Cuatro películas en una

En Flight to Fury (1965) nada es lo que parece, o casi. Una lógica, la de las apariencias, que en el fondo revela, casi desde el principio, las intenciones satíricas de su autor. Hellman desea, ante todo, involucrar al público en su historia, jugar con él: “Adoro jugar con el espectador, darle un rodeo; y una manera de hacerlo es sorprendiéndole”[1]. La primera sorpresa, pues, que nos depara la película, como ha señalado Brad Stevens, es el incumplimiento de nuestras expectativas de identificación. El cine clásico (norteamericano) se caracteriza por la presencia de un personaje central, el héroe, con el que el espectador se identifica. Él juega un rol esencial de cara a atraparle psicológica y emocionalmente. Pues bien, como Hitchcock, aunque no de forma tan drástica, Hellman dinamita ese apoyo. Cuando por fin hemos encontrado al personaje “que en principio parece ser una representación del público”[2], Jay Wickam (Jack Nicholson), inmediatamente le vemos asesinar a Lei Ling Forsyth (Juliet Pardo). Esto es sólo el principio. A lo largo de los setenta y tres minutos de metraje hay tantas sorpresas que finalmente hemos de capitular,  entregándonos por completo a los designios caprichosos de una trama hipertrofiada y de un eclecticismo brutal. ¿Cómo denominar sino a un guión tan plagado de acontecimientos? Pasamos, sin transición, de la búsqueda de unas piedras preciosas y un asesinato a sangre fría a un accidente aéreo en la jungla, los intentos de rescate de los supervivientes, el enfrentamiento contra unos bandidos locales y los ajustes de cuentas entre la práctica totalidad del pasaje. No se puede pedir más por el precio de una entrada. Es como si una especie de horror vacui argumental hubiese acosado a sus autores (a Hellman y sobre todo a Nicholson, responsable del guión). Una confirmación: “Habíamos metido un montón de cosas en ella ¾le confiesa Hellman a Michel Ciment¾, tratando de mezclar cuatro películas en una[3]. Un curioso intento.

Por ello, el film ¾una de las películas favoritas del su autor¾, resulta un extraño cóctel, una mezcla de géneros (el thriller, el cine de acción y de aventuras) y estilos (es poderosamente llamativa al respecto la secuencia del avión, de quince minutos de duración en la versión de Hellman[4]; una ruptura total con el resto del film). En el fondo, el propio cineasta es consciente, como en el caso de Beast From Haunted Cave (1959), de estar remedando de aquí y de allá: “Es una especie de homenaje a La burla del diablo. Nuestro título era The Devil’s Game. Se trataba de un pastiche de las películas exóticas de Alan Ladd o Humphrey Bogart[5]. Cierto, de inmediato reconocemos en Flight to fury algo familiar que nos hace pensar en un tipo de cine de aventuras muy concreto (entonces ya en franca decadencia), y que podrían representar a la perfección títulos como Saqueo al sol (Plunder of the Sun, 1953), del tándem John Farrow-Jonathan Latimer, o Hell’s Island (1955), de Phil Karlson, por citar tan solo dos películas argumentalmente similares a ella. Este carácter confeso de pastiche es, a su vez, el que nos permite apreciar los distintos materiales y retazos, los contrastes y desviaciones como en un palimpsesto. Una hibridez apoyada, como a menudo en la obra del cineasta, en lo pintoresco: de la localización de la historia, situada de forma exótica en algún lugar de Extremo Oriente, a los propios personajes que la pueblan: Joe Gaines, un personaje hardboiled en estilo de las novelas pulp de los años treinta; el propio Jay Wickam, un jugador, una especie de Bogart sacado de El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of Sierra Madre, 1947); Lorgren, un oriental obeso de apariencia inofensiva; una aspirante a femme fatale llamada expresivamente Destiny… Hablar de lo pintoresco en torno a Hellman, desde luego no es gratuito. ¿Cómo calificar si no a un cine que, pese a sus esfuerzos naturalistas, siempre resulta (en el buen sentido) un artificio?

Flight to Fury fue rodada en Filipinas a la misma vez que Back Door to Hell (1965), una práctica común en producciones de bajo presupuesto (ambas fueron filmadas por 50.000 dólares cada una). El propio Hellman rodaría en este mismo régimen (para Roger Corman) sus dos siguientes filmes: El tiroteo (The Shooting, 1966) y A través del huracán (Ride in the Whirlwind, 1966). Viéndola, resulta imposible negar que, junto a Beast, un encargo de dicho productor, ésta es su película más cercana al “estilo Corman”[6]. Bajo los rasgos comunes del pastiche (aquella era un híbrido entre cine negro, que tomaba muchos elementos argumentales de Cayo Largo (Key Largo, 1948), y cine de monstruos[7]), ambas fueron rodadas a la carrera con un presupuesto escaso (el coste final de Beast fue aún más austero: 37.000 dólares). Y es que resulta del todo evidente que Hellman aprendió el oficio de la mano de Corman, con quien trabajó en más de una docena de películas en muy distintas labores. Para él rodó con una libertad de la que es difícil encontrar rastro en buena parte de su obra posterior. Pese a todo, Flight to Fury es solo una obra menor que marca el fin de un primer período (de aprendizaje si queremos) en la carrera de un cineasta que se erigiría de inmediato, con sus tres siguientes películas, en una de las voces más sorprendentes y personales del cine norteamericano de los años 60 y 70.


[1] Ciment, Michel: “Entretien avec Monte Hellman” en Positif nº150, mayo 1973, p. 56.

[2] Stevens, Brad: Monte Hellman. His Life and Films, 2003.

[3] Ciment, M.: Op. cit., p. 55.

[4] De hecho, esta secuencia fue la que sufrió mayores cortes por parte del productor Robert Lippert.

[5] Ciment, M. : Op.cit., p. 55.

[6] Lo que no deja de ser una contradicción, ya que Flight to Fury no fue producida por Corman sino por Fred Roos para Robert Lippert (Robert Lippert Inc.).

[7] Brad Davis, apoyándose en Robin Wood, también conecta la película decisivamente con Los pájaros (The Birds, 1963), de Alfred Hitchcock.