, 1933).

Lancaster y sus socios, Ben Hecht y James Hill, confiaron al guionista James R. Webb la adaptación de Bronco Apache (1936), novela de Paul Wellman que recreaba la existencia real de Massai, un guerrero indio de las montañas Chiricahua. Massai se negó a seguir el ejemplo de Jerónimo, que se rindió en 1886 a la caballería de la Unión, escapando del tren que le trasladaba a un asentamiento de Florida y recorriendo en busca y captura y a pie el camino que le devolvería a su Arizona natal. Pese al esfuerzo de todos los implicados por suavizar en pantalla la estampa de Massai (a quien los historiadores achacan numerosos crímenes), el indio deviene la estrella absoluta, desafiante y orgullosa de su propia historia, y ello supuso una importante diferencia respecto de sus congéneres retratados en films como los citados de Mann, Daves y Gilmore, así como de la encarnación de uno de ellos, Jim Thorpe (1888-1953), que el mismo Lancaster había compuesto de manera aséptica en El declive de un campeón (Jim Thorpe: All American. Michael Curtiz, 1951).

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Hay otros tres aspectos que determinan la apreciación crítica de esta autoproclamada ópera prima de Robert Aldrich. El primero atañe a su desenlace, impuesto por la distribuidora asociada a la producción, United Artists —Aldrich y Lancaster pondrían las cosas en su sitio dieciocho años después con la excepcional La venganza de Ulzana (Ulzana’s raid. 1972), reflejo casi especular de Apache—: Massai no solo sobrevive a su épica huida; las autoridades blancas le dejan en libertad para que, en compañía de la squaw Nalinle (Jean Peters) y el hijo recién nacido de ambos, pueda dedicarse al cultivo de maíz. Un final que enfatiza las tensiones subyacentes en el conjunto de la narración entre las convenciones del cine popular en la época y el ya frágil sistema de estudios que enmarcaban la propuesta, y el interés evidente de sus responsables por hablarnos del fin de una forma de vida, el choque de civilizaciones, la pugna entre pureza y mestizaje, y el difícil equilibro entre el respeto a las raíces y la definición de una voz individual.

El segundo aspecto está relacionado con lo elemental, casi tosco, de la resolución formal de Apache, más sorprendente todavía si recordamos que, de inmediato, Lancaster y Aldrich concretarían la sofisticada Veracruz (Vera Cruz. 1954). Podría argüirse que el director no se encontraba aún en posesión absoluta de sus facultades, pero, en cualquier caso, lo visceral de la película —que subrayan el exhibicionismo atlético de su protagonista y el depurado Technicolor de Ernest Laszlo— desemboca en una peculiar abstracción por la cual Massai adquiere cualidades casi mitológicas, y el discurso de Apache resonancias primigenias, inaprensibles, que se perciben no a través de los diálogos o las inflexiones dramáticas del guión, sino de los parajes rocosos, una mirada arrobada, las noches de luna llena, unos pasos furtivos o el llanto de un bebé.

Ligado a lo anterior, damos con el último aspecto de relevancia, hoy por hoy el más cuestionado: Massai y Nalinle son interpretados por actores caucásicos no demasiado bien caracterizados como apaches. Sin embargo, la extrañeza que ello suscita en 2009 favorece, más quizás que en el momento de su estreno, la eclosión del verdadero leitmotiv de Apache, tan reiterado en la filmografía de Robert Aldrich: «Mis enemigos son los hombres blancos. Mis enemigos son los indios. No puedo matarlos a todos. Algún día ellos me matarán a mí», reflexiona Massai con sus antinaturales ojos claros y tez broncínea. Su alienación respecto de su origen natural y su destino forzoso, su insumisión a los dictados de cualquier tribu, harán de él un exiliado perpetuo, un corpúsculo anormal a quien se permitirá existir mientras no ofrezca excesivas señales divergentes de pensamiento o comportamiento. Señales que al interfecto le será imposible no hacer, puesto que constituyen la esencia de su estar en el mundo. Como constituirían la esencia de la personalidad creativa de Aldrich en el seno del cine comercial norteamericano.