Breves destellos de (fatal) belleza

Es como si al nacer nos hubiesen dicho: “usted dispondrá de un lenguaje, sabrá utilizar un lenguaje, pero va a contar únicamente con ocho frases a lo largo de toda su vida —otro dispondrá de doce, otro de ciento tres—. Pueden tener la longitud que usted sepa o pueda articular, pero solo esas. ¡Cuidado! Ponga atención en como las usa, tenga en cuenta que con ellas debe procurarse alimento, debe conseguir un lugar para resguardarse del frío, debe alcanzar el amor”. Jean-Luc Godard no tuvo tanta suerte en el número como Ford o Walsh, pero desde luego ha contado con más oportunidades que Bresson o Tarkovski. Además, ha sabido aprovechar muy bien el reparto, y ha sabido decirlo todo. Otros, por mucho que se esfuercen, no logran más que balbucear incoherencias.

En el año 2000, el Festival de Cannes encargó a Godard la realización de una pieza para su apertura, para celebrar la entrada en un nuevo siglo. A rebufo de Historie(s) du Cinéma (1998), el corto realizado por el director franco-suizo se hunde de lleno en un siglo dominado por el horror. Las imágenes desfilan por la pantalla como el soldado que se dirige a la guerra en el plano inicial, para tratar de dar fisonomía a las cifras de los años. Del mismo modo que Proust comienza la historia de su vida con el despertar, así también toda exposición de la historia tiene que comenzar con el despertar, más aún, no puede tratar propiamente de ninguna otra cosa. Y así, el objeto de la presente película es ofrecer un posible despertar del siglo XX.

Hacia atrás en el tiempo, los quince minutos de duración retroceden hasta 1900, llenos de citas cinematográficas y literarias. Como el Ángel de la Historia de Benjamin[1], Godard posa su mirada sobre los escombros. Un autobús lleno de mujeres y niños atraviesa la noche, durante la guerra de los Balcanes. Cadáveres de hombres ejecutados todavía colgando de las sogas. Incontables cuerpos esparcidos por la vía del tren. Vietnam, dos Guerras Mundiales…”Los hombres, considerados como masa, juegan siempre el juego de algún otro…jamás el suyo” dice la voz en off. La extraviada muchedumbre anuncia: somos la triste opacidad de nuestros espectros futuros.

El fin de la inocencia, la expulsión del paraíso. La prohibición expresa, bajo pena de muerte. El pecado consiste en no saber conservar y transmitir el tesoro heredado. Quizás, solo el rostro femenino (Jean Seberg en À bout de souffle, Jean-Luc Godard, 1960) o la sonrisa infantil (Ordet, Carl Theodor Dreyer, 1955) puedan redimirnos. Algunas de estas sombras han costado mucho trabajo.


[1] “Hay un cuadro de Klee que se titula Ángelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El Ángel de la Historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El Ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el Ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso.” Walter Benjamin, Tesis sobre la Historia y otros fragmentos, México, Ítaca, 2007.