Tema y variaciones

Sus dedos bailan sobre la barra de un bar. Tocan un piano invisible, se contraen en un súbito escorzo. La mano, el brazo, el hombre detrás de esos dedos… todo forma parte de un conjunto siempre al borde de llegar al paroxismo. Él es un tipo violento, sin más moral que la de conseguir dinero fácil mediante un negocio inmobiliario en el que todo vale para echar a inquilinos indeseados. Hasta que la música vuelve a formar parte de su vida, como una fiebre, una ventana abierta a un mundo distinto al que conoce, una secreta unión con su madre, concertista de piano fallecida hace años. El padre, un hombre decadente que le arrastra a repetir sus propios errores, sigue siendo el nexo ineludible entre él y los negocios sucios.

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El planteamiento de De latir mi corazón se ha parado, inusual remake de la notable Fingers (James Toback, 1978), se enmarca en la filmografía de Jacques Audiard como un escalón natural, un paso necesario para abrir camino a nuevas búsquedas formales y narrativas. Bajo la superficie, palpita el mismo universo violento que en Un profeta (Un prophete, 2009) y una similar relación paterno-filial, acentuada por el hecho de que el mismo actor, Niels Arestrup, interpreta al padre del protagonista en De latir… y al mentor corso de Al Djebena en Un profeta. Audiard elige, como lleva haciendo desde sus inicios su debut (Regarde les hommes tomber, 1994) a un personaje masculino dominante, presente en la casi totalidad de los planos de la película. El espectador rechaza en un inicio la identificación con el antihéroe porque se siente inevitablemente incómodo con este protagonista antipático y amoral pero, a medida que avanza el metraje, se ve impelido a comprender sus acciones.

Tom (Romain Duris), gracias a un hecho fortuito (otra constante en el cine de Audiard) se sumerge progresivamente en las teclas blancas y negras de su piano, que toca con la misma rabia contenida con la que propina una paliza a una familia okupa. La música, deshechada como camino vital hace tiempo, se ofrece de nuevo como única posibilidad de redención, un lugar abstracto que le exige una concentración absoluta y le permite exteriorizar su furia. Así, la impecable estructura narrativa de la película va oponiendo los dos universos: el agresivo mundo del padre y el introspectivo del piano.

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La puesta en escena de Audiard privilegia lo sensorial, con un tratamiento detallista y nada habitual de la imagen al mismo nivel que el sonido. La profundidad de campo siempre es escasa, los segundos términos se desenfocan y pierden los contornos, con el rostro de Romain Duris como eterna referencia en primer término. La cámara parece estudiar su rostro, su espalda y sus manos y su cuerpo marca siempre el eje en los magistrales planos secuencia que parecen sucederse sin esfuerzo, movidos por un hilo interno y orgánico que el montaje jamás estropea.