Monte Hellman; el enésimo descubrimiento de Corman

Recuerdo que hace unos años vi en un furtivo pase televisivo, una de las películas más infumables jamás rodadas por Roger Corman. Se trataba de Creature from the Haunted Sea (1961), que me hizo reflexionar ante el hecho sorprendente que prácticamente el mismo año el norteamericano firmara un auténtico engendro, y una de las obras cumbre del cine fantástico USA —El hundimiento de la casa Usher (House of Usher, 1960)—. Cosas del mundo de la serie B tardía. Sin embargo, traigo a colación aquel título olvidable, ya que me llamó la atención su secuencia inicial, rodada con mucho punch, que se desmarcaba del resto del metraje, y abría unas esperanzas en la película que luego se desvanecían totalmente. Posteriormente supe que aquella escena estaba rodada por Monte Hellman, uno de los más fantasmagóricos realizadores surgidos de la factoría que durante años comandó Corman.

Pues bien, un año antes, Hellman ya había debutado como realizador en el seno de la American Internacional, filmando otra monster movie basada en una de esas historias que hilvanaba con tanta febrilidad Charles B. Griffith. Se trata de Beast from Haunted Cave (1959) —jamás estrenada en España y editada en DVD bajo el título La bestia de la cueva maldita—. Una película que, aún adentrándose dentro de las características de este tipo de films baratos y de consumo, revela desde sus primeros fotogramas la personalidad de su realizador, distanciándose de forma favorable de la mediocridad del conjunto de títulos de estas características que surgieron del seno de esta conocida productora, hasta conformar un relato insólito. Un conjunto que oscila en la confluencia con varios géneros —policiaco, ciencia-ficción, aventura psicológica—, siendo curiosamente donde menos funciona en los servilismos hacia la presencia de ese insecto gigante que irá apresando y matando a sus víctimas, y que Hellman —con buen ojo— muestra en muy pocas ocasiones, y generalmente entre sombras. Con ello recoge las enseñanzas del cine de Val Lewton —sugerir antes que mostrar—, permite que su presencia vaya alcanzando mayor protagonismo en sus fragmentos finales, y al mismo tiempo esconde hasta entonces la pobreza de su diseño —que pese a todo no deja de resultar atractivo—.

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Pero si algo permite que medio siglo después de su rodaje, una película de las características de la comentada posea un cierto interés, es en el constante empeño de Hellman en plasmar visualmente una narración que, al margen de los recovecos de un guión bastante elemental, mantenga en todo momento una tensión que se manifiesta en la elaboración de sus encuadres, el uso de exteriores, en la utilización de las sombras o en la propia configuración de una imperfecta pero efectiva banda sonora. Todo ello está al servicio de un grupo de gangsters que proyectan el asalto a la caja fuerte de una firma en una localidad de Dakota. Para ello provocan el estallido de una bomba que logra distraer la atención, atentado en el que morirá uno de los empleados. Tras el atraco, los componentes de la banda —que lidera Alexander Ward (Frank Wolf) y está formada por dos hombres y una mujer más—, acudirán hasta un refugio en la nieve acompañados de un joven monitor. En este traslado y estando a la espera de la llegada de un helicóptero que los lleve a la frontera de Canadá, es donde se establecerán los mayores elementos de conflicto entre los diferentes personajes, destacando el constante recelo de Alexander, la relación que su compañera compartirá con el joven monitor de esquí, la que mantendrá otro de sus lacayos con la cuidadora filipina que se encuentra en dicho refugio de forma permanente, o la obsesión del componente restante de la banda de Ward, por la presencia de ese monstruo que ha llegado a ver personalmente.

Todo ello es mostrado con encuadres oblicuos, jugando en las secuencias filmadas en exteriores con la búsqueda de la abstracción, y en las de interior utilizando dramáticamente la presencia de la radio como elemento de comunicación con el exterior, así como estallando dichos conflictos en enfrentamientos en los que el juego de humillaciones es practicado contra el instructor —Gil Jackson (Michael Forest)— y contra la acompañante del matón —Gypsy Boulet (Sheila Carol)—. Y es precisamente entre estos dos personajes, donde se establece en el exterior nevado una conversación que logra esa profundidad psicológica que está ausente del resto de la función. En ella Gipsy se sincera con Gil, ya que entre ambos se va iniciando una sincera relación, y confiesa que le va a resultar muy difícil salir del dominio de Ward, ya que cree que él es ya parte de ella.

Con el devenir de su nudo argumental, y entre la fisicidad que se describen en unas imágenes fríamente trasladadas con el blanco y negro de Andrew Costikyan, surgirá la presencia de esa araña gigante que se enfrentará ocasionalmente con algunos de estos personajes, y que protagonizará la secuencia final dentro de una cueva, a donde confluirán los protagonistas de la película. Un desenlace inquietante, abrupto y chapucero a partes iguales, con el que culmina secamente una película quizá poco valiosa en el conjunto de las monster movies de aquel periodo, pero mucho más interesante que la mayor parte de estas, al evidenciar sus imágenes el talento y la intuición visual de quien pocos años después se convertiría en uno de los realizadores más extraños del cine norteamericano de la década de los setenta.