Situada cronológicamente en la filmografía de su autor después del que sin lugar a dudas es su trabajo más conseguido, el espléndido, y todavía hoy incomprensiblemente poco valorado, Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-lane Blacktop, 1971), el film que nos ocupa, cierra el bloque más sugestivo de su producción, hasta el punto de que todas las dificultades que hasta entonces había encontrado para llevar a buen puerto sus realizaciones, parecieron multiplicarse, convirtiendo un hasta entonces sinuoso camino lleno de baches, no demasiado reseñables, en una tortuosa travesía que lo condujo hasta un total ostracismo y desvanecimiento, del que afortunadamente parece haber escapado, habida cuenta de las relativamente recientes noticias sobre un nuevo proyecto, que lleva el nombre de Road to nowhere (2010), y que en cierta medida ilustra a la perfección el itinerario de ese vagabundo iracundo del cinematógrafo que se llama Monte Hellman.

El silencioso Frank Mansfield, magníficamente encarnado por Warren Oates, por momentos podría parecernos una prolongación del propio cineasta. El criador de gallos de pelea, después de perder, por enésima vez, frente a su amigo/contrincante Jack Burke, hace la firme propuesta de no volver a pronunciar una palabra hasta que no resulte triunfador en un campeonato. Mansfield ha tenido que perder todo su dinero, en una habitación de motel, para darse cuenta de que su principal enemigo es él mismo y su palabrería, además de su inevitable afición a la bebida. Su propósito de enmienda tiene incluso algo de religioso. Todo pierde su valor para este trotamundos, y a la manera de pongamos por caso un monje de clausura, sacrifica todo en nombre de un delirio. A Mansfield no le importa que Burke, a causa de una nueva apuesta perdida, se quede con su caravana y con la jovencita que lo cuida. No significa nada dejar a su hermano y su esposa en la calle, después de vender la casa familiar para conseguir un puñado de dólares que le permitan reflotar su negocio. Incluso conseguir a la mujer que  ama,  que está a punto de casarse con otro hombre, no deja de ser una prioridad relativamente secundaria. Mansfield es un lunático y sus sueños podrían, en cierta medida, ser compartidos por el caballero Fitzcarraldo o el alucinado Lope de Aguirre herzogianos. Al igual que ellos, tan sólo importa la quimera que mueve su existencia y sin la que desaparecerían, pues sus vidas sencillamente no tendrían razón de ser. Frank, después de ganar, por fin, a su sempiterno enemigo y alzarse como campeón, recibiendo la anhelada medalla, decide volver a hablar. Estas palabras que por fin escapan de la seca garganta del campeón no son sino un punto y aparte, como lo es el galardón obtenido, que no deja de ser circunstancial, pues como bien sabemos, Mansfield es un derrotado y la victoria en unos pocos días se esfumará, por que él mismo la desdeñará, pues no podría sobrevivir conviviendo con ella.

Desconozco si Monte Hellman es un bocazas y mucho menos si tiene una, digamos, excesiva afición por la bebida, como su personaje, pero todas las dificultades que se han tropezado en su camino y todos los proyectos de los que ha sido despedido o ha abandonado, entre ellos Robocop (Paul Verhoeven, 1987), en el que al parecer se encargó, o así, de la segunda unidad, o el spaghetti western Claytom Drumm (China 9, Liberty 37, 1978), delirante proyecto en que precisamente participaba Oates y ese otro gran rebelde del cine que fue Sam Peckimpah, y que fue terminado por el mediocre Tony Brandt, nos hacen pensar que el director es cuanto menos un culo de mal asiento. Fiel a sus principios, da la impresión de que desde finales de los setenta ha pagado con creces el anhelo de vivir su obra de lunático. Como todo buen inconformista y perdedor, Hellman ha chocado contra la indiferencia y la incomprensión, cargando con trabajos que muy poco revelan de su categoría como cineasta, como el mediocre La iguana (Iguana, 1988), ignota coproducción española que hasta el momento supone su último largometraje finalizado. Al igual que sucede con Mansfield, su camino, resulta excesivamente pintoresco, casi descabellado. Su mirada es tan física que podría llegar a ser tosca, casi deslavazada, errónea, pero precisamente sus mayores virtudes las encontramos en estas aparentes carencias fílmicas.

Producida por ese otro gran outsider que es Roger Corman, Cockfighter, es un impecable modelo de cierta narrativa norteamericana de los años setenta, fría, dura, y sin ninguna concesión. En conjunto resulta un tanto irregular, funcionando mejor como un brillante estudio del personaje principal, que como una narración lo suficientemente rica y homogénea. Más convencional en definitiva que el título precedente en la filmografía de su autor, quien quizá debía haber buscado en la obsesiva abstracción de ésta, el camino para construir la singladura de su personaje. Con todo, pese a sus imperfecciones, el film, sin haber perdido un ápice de su sentido y valor, se alza como un perfecto ejemplo de una manera de entender y sentir el cine, que lamentablemente no encuentra equivalente en las diferentes miradas contemporáneas.

Condenado a decenas de papeles secundarios en títulos sin ninguna importancia, y revelado gracias a sus trabajos con Sam Peckimpah, Warren Oates, quien ya había trabajado con Hellman en Carretera asfaltada en dos direcciones, compuso aquí una de sus mejores creaciones, dando a ese chalado criador de gallos, toda la presencia y sensibilidad que precisaba para existir. Pese a pertenecer a una generación anterior, Oates, al igual que Roy Scheider, Richard Dreyfuss o Bruce Dern, es un rostro que define inmejorablemente la mirada de buena parte del cine estadounidense de los primeros setenta. Su prematuro fallecimiento le permitió no sufrir el implacable declive de sus compañeros. Lamentablemente sus rostros eran demasiado ásperos para un cine que se construía a golpe de talonario y lucecitas de colores. En realidad, Warren Oates es un perfecto semblante para Monte Hellman.