En el origen del siglo XXI

Hay películas que son pasajeras de las edades. Para los que filman como lo hace Mekas, todos sus días son filmes y hacen del filme su morada. Pero si hay que empezar a hablar de alguna manera, será por el principio: la película con la que el cineasta lituano comenzó la década posee quizás el mejor título de la historia, resumen/lema de un ideario y de una sensibilidad fuera de tiempo, que bien pudiera aplicarse cualquier persona interesada en hacer películas. Doce capítulos formados por imágenes recogidas entre mediados de los años setenta y mediados de los años ochenta del siglo pasado se presentan al espectador sin orden ni concierto, atendiendo únicamente al impulso emotivo de su director en el momento del montaje. Lo que supone un orden, en cierto modo.

Los destellos de belleza los encuentra Mekas en el seno de su vida con su familia, compartiendo con sus amigos una botella de vino en Central Park en primavera o paseando por las calles nevadas de Nueva York en invierno, como si quisiera emular a Kurt Schwitters pero con una cámara de cine. En el fondo, no es más que una película familiar ni es menos que cualquier película de argumento estándar. Un chico, una chica, tienen hijos, estos van creciendo…no sigue el desarrollo lógico temporal, es cierto, pero eso no es problema, o no debería serlo. La voz en off, tan característica de sus obras —por ejemplo, en Reminiscences of a journey to Lithuania (1972)— y tan personal, se superpone a las imágenes y nos explica por qué estamos viendo esas imágenes de esa manera. ¿Hay algún significado oculto tras lo que aparece en la pantalla? Definitivamente no. Se trata de disfrutar de los fugaces momentos anodinos, cargados de sentido de forma minúscula y completa. No son términos incompatibles.

¿Es éste un filme político, tal y como afirman algunos de los intertítulos mecanografiados? Si lo es, desde luego no es a causa de su militancia, a la manera de Godard o de Marker. Su feroz no-compromiso con cualquier ideario político, social o artístico (asumido con plena conciencia, orgullosamente) lo excluye de la confrontación con sus congéneres. “¿Qué sé sobre la civilización, sobre la vida?” se pregunta Mekas al comienzo del octavo capitulo “No se nada, no entiendo nada”, es la respuesta que se da a si mismo. Así, su posición política, en el sentido más amplio del término, vendría determinada por el rechazo a participar en la vida y en el arte gregarios, por el cuestionamiento de todas las instituciones. Eso es lo que finalmente reintegra su cine en la comunidad.

La emoción, en última instancia, viene determinada por el movimiento. Hay que ir a buscarla, y estar atentos, porque puede saltar en cualquier momento, esconderse en cualquier lugar, a la espera de ser revelada. La belleza no ha de ser necesariamente convulsa. Hay que mirar sin miedo a ser devorados por el resplandor de los fotogramas.